25 de octubre de 2020
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Voluntades

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de octubre de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de octubre de 2020

Desde siempre aprendió que para trabajar en la cultura lo primero que se necesita es mucha vocación, decisión constante y estar dispuesto a hacer muchas cosas sin esperar nada a cambio, Es cuestión de mucha voluntad para hacer algo en lo que se cree, se piensa, se sueña y se aspira. Supo desde muy joven que las satisfacciones personales van llenando el orgullo de servir, pero van vaciando los bolsillos y no generan circunstancias de productividad que permitan decir que es posible vivir de la mejor manera como gestor cultural. Los que existen en Colombia, y son muchos, todos ellos son unos idealistas que piensan en la construcción de valores constantes, de esos que permanecen y van formando el carácter de los pueblos. Cuando los espacios en que se programan eventos se llenan, así sea gratuita la entrada, a ellos no les cabe un grado más de satisfacción. Se emocionan y no son pocos, los de lágrima floja, que llegan al llanto al ver que sus esfuerzos son recompensados con el reconocimiento colectivo. Después de que los eventos terminan, vendrán las preocupaciones de cómo asumir el pago de las deudas de los gastos que se han generado para poder organizar algo en lo que participan muchos, pero en lo que pocos, muy pocos están dispuestos a invertir. Es que los que poseen los recursos económicos saben que la cultura puede ser bella, interesante, permite aprender, permite hacer mejores personas, pero es un pésimo negocio. Los organizadores, de todos modos, pusieron su nombre a responder por lo que hicieron y deben salir a dar la cara para pagar de alguna manera lo que se suministró como operación logística en cada caso. Ellos tienen un lema: no hay que tirar la casa por la ventana, ser mesurados y gastar lo menos posible, pero que el evento tenga la necesaria calidad para ser atractivo.

Los Quijotes de hoy son bien pocos, por no decir que ningunos. Quedan unos tantos, como los gestores culturales, quienes en lo que hacen van dejando unas profundas huellas que de alguna manera los comprometen con la memoria que las comunidades se van forjando de ellos. Aun no se ha conocido de nadie que viva de la memoria que los demás tengan de él. Eso no importa para ellos. El día que les llegare a interesar la productividad económica de todo lo que hacen, con seguridad dejarán de ejercer lo que siempre han hecho. Son unos idealistas que confían en el buen gusto, en el aprendizaje, en saberes nuevos, en divulgaciones ciertas de lo que hacen muchos que no tienen manera de hacerse conocer, porque poseen el talento de los creadores, pero carecen de la iniciativa para volverse comerciantes de lo que imaginan y le entregan a los demás a través de las denominadas obras de arte, que en muchas ocasiones, cuando ya los autores han pasado a la vida de los que dejaron de ser, se vuelven famosas, alcanzan precios astronómicos y de ello terminan disfrutando díscolos herederos o intermediarios que supieron hacer la promoción debida para poder tener elementos de valorización que el artista mismo no está en capacidad de arbitrar. Muy pocos gestores culturales tienen la capacidad de volverse intermediarios del arte, como para decir que poseen las condiciones de hacerse ricos con lo que crean los demás. Ellos promueven, buscan oportunidades y llevan mucho más allá de su entorno a quienes confían en su liderazgo. Un liderazgo cultural.

Es que la cultura nunca ha sido un buen negocio, ni en Colombia ni en ninguna parte. La cultura es el hacer de las civilizaciones, la formación de patrimonios humanos, de lo que en muchas ocasiones se lucran demasiados, menos quienes tuvieron la fuerza de ser consistentes en las iniciativas para concretar esos conocimientos colectivos. La cultura y las civilizaciones las han construido entre los creadores del ingenio del arte y los gestores culturales, quienes viven enamorados de todo lo que el ser humano hace como posibilidad de permanecer en la memoria, pero especialmente como manera de testimoniar lo que corresponde a cada época de la humanidad.

Los gestores culturales viven más de satisfacciones emotivas, que de rentabilidades posibles. Si lo que hacen, si lo que impulsan sale bien, ellos asumen el placer de haber hecho una nueva contribución a esa construcción cultural de la que viven convencidos. Muchos hablan de las grandes satisfacciones espirituales de los gestores culturales. Bien puede decirse, con un criterio más racional, que perciben las satisfacciones del conocimiento, de la permanencia de este y de la memoria colectiva que con ello se va construyendo. Su objetivo esencial es que lo que hacen perdure. En general ese objetivo lo consiguen, porque lo que se va sembrando como señal cultural, tiene la capacidad de mantenerse en el tiempo y si su fortaleza es mayor, incluso pueden lograr que se conviertan en símbolos distintivos de algo, de alguien, de momentos. Las huellas de lo que ha sido la humanidad, de lo que es, de lo que puede ser es precisamente la cultura. Sin esos soñadores de que se habla, ello no sería posible. Soñadores que lo hacen todos los días a título gratuito.

Para fortuna de este país, son muchos los soñadores gratuitos que existen. A ellos se les debe mucho y se les reconoce poco. No reclaman, no piden para ellos. Cuando piden lo hacen para causas colectivas y si se les reconoce lo agradecen, y si no se les reconoce, siguen en la lucha de todos los días por la construcción de nuevas huellas y caminos que conduzcan a la consolidación de signos que de alguna manera se vuelvan identificatorios de lo que se es ahora.

Uno de esos soñadores colombianos, que ha hecho mucho y no ha reclamado merecimientos más allá de los gustos que se da cuando sus obras salen a dominio de los demás, es Jaime Ramírez Rojas, un caldense, nacido en las montañas del occidente, en la cordillera donde se asienta Anserma, quien desde siempre ha sabido de hacer mucho por la cultura y las mejores expresiones de la creación humana en el arte, la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la escultura, la sociología, la antropología y muchas más materias afines, que le han sido propias desde siempre. Cuando era un estudiante universitario fue participe activo de la creación de periódicos que llegaron a marcar épocas de expresión, como el caso de Siglo XX, publicación universitaria que hacían entre varios entusiastas de su misma calidad, que repercutió en el ámbito nacional y que dio muestras del nuevo pensamiento de muchos jóvenes que luego se convirtieron en grandes líderes de muchas causas.

Jaime Ramírez Rojas no ha contado muy bien que sucedió con sus estudios en la Universidad de Caldas, que todo indica no culminó, pero se quedó con la inquietud del que quiere saber algo nuevo todos los días y ha llegado a ser un hombre culto en el mejor sentido de la palabra, sin que hubiese dejado de lado otra de sus grandes pasiones, como es el ejercicio prosélito de la política, militando siempre en el Partido Liberal, desde cuyo seno y prédicas logró ser Concejal de Anserma, Representante a la Cámara y Senador, teniendo siempre entre sus prioridades en el ejercicio del poder, velar por los programas culturales en todos los rincones del país. Aprovechó su influencia como legislador para dotar a los Municipios de Chinchiná y Anserma, de sendas Casas de la Cultura, que ya tienen cerca de 5 décadas de servicio y promoción de nuevos valores del arte y la creatividad. Las incómodas maneras de hacer la política de ahora, de alguna forma lo hicieron a un lado, pues nunca ha sido amigo de despliegues financieros con oscuros orígenes para continuar en el ejercicio del poder. Jaime no dejó la política, habría que decir que la nueva manera de hacer la política con los chorros de gastos desmesurados, lo hizo a un lado.

Quien trabaja en la cultura debe estar dotado de una mente abierta a todos los espacios de la creatividad, en la que no pocas veces se choca con la tradición y lo que se denomina las buenas costumbres.  Y es que es fácil ser amigo de los creadores, cuando también se es creador. Jaime es un gran poeta. Un hombre sensible, con un exquisito, refinado, poderoso y emotivo lenguaje mediante el cual con el manejo cierto de la métrica y de los cánones de la poesía ha publicado varios libros, en los que están contenidas obras que sin duda ya hacen parte de la mejor poesía que se ha escrito en todos los tiempos en Colombia y en el idioma español. La poesía de Jaime es emocionante y cuando el poeta logra hacer sentir emociones al lector, es porque ha conseguido la lírica. Poesía es el lenguaje del quien llega hasta el fondo de los sentimientos, los calca, los lleva al verbo y los hace sentir por siempre. Jaime lo ha hecho con mucha maestría.

Son muchos los aportes que a la cultura de Caldas y Colombia ha hecho Jaime Ramírez Rojas, pero bien puede decirse que uno de los más trascendentes y que va a permanecer en el tiempo, es la revista Papel de Oficio, nacida en Manizales desde hace 26 años, en la que cada año reúne un selecto grupo de intelectuales de todos los pensamientos, quienes con plena libertad hacen conocer sus ideas y sus planteamientos. Jaime escoge el tema central de cada edición y le solicita a alguno de sus colaboradores un trabajo sobre lo mismo, o en no pocas ocasiones se ha encargado de ser el autor de ese artículo que podría denominarse como el central, aunque bien difícil resulta saber cual de todos los que allí se publican puede ser catalogado como el que prima sobre los demás. Todos son de una impecable calidad y manejan sus temáticas con propiedad, seriedad, investigación, toma de posiciones y especialmente con estilos didácticos, que de algún modo es lo que distingue lo que es cultural. La cultura siempre está para enseñar a quienes acceden a ella. Y en esta extraordinaria revista si que es posible aprender cosas, de manos de unos autores que realizan la tarea no como una manera de cumplirle a su amigo en la solicitud de colaboración con la publicación, sino con la convicción de que escriben con el ánimo de permanecer.

Puede decirse que Ramírez Rojas no hace de Papel de Oficio una revista anual. No se trata de una revista, que en la concepción de lo que es un medio de esta naturaleza, periodísticamente se entiende que su contenido debe permanecer en el tiempo y no agotarse con el día, la semana o la quincena. Las revistas se deben dejar leer durante mucho tiempo. Más, cuando una revista es capaz de hacerse leer después de varios años de editada, es porque en verdad se está ante la presencia de un libro. Y lo es, además, por la estructura física de ella, como que tiene alrededor de 150 páginas. Cuando la conocimos, por casualidad, la encontramos en casa de un amigo y pudimos verla mientras este iba a traer café. Difícilmente pudimos volver a retomar la conversación, porque nos concentramos en ver el contenido de esa publicación. La que tuvimos a la vista había circulado tres años atrás y el deferente amigo nos dijo que si nos gustaba mucho, nos podía regalar otros ejemplares que tenía guardados y fue así como llegamos a la lectura de unos variados libros, con autores diversos, temas diferentes y un elemento común: la calidad de los que allí escriben y el enorme interés que despiertan todos los temas que son tratados. Ya son parte de nuestra biblioteca. Es leer un libro en el que concurren entre 15 y 18 autores. Dicho de otra manera: un lujo de libro. Y a ello se le debe agregar la calidad extraordinaria de la edición, en lo que el mismo Ramírez Rojas está atento en el más mínimo detalle. Los colaboradores le dan el gusto, además, de que todo lo que escriben es original, nada que ya haya sido publicado en otros medios. Jaime ya se ganó un lugar destacado en la historia de la cultura colombiana, pero su revista Papel de Oficio hará parte de la historia de la literatura colombiana, como muchas otras revistas que hicieron época.

Ni el incómodo año pandémico ha sido obstáculo para que este gestor cultural hiciera realidad el número 26 de Papel de Oficio, que comenzó circulación en el mes de octubre, con una nómina de escritores, poetas, ensayistas, cuentistas, historiadores, periodistas de gran sapiencia y atractivos estilos de escritura. Esta vez fueron 146 páginas, de las cuales 18 son en papel satinado e impresas a pleno color. Las demás son en papel periódico libro, con un diseño sobrio y permitiendo que sea el contenido de lo que allí se escribe lo que logre la atracción del lector. Un lector que va a tener en sus manos la obra, es posible que escoja algunos de los artículos de su preferencia, pero que siempre volverá a todo el contenido, porque es mucho lo que allí hay por aprender.

En la edición de 2020, Papel de Oficio le rinde un especial homenaje a dos figuras universales del arte y la creatividad. Alejandro Obregón, el más grande pintor de todos los tiempos en Colombia y el músico de hoy Lwdvig Van Beethoven. Al primero le dan dos escritos con diferente enfoque: el cronista que cuenta una historia con seriedad histórica y el del escritor que asume una caracterización de un personaje que quiso ser de novela y lo fue y al alemán le dedican tres notas, todas ellas con consideraciones de mucho interés para el conocimiento de un creador que jamás terminaremos de conocer. Son notas como para leerlas, escuchando música de ese sordo genial.

Hay de todo. Se pasa por la vida del gran Rubén Darío, con su convicción de genio y comportamiento de tal, sin que hubiese contado con los recursos financieros que le permitieran la vida de lujo en la que quiso navegar; está la profunda y bella poesía de Bernardo Echeverry Cardona, así como la calidad extraordinaria de poeta de la tierra que fue Baudilio Montoya, sin abandonar la gran tarea que siempre le ha apasionado a Jaime, cual es la de dar a conocer a figuras nuevas del arte y en esta ocasión destaca el trabajo pictórico de José Alonso Loaiza Corrales, quien en las muestras que se incluyen en las fotografías deja ver calidad en el trazo, finura en el manejo de los colores y buen conocimiento de la figura humana, tiene mucho talento. También se pasa por una de esas historias breves que cuenta Anibal Gamboa Zapata, quien relata la existencia de dos orquestas de música tropical en Anserma, una de ellas con duración de cinco años y la otra de 3 años y medio. Se diluyeron en lo que casi todo lo de Anserma se ha diluído: la migración de sus naturales, que se van en busca de ampliación de horizontes y terminan siendo ciudadanos de otros lados.

Podría aparecer en el número 26 de Papel de Oficio como el artículo hecho para la simple entretención de un ligero lector, que lee los demás, pero también busca algo que le divierta con la calidad y calidez con que lo hacen los perros. Y no es así. Es uno de los ensayos más serios y profundos que se han escrito en Colombia sobre la vida de los perros, inspirado en la existencia de “Limón”, la mascota por muchos años de Elizabeth López Ríos, actual directora de la revista, quien se pasea por la vida de esos peludos que llegan a constituir parte de la familia. Solamente quienes no han tenido un juguetón que ladra en su casa, desconocen la calidez que da la presencia de estos amigos-hijos de cuatro patas que se van metiendo en los afectos de todos y terminan siendo centro de atención en su cuidado y protección. Un artículo de fondo para conocer los perros y a través de ellos a los seres humanos. Tienen tanta historia, poesía y canción como nosotros.

Es propio de los gestores culturales saber que con buena voluntad es mucho lo que se puede hacer. Y que su vida se va a ir en tocar puertas en todos lados, hasta cuando alguien les abra y les permita hacer realidad alguna de esas muchas ideas que les fluyen en su cabeza para hacer cultura y formar patrimonio intelectual de pueblos y personas. Los gestores culturales son especialistas en voluntades, en reunirlas, en juntarlas, en ponerlas todas al servicio de una determinada causa. Pensar solamente en el costo que podría tener una plantilla de colaboradores como los del número 26 de Papel de Oficio, es tanto como tomar el camino de la utopía infinita. Jaime sabe como se atraen esas voluntades y ellos concurren a darle placer de lectura a quienes tienen la oportunidad de que la revista-libro llegue a sus manos.