21 de septiembre de 2020
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Solo le pido a Dios

16 de septiembre de 2020

 

Hasta que amemos la vida

Por E.Sachs

Salí a comprar verduritas. Ese fue su último mensaje. Era sábado y todo lo virtual quedó en silencio. Dejó ese diálogo con su otra orilla en suspenso y lo atribuyó a un despiste pandémico.  Esa noche tendría un gran reencuentro. Era noche de amigas guardando distancias físicas en un Toledo que comenzaba a recuperar el palpitar social nocturno. Empezaron y terminaron con todo lo aportado por cada una, quesos del Valle de Liébana; paté de berenjena, otro de mejillones con atún, ensaladilla rusa, todo casero y bien mojado con unos buenos vinos tintos y blancos. Sólo una exclamación vino a romper su dicha ¡Cómo está tu país! Y sintió que se le comprimía el alma. Pensó en aquel mensaje virtual en suspenso y la oscuridad se le hizo eterna hasta que regresó a casa.

FOTOS. Collage

Pasó la noche en duermevela y muy en contra de sus fuerzas emocionales leyó las noticias de Colombia al día siguiente.  Retomó aquel diálogo inconcluso con su sobrina y sintió de nuevo ese olor a muerte. Sintió los gritos agónicos del joven llevado hasta los cuarteles policiales, para nunca salir de allí con vida, los sintió tanto que lloró; y por los que no sobrevivieron a las balas perdidas y enloquecidas de los uniformados —estos últimos probablemente víctimas de su rabia interior y de sus propias frustraciones—también lloró. Llora siempre por el líder político, por el sindical, por el indígena, por los jueces. Llora por todos los que mueren sin cumplir sus sueños de vivir por fin en un país justo y en paz. También por el soldado que sólo obedece y muere en una guerra intestina, sin sentido, como si alguna guerra lo tuviera ¿Los nombres?  Son tantos los que allí en su país —mágico, malabarista, siempre fuerte ante la adversidad, cruel pero noble también, orgulloso y otras veces muy agachado—aún siguen muriendo, que esta memoria colectiva los ha ido enterrando en la fosa del olvido, o de la indiferencia que tal vez es peor. Los Medios se detuvieron en aquellas imágenes de dolor y de tragedia, porque así nos enseñaron —lo pensó—a ver la vida, a través de una imagen: lo que vende es lo que conmociona puntualmente, lo que a algunos les hace sentir que en realidad su país del primer mundo es un paraíso por más crisis que atraviese. Y, sin embargo, la imagen de una jornada de paz con un artista acompañado de su escopetarra— fusil que el canta-autor colombiano César López convirtió en instrumento musical—con la que recorre pueblos entonando su himno Hasta que amemos la vida, no dio la vuelta al mundo en los Medios, como siempre. Se instalaron bibliotecas callejeras porque Educación es lo que necesita todo el país, puntualizó su sobrina, que salió a la compra y sucumbió a los pinceles para pintar de colores la Vida en un país que se acostumbró a vivir de la muerte.

Fue una jornada de música, pintura y libros, con padres, niños, y gentes de todas las edades en Park Way. Comenzó a contarle emocionada describiéndole detalle la experiencia—Convierte un CAI en una biblioteca—del 12 de septiembre a las 10 de la mañana en este lugar arborizado de Bogotá con fino encanto bohemio ubicado junto a los CAI —Comandos de Atención Inmediata— No hubo reticencias por parte de la Policía, que también se acercó a coger libros donados por voluntarios, gratis para todo el mundo. Con ese gesto se demostró  a—continuó esta sobrina su relato entusiasmado por mensaje de voz—que no todos los uniformados son violentos, ni todos los que participamos somos vándalos, porque los incendios de varios de estos puestos fueron provocados, como siempre sucede, por grupos más interesados en estigmatizar a todos los que protestamos pacíficamente movidos más por la tristeza y por la indignación contra todo lo violento que, por una pasión ciega, porque con esa forma de protesta, como la de hoy, lo que pretendemos es que por fin haya un cambio en la mentalidad y éste— su tono entristece—no acaba de llegar. Y, sin embargo —le replico— poco o mucho, nuestro pueblo sí ha cambiado. Le menciono la canción-mensaje de Julio Numhauser, de los Quilapayún,  de viejas más no olvidadas épocas, Cambia, todo cambia. Bogotá, le recuerdo, decidió tener una alcaldesa progresista, orgullosa de pertenecer a la comunidad LGTBI; una alcaldesa a la que muchos tildan de beligerante, pero es que esa beligerancia era patrimonio sólo de nuestros hombres. ¡Claudia López, cómo te atreves! La alcaldía es el cargo más importante en este país multicolor después de la Presidencia de la República. Claudia es la mujer que hoy anima a que todos los causantes de tanta tragedia aprendan a pedir perdón, una palabra de sólo seis letras que a toda la humanidad le sigue costando pronunciar. Algo impensable en los que se resisten al cambio, como el mismo Presidente Iván Duque que prefiere seguir retroalimentándose de una política rencorosa, revanchista, más a favor del ojo por ojo, eludiendo su deber de ser un instrumento de paz, que donde haya odio no siembre más odio, que donde haya injuria sólo haya justicia y luego perdón.

Vio las fotografías enviadas por su sobrina y le vino a la memoria León Gieco,  todo un icono de sus años de juventud febril y esperanzada, porque ella sigue pidiéndole a ese su Dios que ni el dolor, ni la guerra, ni la injusticia, ni el hambre, ni ése su mundo, le sea nunca indiferente.