19 de septiembre de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La magia de la radio antañona

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
12 de septiembre de 2020
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
12 de septiembre de 2020

Colombianos de muchas generaciones aprendimos a querer la radio desde pequeños, porque a ella le tocó desempeñar simultáneamente su propio papel y el de la televisión, hasta que ésta llegó al país en 1954, vestida de blanco y negro, de la mano del general Gustavo Rojas Pinilla, el presidente de facto que se trepó al poder por un golpe de opinión, según la perversa definición del maestro Darío Echandía.

Grandes y chicos amamos la radio desde su nacimiento, porque supo meterse sin permiso en nuestros hogares, en nuestros corazones y en nuestra imaginación en una caja de madera que llevaba en el centro un disco iluminado, a manera de cuadrante, y en su pancita una multitud de personajes diminutos que se alumbraban de manera precaria con unos tubos que no nos eran familiares y a los que tratábamos de espiar, vanamente, mediante una pequeña perforación que le hacíamos, a hurtadillas de nuestros padres, a la parte posterior del aparato receptor, que era el mueble más importante del hogar, por encima del refrigerador.

Don Arturo Arango

Adoramos la radio, porque nos conectó sin salir de casa con las noticias del momento de nuestro entorno, del país y del mundo, con Arturo Arango, en Radio Manizales; o Luis García, en la Voz de Medellín, primero, y Miguel Zapata, en “Clarín”, después; el buen humor criollo, con “La hora sabrosa”, de Raúl Echeverri, “Jorgito”, que originaba la Voz Amiga, de Pereira; Tocayo Ceballos, el creador de la genuina “Hora de la escoba”; Mario Jaramillo y el sin par Guillermo Zuluaga, “Montecristo”; los cantantes y la música de moda; las novelas; el ciclismo y el fútbol, narrados por Carlos Arturo Rueda; los catedráticos del aire, encabezados por Antonio Panesso Robledo, “Pangloss”; la literatura costumbrista, el sermón del orador sagrado y las apasionadas catilinarias de los caudillos Jorge Eliécer Gaitán y Laureano Gómez.

Apreciamos la radio, porque nos conmovió con la transmisión de historias tan comunes en nuestro medio, que les arrancaban lágrimas en altas dosis a nuestras madres, tías y hermanas mayores, como “El derecho de nacer”, del cubano Félix B. Caignet; “Lejos del nido”, de Juan José Botero; “Frutos de mi tierra”, de Tomás Carrasquilla, o “Un ángel de la calle”, de Efraín Arce Aragón.

Veneramos la radio, porque nos enseñó a oír antes de que aprendiéramos a hablar, a leer y a escribir, y nos dio las primeras nociones de política internacional al dejarnos saber que Hitler y Stalin eran más malos que Caín y Atila. Ser buen oyente de radio equivalía a ser persona bien informada y mejor documentada.

Medimos con gran pánico el poder de convocatoria de la radio el 9 de abril de 1948, cuando los protagonistas del “Bogotazo” instaron a la revuelta a través de los micrófonos de las emisoras tomadas por la chusma, armada de palos y machetes. Tras la hecatombe vino la saludable medida que acabó de un tajo con los llamados radioperiódicos políticos, causantes del cataclismo que desencadenó el asesinato de Gaitán.

Quisimos mucho más a la radio cuando por los escenarios de sus radioteatros de Bogotá, Medellín y Manizales desfilaban las primeras figuras de la canción popular, llegadas especialmente de México, Argentina y España, a realizar temporadas de una o dos semanas entre el delirio del público que antes las había visto en el cine. Los artistas se iban encantados a sus países de origen, pero la mayoría regresaba sin tardanza. Argentinos como Raúl Iriarte y Armando Moreno prefirieron establecerse hasta el día de su muerte en Colombia, porque “la patria está donde a uno lo quieren”, según decía Alejo Durán, el negro grande del vallenato.

Los chiquillos de entonces disfrutábamos en grande corriendo detrás de las unidades móviles de las cadenas radiales cuando iban a los barrios en busca de los ganadores de los populares concursos establecidos por las principales empresas textileras nacionales: “Coltejer toca a su puerta” y “El peso Fabricato”.

Aprendimos de música popular siguiendo a Hernán Restrepo; recibimos clases de civismo a través de Carlos Cañola, “Martinete”; lecciones de toros, oyendo a Ramón Ospina, y de ciclismo, a Julio Arrastía; del buen humor importado del sur del continente, acompañando en sintonía al coloso Hebert Castro; comprobamos la calidad de los artistas criollos con el oído puesto en “La marcha de las estrellas” y “La serenata del mediodía”.  Admiramos a Antonio Henao Gaviria, llamado “El reportero de Gardel”,  porque le tocó cubrir solo, para la desaparecida Voz de Antioquia, la catástrofe aérea en la que pereció “El Zorzal criollo” en el viejo aeropuerto Las Playas, en la tarde del 24 de junio de 1935, con otras dieciséis personas. Y tuvimos el privilegio de iniciarnos en el medio bajo la tutela de Eucario Bermúdez Ramírez, el más polifacético de los hombres que ha dado la radiodifusión colombiana, y de haber estado bajo el mando de unos maestros de la talla de Antonio Pardo García y Alfonso Castellanos Martínez en RCN, en Caracol y Todelar.

La apostilla: El historiador Gustavo Pérez Ángel narra en su tratado sobre “Los orígenes de la radiocomunicación” que alguna vez le preguntó al maestro Germán Arciniegas que cuál era su primer recuerdo de la radio, y el notable escritor bogotano, que nació y murió con el siglo XX, respondió: “Mi primer recuerdo de la radio se remonta a mi juventud. Yo iba por la calle y, de repente, pasó un automóvil hablando”.