23 de noviembre de 2020
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¿Qué está leyendo?

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de noviembre de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de noviembre de 2020

“Tal es también mi suerte. Sé que hay algo
inmortal y esencial que he sepultado
en esa biblioteca del pasado”

Jorge Luis Borges

 Lector, le propongo un ejercicio. Vaya hasta una balda de su biblioteca, o vaya hasta el espacio que tiene destinado a poner los libros que va leyendo, o que va a leer. No importa qué tan grande sea el espacio o cuántos libros tiene, eso es lo de menos. El ejercicio no es que los cuente, ni más faltaba, esa tarea es tan poco elegante como contar dinero, la idea en cambio es que frente a ellos comience a recordar. No piense, no, no vaya a hacer eso, porque el ejercicio toma un rumbo distinto, solo deje que sus ojos recorran los lomos de los libros y que ellos mismos le vayan contando la historia de cómo llegaron allí, de cómo se fueron acumulando de una manera un tanto extraña, porque seguro tendrá usted libros con origen diverso. Tendrá, sin duda, libros que ha comprado pensando en leerlos, pero aún no lo hace a pesar de la premura con la que acudió a la librería a comprarlos; tendrá libros leídos, claro, de algunos recordará de qué van, incluso la historia que narran, o los poemas, tal vez usted habrá contado emocionado su argumento cada vez que ha tenido la oportunidad de hacerlo, o habrá intentado decir el poema que más le ha gustado, o al menos habrá pensado en hacerlo, porque si es tímido se habrá cuidado de hacer el ridículo; tendrá libros inútiles, que son aquellos que alguna vez le parecieron sumamente útiles, o al menos así fueron vendidos, manuales de cualquier cosa que ya están desuetos y que probablemente no alcanzó siquiera a abrir; habrá libros regalados, algunos queridos, otros tontos, pero que se conservan porque ellos son un poco, de alguna forma, la persona que los obsequió o la relación en medio de la cual fueron obsequiados; habrá libros que conservamos sin saber muy bien por qué, dado que lo lógico sería haber salido de ellos hace rato, pero algo lo ha impedido; habrá libros que nos avergüenza tener, pero que si saliéramos de ellos nos traicionaríamos, aunque seguro ya lo habremos hecho o lo hacemos a diario; habrá libros que deberíamos leer o haber leído, y que heredamos o compramos, casi siempre en esas colecciones que, por temporadas, circulan en los quioscos de prensa, o en las cajas del supermercado.

Pues bien, se habrá dado cuenta a medida que observa sus libros, que aquella acumulación le cuenta una historia, que no es otra diferente a la suya, y que si tuviera más libros o hubiera guardado aquellos que fue olvidando a lo largo de su vida en alguna silla, mesa, bus o avión, o que se quedaron en la otra casa, o prestó u obsequió después de haberlos leído, la historia estaría más completa, tal vez sería más vívida. Aquella biblioteca, grande o pequeña, iconoclasta y absurda, resume, como nada más lo hace, nuestra vida, aun la forma como pensamos, o como en ciertos momentos hemos actuado. Somos el resultado de las lecturas hechas, y de las pendientes, de las que hicimos con amor, interés y entrega, pero también de las que hicimos de afán buscando un consuelo o una idea para resolver alguna angustia espiritual o material, e incluso de aquellas lecturas vergonzosas o cursis. Eso somos, y poco más.

Cristina Campo fue una poeta italiana, introvertida y sensible. Escribió pocos versos, aunque todos fueron intensos y bellos. Cristina De Stefano, su biógrafa, dijo que la vida de la poeta se realizaba cumplidamente “solo a través de la literatura”. Según De Stefano “los libros fueron su primera escuela de vida y acabaron siendo la única realidad tangible de su vida, la única forma de acercarse a los demás”, por eso “cuando volvía a ver a un ser querido, la primera pregunta era siempre la misma: ¿Sobre qué funda hoy su vida, quiero decir: qué está leyendo?”.

¿Qué está leyendo? me preguntan mis amigos cuando me ven, y pregunto yo cuando los veo. A veces soy capaz de contestar, en otras ocasiones la respuesta es un esperpento que combina los últimos días de lecturas y algún tipo de mentira, y casi siempre me doy cuenta de que he olvidado lo más reciente. He descubierto que mis lecturas se van decantando poco a poco, que para contestar debiera responder acudiendo a los libros que leí hace unas semanas o meses, pues mi cerebro ya ha hecho la criba necesaria y puedo notar los surcos que han dejado las lecturas.

Ojalá esa pregunta me la hicieran dándome tiempo de estar frente a la biblioteca. Tal vez podría responder mejor. Al fin y al cabo lo que me preguntan, y pregunto, no es poca cosa: son, como suponía la poeta Cristina Campo, las razones que fundan, hoy, mi vida.

Manizales, 20 de noviembre de 2020