24 de noviembre de 2020
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Orlando Cadavid Correa
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Acordeón (Fondo de Cultura Económica) de Alexandre O’Neill

20 de noviembre de 2020
20 de noviembre de 2020

Darío Jaramillo Agudelo

Según Jerónimo Pizarro, el prologuista, antologador y traductor de esta selección, Alexandre O’Neill (Lisboa, 1924-1986) “es para la segunda mitad del siglo XX lo que Pessoa fue para la primera”. Con la diferencia, digo yo que ignoro cabalmente tanto la primera como la segunda mitad del siglo de las siglas, de que Pessoa, a pesar de que lo diga su nombre, ya no es una persona sino un mito. Es como cuando alguien dice que en los sesenta había mejores músicos que los Beatles, lo cual debe ser cierto, pero los Beatles son una leyenda: cuatro chicos que estaban tan locos que se creían los Beatles. Tomo la comparación que hace Pizarro, que sí conoce la materia, como una manera de introducir en castellano a un poeta que bien merece ser conocido. Bueno: y también sin descartar que los lectores de poesía de estos tiempos reinventen las valoraciones del pasado; en 1940 y en 1950 había en Colombia toda una constelación de poetas de treinta años, pero nadie en esos años se imaginaba que medio siglo después el treintón de entonces que nosotros convertimos en clásico iba a ser don Aurelio Arturo.

Si uno recurre a internet encontrará que todas las páginas comienzan por decir que O’Neill fue un poeta surrealista, todo porque figura entre los iniciadores del grupo surrealista de Lisboa en 1947. Lo que no cuentan sí lo hace constar Pizarro, “que se marginó cuatro años después porque el surrealismo lo hacía sentir ‘como que desarraigado, como que a la deriva’, según declaró”. Además de elementos surrealistas, en su poesía hay “una defensa de la dimensión conversacional de la poesía, de la importancia del oído, ya no sólo para buscar una musicalidad poética sino para atrapar ciertas muletillas, diversos giros y determinados dejos coloquiales”.

Cabe subrayar que O’Neill vivió en tiempo de una dictadura, lo que, en términos de lo que escribía, y casi como asunto de supervivencia a la violencia del régimen, lo obligaba a recurrir al humor, a la ironía, a la decodificación de ciertas formas sociales, para mostrar su inconformidad, cuando no su rabia: “su poesía –cita Pizarro a Fernando Pinto de Amaral– fluctúa entre la crítica más o menos corrosiva al ambiente circundante y una ternura capaz de lidiar con pequeñas emociones que se trascienden a sí mismas, proporcionándole una inesperada frescura a un cotidiano en general gris y repetitivo, sin perder nunca de vista la conexión con eso a lo que llamamos vida real”.

En el trasfondo está un verbo que lo libra de toda solemnidad, de toda tiesura, de todo gesto impostado, todo engolamiento: desimportantizar. Cito a O’Neill en persona: “¿qué quise yo de la poesía? ¿Qué quiso ella de mí? No sé bien. Pero hay una palabra francesa con la que puedo perfectamente expresar el rasgo más presente en todo lo que escribo: dégonfler. En portugués lo traduciría por desimportantizar o, en ciertos momentos, por aliviar, aliviar a los otros, y a mí en primer lugar, de la importancia que nos concedemos. Sólo aliviados podemos quitar el hombro del umbral y partir fraternalmente, hombro a hombro, para mejores días, que equivale a decir, para días más verdaderos. ¿Es poco como proyecto? En todo caso, es el mío”.

No me alcanza la información que tengo para contextualizar a O’Neill en la poesía portuguesa. Pero, más como lector, establezco relaciones que me coinciden en varias direcciones. Palabras, el libro de Jacques Prévert, es de 1947. El primer libro de poemas de O’Neill, Tiempo de fantasmas, es de 1951: en ambos veo la enumeración como recurso literario, a veces con el aditivo de la repetición, a manera de jaculatoria. Y en ambos el resultado está lleno de humor, de asociaciones inesperadas, de apelaciones al habla. Hay otra cercanía con Prévert: ambos escribieron letras de canciones; no hay que olvidar que el francés es autor de “Las hojas muertas”, mientras que O’Neill inventó, entre otras canciones, las palabras de “Gaivota”, que luego cantó Amalia Rodrigues (a quien O’Neill, además, le dedicará un poema, “Amalia”).

En la misma línea está Nicanor Parra, quien publica sus Poemas y antipoemas en 1954, en el mismo tono desenfadado de Prévert y O’Neill; y, añadiendo afinidades, Nicanor también es muy afortunado letrista de canciones.

Las demoliciones retóricas de tipos como O’Neill suponen la supresión de fronteras entre una supuesta ‘alta’ cultura y una cultura dizque popular. Y así como, por ejemplo, usa el lenguaje cotidiano, también explora diferentes formas de versificación, comenzando, cómo no, con la copla. Y si puede hacer unos sonetos que parecen de Luis Carlos López o de Aquiles Nazoa, y sostiene el tono de largos poemas, algunos enumerativos, también ensaya la brevedad de la greguería, por ejemplo en una serie de pequeños poemas sobre los senos, tema que, redundando, también lleva a Gómez de la Serna.

SONETO DE LA ESPERA

¡Qué bien conozco la espera y su trance!
Al principio es mecedora y balance,
whisky, libro, humo azul en espiral.
Toda espera es una espera ideal.

Un dienterrata roe ese tabique
y sobre el tiempo-antes una ranura
ya se abre-cierra con más abertura.
Que el tiempo-ahora se desdensifique

y el tiempo-antes aumente. Cual balance,
whisky, libro, humo azul… ¡Así es la espera!
Adulterado tiempo-ahora, lance
de pasión en demencia que acelera

por ilusorio tiempo: el de abolir,
contigo hoy, el antes y el porvenir.
Alexandre O’Neill

[¡DANOS, DIOS MÍO, UN PEQUEÑO ABSURDO COTIDIANO POR LO MENOS,]
¡Danos, Dios mío, un pequeño absurdo cotidiano por lo menos,
que el absurdo, incluso en breves dosis,
defiende de la melancolía y nosotros somos tan propensos a ella!
Si es verdad el aforismo cuchillo afila cuchillo
(no sabemos hablar sino figuradamente
prueba de que somos poco capaces de abstracción).
Si cuchillo afila cuchillo,
entonces que el cuchillo del absurdo
venga a afilar el cuchillo de nuestra embotada voluntad,
venga a instalarse sobre la lámina de lo inesperado
y el día a día será nuestro y diferente.
¿Penas? Tendremos muchas, sin duda.
Pero todo será mejor que este día a día.
Los pueblos felices no tienen historia, dice otro aforismo.
Pero nosotros no queremos ser un pueblo feliz.
Ya son suficientes los suizos, los suecos, ¿qué más da?
¡Que la pasen bien!
Nosotros queremos la fiebre del ganado,
la novia que ve huir al prometido,
la mujer que ve huir al marido,
el huérfano que se entrega a la caridad pública,
el enfermo de hospital aún más miserable que el hospital
donde tiembla, en un rincón, y nadie le ha puesto atención.
Nosotros queremos ser el lisiado en las calles,
pidiendo limosna, cayendo de bruces mientras observamos.
Queremos ser el padre desempleado que no sabe qué Navidad ofrecer a los suyos.
Garantízanos, Dios mío, un pequeño absurdo cada día.
Un pequeño absurdo a veces es suficiente para salvar.
Alexandre O’Neill

AMALIA
Yo ya no sé, cuando te oigo,
si como caracoles o mastico romero,
si me derramo por el amor o por un banco de jardín,
si la gaviota vuela fuera o vuela dentro de mí,
si, cosa cantante, un sentimiento puede
podrirse bajo el sol,
si el disgusto es gusto o el gusto es disgusto,
si he de ir a Viana o terminar por Lisboa,
hasta donde la voz se pone más ronca.
Yo ya no sé, cuando te oigo,
qué piedritas lanzar y a qué ventanas,
qué muecas hacer a las feas, es decir, a las menos bellas,
qué manos besar, desmenuzar, devorar
y qué anillos escupir hacia las cunetas.
Yo ya no sé, cuando te oigo,
si trepe como un estilita o me hunda en un pozo.
Yo ya no sé, Amalia,
de dónde viene, para dónde va tu voz,
qué chico, qué chica
están prometidos (¡y tan solos!) en tu voz.
Alexandre O’Neill