15 de agosto de 2020
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

SIHRAZ

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de julio de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de julio de 2020

Las protestas callejeras, los disturbios, las agresiones de uno y otro lado ya llevaban dos años. La insatisfacción crecía. Los que no tenían nada que perder manifestaban su adhesión incondicional a ese movimiento anárquico que prometía un cambio, sin que se tuvieran claro de que cambio se podría estar hablando, lo importante era que se planteaba una nueva situación y para los que nada tenían los cambios de alguna manera se apoyan, así se trate en muchos casos de saltos al vacío. Cuando se vive en el vacío de necesitarlo todo, no se pregunta hacia que vacío se va, ni mucho menos cuales pueden ser las consecuencias. Casi que se va por lo nuevo, sin evaluaciones de si eso nuevo es bueno, regular o malo. Fueron muchos años en los que vivieron bajo regímenes monárquicos, en los que unos pocos tenían mucho y la mayoría no tenía nada. Habían libertades limitadas y atropelladas. Las protestas prometían al menos que habría libertad y muchas veces en busca de dicho ideal, los seres humanos son capaces de entregarlo todo. El respaldo masivo a esa revolución que prometía cosas mejores para todos, sin que nadie supiera explicar mejor en qué y para qué. En la capital las protestas se percibían con mayor fuerza. En las regiones se sentían, pero sin esa fuerza capaz de cambiar el estado de las cosas. De alguna manera se veía el resultado como un tanto lejano.

Quienes vivían de sus trabajos, lo seguían haciendo en las condiciones en que les satisfacían. Quienes habían logrado la formación de empresas, de capital y de producción de riquezas sabían que algo habría de cambiar, pero jamás imaginaron hasta que punto podría llegar ese cambio. La velocidad del movimiento de protesta y cambio, a lo mejor no se pudo captar en sus verdaderas dimensiones en la provincia y por eso no es de extrañar que a muchos los pudiera sorprender en medio de celebraciones y a quienes nada tenían, en medio de la disponibilidad para hacer lo que tuvieran que hacer –según ellos-, como aporte a esa revolución que se hacía en gracia al poder popular y la soberanía divina, de lo que se habían aferrado todos, los que carecían de todo y los que todo lo tenían.

La Dinastía Pahlavi, reinante en los últimos treinta años, era un gobierno capitalista, gran aliado de Gran Bretaña y Estados Unidos, potencias que habían logrado desarrollar en territorio iraní numerosos negocios de gran rendimiento, bajo las ventajas y las condiciones poco claras ante la ley que les ofrecía un monarca complaciente por esencia, pues se complace a los amigos para que éstos nunca dejen de ayudar y para obtener ganancias en muchos otros aspectos. Una civilización eminentemente religiosa, aferrada a las tradiciones y las convicciones del islamismo, veía como en glorificación del capitalismo, eran muchas las costumbres y los usos que se iban haciendo a un lado, sin mucho ánimo de reclamo, porque casi todos se acomodaron a la zona de confort que se puede obtener en medio de circunstancias que se dirigen hacia lo lúdico. El placer no es para rechazarlo, es para compartirlo y para gozarlo. En sus conciencias estaba el profundo concepto deico, pero ante lo mundano preferían la comodidad de estar en goces plenos, a rebelarse contra un mundo que no tenían la posibilidad de cambiar. Cuando hubo el liderazgo religioso contundente, desde el que se comenzó a construir esa revolución, esas creencias raizales de todos, volvieron a flote y se convirtieron en el combustible que necesitaba la protesta. De ahí aparece la fuente del gran respaldo popular que termina teniendo esa revolución.

Los grandes capitalistas sabían que la revolución estaba en camino y que habrían cambios, pero confiaban en que por ser fuente de miles y miles de empleos podrían conservar sus condiciones, incluso aún con cambios en la forma de hacer los negocios, pero que seguirían siendo el sustento fundamental de la economía. Y ellos se equivocaron. No porque la revolución se lo hubiera propuesto, sino porque en sus consecuencias fue una revolución que se terminó saliendo de los cauces institucionales y parece que cada quien la hizo a su manera, valiéndose de la defensa de esas profundas convicciones religiosas.

Isaacs, joyero de alto nivel, de origen judío y nacionalidad israelí, la revolución por poco lo sorprende en su etapa final de triunfo y de instalación en el poder, en plena y lujosa celebración del su hijo mayor a Estados Unidos, a cursar sus estudios universitarios, para que tuviera una gran formación académica en negocios y finanzas y regresara como el hombre capaz de acrecentar ese emporio de lujos y brillos de su padre. Fue una linda fiesta, celebrada en grandes jardines que rodeaban esa hermosa casa, con la asistencia de amigos y familiares y todos vestidos para la mejor ocasión, rodeados de sus conductores y sus guardaespaldas. Hubo música, baile, manjares, mucho vino, brindis y alegría desbordante. Todos estaban felices. Farnez, la esposa de Isaacs y madre del hijo estudiante de viaje, estaba más bella y deslumbrante que nunca, haciendo las veces de gran anfitriona. Fue una linda fiesta. La despedida en el aeropuerto fue en medio de muchos abrazos, con un poco de tristeza pues no se conocen despedidas que no lleven un poco de ese sentimiento por dentro. Tuvieron alguna dificultad camino al aeropuerto, pues al pasar por calles céntricas se encontraron con algunas de esas tumultuosas manifestaciones, agresivas y bulliciosas que desde hacía dos años se habían convertido en parte del decorado habitual de Irán. Pasaron. Miraron atentamente desde la seguridad interior de un carro blindado y siguieron de largo conscientes de lo que estaba pasando, pero sin tomar precaución alguna, como si de pronto esa revolución les pudiera llegar a ser ajena. Les faltó estudiar un poco más a fondo y no mantenerse en ese alejamiento que da el capital y la vida en medio de las mayores comodidades.

Las potencias de pensamiento de izquierda le dieron el gran respaldo a la revolución y los capitalistas fueron abandonando con precaución al Sha Mohamed Reza Pahlavi, que cada vez se iba debilitando, a pesar de las concesiones de gobierno que procuró introducir, comenzando por la designación como primer ministro a un islamista convencido, como era M. Bastiar, que de alguna manera fue introduciendo reformas en aras de satisfacer muchas de las demandas de los protestantes, como la liberación de los numerosos presos políticos.

En medio de esas protestas, de esas grandes manifestaciones, se iban dando hechos que de alguna manera iban haciendo irreversible la marcha de esa revolución que en cada paso demostraba que nunca más volvería atrás. Uno de esos puntos de inflexión fue el denominado viernes negro, cuando el 8 de septiembre de 1978 una gran aglomeración de manifestantes fue reprimida brutalmente por la fuerza pública, con el uso de armas de largo alcance, dejando como resultado un total de 16.000 víctimas mortales. Con sucesos como este, las concesiones que desde lo político se pudieran hacer se tornaban inanes, ya que la ira represada en las grandes masas ya no había manera de controlarla.

Esa revolución que tenía por encima de todo un líder moral que desde la distancia dirigía el rumbo de la misma, el Ayathola Jomeini, desde París, en un exilio que el mismo gobierno se encargó de convertir en heroico, por las constantes persecuciones, que no dieron resultados efectivos por el enorme respeto que de las normas de exilio político siempre ha tenido Francia, como ejemplo de lo que ha sido un Estado de Derecho, desde la Revolución Francesa, cada vez se iba creciendo como una ola de espuma que no es posible determinar su destino.

Para el mes de enero de 1979 la situación se tornó insostenible para el Sha y no tuvo otro camino que irse al exilio, dejando encargada del gobierno a una Junta Provisional, presidida por el Primer Ministro Bajtiar. Ido el Sha las concesiones fueron mayores, con el fin de procurar un entendimiento entre los iraníes en favor de toda la sociedad. Las entregas que iba haciendo de derechos y de ventajas el nuevo gobierno, se convirtieron en una especie de acicate para que la revolución tomara más fuerza, hasta cuando en los primeros días de febrero de 1979, Bajtiar permitió el regreso a Irán de Jomeini, que fue el punto culminante de las protestas, pues ese líder lejano y moral, ahora era cercano y político y se encargó de darle cuerpo y forma a esa revolución que en ese mismo mes de febrero accedió al poder.

Y llegaron los cambios y no de la mejor manera. Un día Isaacs regresa a casa, luego de una jornada de trabajo en su gran negocio de joyería, donde parecía que nada estaba pasando afuera, y fue intervenido por un grupo de civiles amenazantes que lo intimidaron, lo apearon del carro y se lo llevaron con ellos. Lo condujeron hasta unas grandes bodegas donde lo sometieron a interrogatorios continuos, lentos, muy lentos, agrediendo su mente. Era un hombre fuerte. Un hombre de negocios, de grandes negocios que no se iba a quebrar de ánimo de buenas a primeras. Entonces lo sometieron a aislamiento humillante, sin que los interrogadores pudieran obtener de él las respuestas que pretendían, que no eran otras que hacerlo arrepentir de la vida que había llevado y de la necesidad de cambiar para entregar su existencia a las deidades y a las buenas costumbres de la moral islámica.

No conseguían nada. Quienes lo interrogaban eran encapuchados, con burdas telas a las que apenas se les habían abierto huecos para sus ojos. Le lucían como voces conocidas, pero no sabía quienes eran. Ellos si sabían quienes eran y eran trabajadores o familiares de estos, de los cientos a los que había ocupado por muchos años en sus negocios. Por eso sabían tanto de su vida y de sus riquezas y de su familia y de sus placeres. Fueron muchos interrogatorios e interrogadores. Ninguno consiguió el objetivo. Entonces dieron la orden de torturarlo físicamente y le destruyeron las plantas de los pies a golpes. Lo dejaron inválido. Le pegaron mucho. Lo insultaron por el pecado de ser rico. Lo vejaron. Lo mantuvieron en una gran oscuridad en la que nunca supo de las horas. Todo lo que llevaba se lo robaron, incluso sus prendas de vestir.

Pasado un día su esposa se preocupó por la ausencia de Isaacs, pues nunca se le ocurría faltar a casa. Fue a muchas partes a buscarlo. Incluso por casualidad, estuvo hablando con sus captores, quienes lo negaron todo. Ante su ausencia, de regreso a casa pasó por la Joyería y se encontró con que los trabajadores, liderados por el administrador de confianza de siempre, a quien le habían costeado todos sus estudios, hasta los superiores, estaba desmantelando el establecimiento y se lo estaban llevando todo en bolsas, en sacos de tela, en cajas, en la mano, hasta los muebles. Todo. Estaban dejando el local desolado, como si hubiese sido objeto de un ataque masivo. Al reclamar al administrador este dijo que esa era la revolución que había llegado y que ahora todo era del Estado y que ellos eran de una vez guardianes de ese Estado y que estaban procediendo a llevarse las cosas que eran de todos, no de su familia. Era para entregarle al Estado, que era el verdadero propietario de todo. Ella entendió que nada podía hacer y recordó que en casa estaba su hija, con su empleada de confianza y era mejor estar con ella y esperar el regreso de su esposo.

Al poco tiempo de estar en casa, llegaron los mismos trabajadores de la joyería y encabezados, de nuevo, por el administrador, se comenzaron a llevar todo, con el mismo argumento, el que no era muy convincente porque ella veía como muchas de esas cosas los asaltantes se las echaban al bolsillo, especialmente lo que eran joyas y dinero, sin que nadie estuviera haciendo un inventario de los decomisos a nombre del Estado. Los estantes con licores los vaciaron todos al piso, maldiciendo el pecado del licor, que era la necesaria perdición de las almas de los hombres que no podrían llegar ante Alá. Destruían el licor en medio de grandes demostraciones por el vicio. El fanatismo encarnado en un grupo de asaltantes de una residencia privada.

La fuerza y el carácter de Farnez se rompe. Cuando esperaba contar con la solidaridad de su empleada, se dio cuenta de que ella también hacía parte de esa revolución que parecía que en toda la vida se hubiesen ahorrado todo el odio que les cabía en sus emociones, para dejarlo conocer en el momento en que un gobierno capitalista se cambiara por uno que lo prometía todo para todos y que al cabo de 40 años de ejercicio, esta demostrando, como en todos los casos, que el poder es para los que administran, que logran pasar a mejor vida y con promesas y breves concesiones a los de abajo, se consolidan en medio de las mismas desigualdades de siempre.

Uno asiste a lo que se ve en la pantalla y se confunde en sus emociones. No es la pantalla de una sala de teatro. Están cerradas, sin que se sepa hasta cuando, porque la periodicidad del gobierno nacional que cada dos semanas dice que faltan otras dos semanas para que se levante el aislamiento y de dos semanas en dos semanas ya vamos para cinco meses completos en que los colombianos estamos encerrados por culpa de un virus que nadie sabe que es, de donde viene, ni mucho menos como se trata o combate. Es la pantalla de un televisor, en el que tantas veces nos vamos de zapping a ver que encontramos. Y en uno de esos recorridos de descanso, porque desde la casa se trabaja como tres veces más de lo que se trabaja en la oficina, que al menos hay horario conocido, nos encontramos con esta gran película en que se cuenta un poco de lo que sucedió en Irán, concretamente en la ciudad de Sihraz, en el sudoeste de ese país, y que da a conocer lo sucedido a esa familia judía que termina por huir con lo que tienen puesto y en medio de las más grandes humillaciones que pueda soportar el ser humano. Por momentos el espectador piensa que el personaje no aguantará, o que no es posible ver tanta salvajada en manos humanas.

Es la película “Septiembre en Sihraz”, que se encuentra en la plataforma Amazon, del director australiano Wayne Blair, residente en Estados Unidos, nacido el 28 de noviembre de 1971, en Tadee, quien cursó estudios profesionales de arte dramático, teatro, cine y televisión en la Central Queensland University y Queensland University Tecnologics, quien desde muy joven se ha destacado como actor, guionista y director, siendo básicamente su trabajo para series de televisión, en lo que ha sido un verdadero triunfador, pero teniendo en su haber un poco más de 20 largometrajes, casi todos ellos hechos para plataformas digitales de entretención.

La cinta tiene guión de Hanna Weg, quien conoce muy bien el tema de la revolución islámica de Irán, la llamada revolución de los ayatohlas, que aún permanece en el poder después de 40 años. El filme cuenta con un respaldo actoral de primer orden, por la destacada personificación que hacen Adrien Brooy, de Isaacs y de Salma Hayek, como Farnez, en la mejor representación actoral que le conozcamos y luciendo una belleza absolutamente deslumbrante.

La revolución venía y todos sabían. La sorpresa fue para todos. Los que lo perdieron todo y los que se robaron todo a nombre de una representación política que nunca tuvieron y que nadie les había dado, ni les ha entregado, porque los ladrones son ladrones sin importar la ideología a nombre de la que ejerzan esa capacidad de delinquir.

Una película que vale la pena ver con cuidado, especialmente por sus inteligentes diálogos políticos, ahora que no podemos ir a los teatros, y debemos dejar que el placer grande del cine se reduzca a la pantalla de un televisor.

Es ver la ciudad de Sihraz, con un poco más de millón y medio de habitantes, clima templado, considerada la ciudad de los jardines, de los poetas, de los vinos, de las rosas y de las luciérnagas. Allí en uno de esos bellos jardines está el Mausoleo del poeta del siglo XIII, el poeta nacional de Irán, Hafez, cuyos versos se siguen recitando. Aún en medio de los fanatismos extremos de quienes piensan que la vida se puede empeñar en creencias extremas. De allí es el gran vino Sirah, que dicen los enólogos, es uno de los mejores del mundo. Sólo se produce con uvas de dicha región, en la provincia de Pars. Se necesita un buen vino para soportar el dolor que se ve en este filme. Excelente.