8 de agosto de 2020
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Evelio Giraldo Ospina

PAISAJES

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
10 de julio de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
10 de julio de 2020

Nació enamorado del paisaje, porque lo hizo en medio de uno de los más bellos, en la Hacienda El Cedral, una de las más grandes fincas cafeteras del Huila, ubicada entre los municipios de Garzón y Neiva, que para entonces comenzaba a volverse una región productora del grano que tantas satisfacciones y desengaños le ha dado a la economía colombiana, en la que muchos se hicieron muy ricos y quienes llegaron tarde a su cultivo de pronto consiguieron con que vivir decentemente, pero sin llegar a lucrarse de la forma como de pronto soñaron alguna vez. Los paisajes lo alimentaron desde sus ojos infantiles y a ellos se fue acostumbrando, a pesar de que desde muy niño debiera viajar a la capital para poder seguir con sus estudios, como era el deseo de su padre, que siempre quiso para él y los otros hijos, lo mejor. La idea de su progenitor no era que se quedase como caficultor, sino que llegara a tener una profesión liberal y que de ella obtuviera una vida digna, con muchas posibilidades de futuro. Ese padre siempre pensó que a su muerte, los hijos enajenarían los predios rurales y se irían con todo hacia las grandes ciudades, lo que efectivamente no ocurrió, porque a todos se les pegó el paisaje de la vida y el que resultó ser poeta y compositor, lo supo llevar a unos pentagramas que imaginó, pero nunca escribió, porque no estudió ni música, ni literatura, ni poesía. Fue la intuición la que lo hizo pasar a la inmortalidad.

No solamente le cantó a los cafetales, a los cañaverales, a los vientos, a las llanuras, a la luna roja, a los potreros, a las nieves, a la lluvia, a los ríos, también le cantó y de manera bella al amor, al dolor, al desengaño y lo hizo en muchos ritmos, de esos que asimilaba por oído, nunca por lectura de partitura, que no desconocía completamente, pero que no era capaz de apropiarse ni para saber de sus signos, sonidos, espacios, tiempos etc y que los escribieron otros que si sabían del tema y que de sus canciones hicieron grandiosos arreglos musicales.

No se propuso ser poeta, sencillamente decía en sus letras lo que veía y sentía y le iba colocando el ritmo a las palabras que se hicieran compatibles con los acordes que también llevaba en su mente, pues ni modo de decir que en la voz, que era gruesa, muy gruesa y de poca entonación melódica. No fue poeta, pero construyó hermosos y sonoros poemas que musicalizados, ahora son muchos los que los llevan en la memoria.

Fue capaz de decir, en versos y música:

“Bonitos son tus paisajes, Valle del Cauca,
bonitos cañaverales, que azota el viento.
Y el sol de atardecer cubre en rubí,
con su manto de esplendor,
las nubes de las montañas.

Y el sol de atardecer se va ocultando,
tiñe rosa la tiniebla, la blancura de las garzas.

Paisajes que se duermen en tu río,
palmeras que abanican su verdor,
como no recordar El Paraíso,
María, Efraín su gran amor,
luciérnagas fugases en la noche,
magnolias que regalan suave olor…

Al cielo van bordando las estrellas,
la luna sale ya e ilumina el balcón
de la hermosa caleña, bella por tradición”.

Con ritmo de bambuco que tuvo la fortuna de ser adoptado por esta región del país, donde estuvo muchas veces, pero donde nunca residió, pues su pasos vitales siempre se movieron entre las soleadas tierras del Huila y las frías tardes y noches bogotanas.

Nacido en El Cedral, en las afueras de Neiva y muy cerca de Garzón, sus estudios primarios los cursó en esta ciudad, de donde fue a vivir a Bogotá para seguir cursando su secundaria y hacerse al ambiente de ciudad grande, con miras a acceder a la Universidad a formarse profesionalmente. Llegó al mundo un 6 de junio de 1929 y se fue del lado material de los suyos un 28 de febrero de 2010, sin poder evitar que se le rindiesen los honores y reconocimientos de una gran figura, como fue su deseo expreso, que se lo manifestó a su hijo mayor, pero apenas pudo ser cumplido en el sentido de que no lo fueran a velar en el Capitolio Nacional, sede del Congreso de la República, porque no quería que se hicieran apropiaciones políticas de su figura, como que nunca fue político y lo que tuvo que decir lo dijo en sus canciones, al punto de que alguna vez el gran Agustín Lara, que sabía del asunto, dijo que era mucho más grande que él. Se refería a Jorge Augusto Villamil Cordovez, simplemente Jorge Villamil como llegó a conocerlo el mundo con sus más de 200 canciones, grabadas muchas de ellas en varios idiomas y objeto de arreglos sinfónicos que suenan con el poder de quien fue capaz de armar en plena acústica una serie de notas que oía mencionar, pero que no conocía teóricamente, porque no fue materia objeto de su estudio.

Los estudios secundarios los hizo en el Colegio Antonio Nariño y luego pasó a la Pontificia Universidad Javeriana, donde se recibió como Médico en 1958 y luego se hizo especialista en Ortopedia y Traumatología, ingresando al muy poco tiempo a trabajar como médico de planta del antiguo Instituto Colombiano de los Seguros Sociales, una entidad que se creó a finales de la década de los cincuenta del siglo XX en Colombia, con la financiación tripartita del Estado, los patronos y los trabajadores, cumpliendo éstos dos últimos con sus aportes, pero siendo manejado desde el Ministerio del Trabajo como una cuota burocrática más a repartir, hasta el punto de llegar a reventarse económicamente porque la participación oficial nunca se hizo en los porcentajes que le correspondían y con la constancia y permanencia demandada en la norma legal. Fue una entidad que en sus mejores momentos se hizo ejemplar y tuvo a los mejores profesionales a su servicio, y que con la politiquería y los favores a la clase dirigente se fue volviendo anémica hasta llegar a extinguirse y dar paso a otras entidades de protección, con riesgos divididos y sobre todo habiendo permitido la privatización de la salud y convertir las prestaciones de los trabajadores en capital del sistema financiero que recauda y hace lo posible por no pagar las pensiones. Allí trabajó hasta el año 1976 cuando se retiró y pensionó, para dedicarse de tiempo completo a la defensa de la titularidad de los derechos de autor de los compositores colombianos, a través de Sayco, de la que fue su director durante muchos años.

Su vocación de compositor la descubrió en sus ratos de descanso en el ejercicio de la medicina. Primero le cantó al amor, como lo hacen todos. El amor inspira muy fácilmente, por lo bueno, lo regular y lo malo. El bambuco, especialmente, el pasillo, el rajaleña, el paseo, el joropo, el bolero, el vals y la balada se convirtieron en los ritmos en los que fue volcando todo su sentir respecto de lo que veía y lo que vivía, sin dejar de lado lo que bebía, pues desde siempre le gustó el aguardiente y las noches de bohemia, al lado de sus grandes amigos los artistas, a quienes les componía canciones y el estreno de cada una de ellas se convertía en un motivo especial para celebrar, con muchas cuerdas, muchas voces y muchos tragos de más, mientras las noches se consumían.

Pero el paisaje nunca se borró de su mente, de su pensamiento, de su manera de ser. Donde quiera que iba era un gran observador que se grababa símbolos, panoramas y particularidades de los lugares para luego llevarlos a un poema musicalizado que se convertía en canción y de inmediato en éxito, compartido por muchas voces, las de los que escuchaban la facilidad de esas expresiones de simple nemotecnia por ausencia de construcciones verbales extrañas.

Desde siempre supo que

“Lloran, lloran los guaduales,
porque también tienen alma.
Y los he visto llorando
y los he visto llorando,
cuando en las tardes
los estremece el viento en los valles.

También los he visto alegres,
entrelazados, mirarse al rio,
danzar al alegre canto
que dan las mirlas y las cigarras.

Envueltos en polvaredas
que se levantan en los caminos,
caminos que azota el viento,
al paso alegre del campesino.

Y todos vamos llorando
o cantando por la vida,
somos como los guaduales
a la vera del camino”.

Esos guaduales y árboles de muchas especies que desde cuando era un niño veía en sus campos abiertos, de los que se separaba, pero de los que emocionalmente nunca se alejaba, porque los llevaba consigo a todas partes. Una canción de ritmo y letra fácil, que todos se aprenden y cantan en coro en reuniones familiares. Un paisaje hecho canción, apropiada por toda una comunidad. De ella se han hecho muchas versiones. Quien la popularizó fue el dueto Garzón y Collazos, que junto con Silva y Villalba y los Tolimenses se apropiaron de sus bambucos y pasillos para volverlos propiedad de todos. También existe la versión sinfónica y suena como un verdadero clásico.

Podría intentarse un recorrido por todo el país y casi todas las regiones tienen una canción a sus paisajes, a sus mujeres, a sus costumbres, a sus cultivos compuesta por Jorge Villamil. En todas esas zonas solamente estuvo de visita, de paso. Y se apropiaba, antes que nada del paisaje para luego convertirlo en obra musical.

Cuando el Quindío era sólo café, plátano y yuca, sin que nadie hubiese pensado, aún, que se podía vender y vivir del paisaje, Villamil lo vió con claridad y en uno de sus viajes por esas tierras cantando con sus amigos, predijo que

“Quindío es un paraíso
donde florece el café
y son sus frutos maduros
dulces labios de mujer.

Y arriba en la cordillera
cimbrar las palmas se ven, las palmas de cera
que airosas se mecen
cual verdes banderas
alegres como sus gentes.

Golpes de machete y hacha
y arrieros de gran valor
regalaron a Colombia
un paraíso de amor.

Armenia, ciudad Milagro,
Quimbaya es bello lugar,
son hermosas La Tebaida
Montenegro y Calarcá.

La tierra de los cuyabros,
que el gran Evelio un día le cantó,
va surcada por caminos
entre paisajes multicolor,
frondosos los platanales
y sus guaduales con su verdor.

Quindío es un paraíso,
una tierra de esplendor,
en sus montes y paisajes
se ve la mano de Dios”.

Con ello le dio a este Departamento una de sus canciones insignias, que hacen parte de la construcción de ese imaginario que han dado en llamar el paisaje cultural cafetero, convertido en una gran industria del turismo hoy día y vendiendo, antes que nada, paisajes, los más hermosos.

Era tanto su apego al paisaje, que hasta cuando le cantó al amor, quiso hacer del cuadro romántico otro paisaje más. Uno de sus grandes éxitos como compositor fue Llamarada, de la que existen muchas versiones, pero que la volvió absolutamente popular la cantante caleña Isadora, que con ella hizo la gran carrera artística, teniendo como manager al publicista Pedro Chang.

“Necesito olvidar, para poder vivir;
no quisiera pensar que todo lo perdí.

En una llamarada, se quemaron nuestras vidas,
quedando las pavesas, del aquel inmenso amor.

Y no podré llorar, tampoco he de reír,
mejor guardo silencio, porque ha llegado el fin.

Lo nuestro terminó, cuando acabó el amor,
como se va la tarde, al ir muriendo el sol.

Siempre recordaré, aquellos ojos verdes,
que guardan el color que los trigales tienen;

A veces yo quisiera reír a carcajadas,
como en la mascarada, porque eso es nuestro amor.

Pero me voy de aquí, te dejo mi canción,
amor, te vas de mi, también me voy de ti,
lo nuestro terminó.

Tal vez me extrañarás, tal vez te yo soñaré,
con esos ojos verdes como mares.

Siempre recordaré aquellos ojos verdes,
Que guardan el color que los trigales tienen.

A veces yo quisiera reír a carcajadas,
como en la mascarada, porque eso es nuestro amor”.

Es el verde de las montañas, de los cultivos, de los valles que llevaba pegados a sus emociones, lo que traslada a los sentimientos hacia una persona que debió tener esos bellos ojos verdes, a los que tantos boleros se les han cantado.

El 21 de junio de 1975 Villamil supo, o al menos los demás que lo rodeaban, que era más músico y poeta que médico. El día anterior había viajado a San Gil, Santander, con el fin de lanzar allí mismo, en las voces de Silva y Villalba su Vals Si pasas por San Gil. Al día siguiente se sintió mal, lo ayudaron, perdió el sentido y prefirió autodiagnosticarse, lo que es una prohibición expresa en el juramento de Hipócrates, y con la aplicación de primeros auxilios se recuperó, sin que le diera mayor importancia al asunto. Aún no llegaba a los 50 años de vida. Se sentía lleno de energía y a finales de mes se preparó para irse a su tierra natal a las fiestas de San Pedro y San Juan, a las que nunca faltaba, para verse con sus amigos, rasgar tiples, cantar bambucos y rajaleñas y tomar aguardiente con todos los motivos que cada quien se quisiera inventar. Consumió bastante aguardiente en esas festividades y cuando regresó a Bogotá debió someterse a todas clase de exámenes de laboratorio para establecer exactamente que le sucedía. Los resultados dieron positivos para la presencia de diabetes tipo 2, que inicialmente, por lo alto del volumen de glucosa en la sangre, lo trataron con inyecciones de insulina, le dieron un régimen estricto de vida, de comida, de bebida y de ejercicio. Pero pudo más las ganas de la bohemia, de compartir, de cantar muchas canciones y de no abstenerse del licor en grandes cantidades. El caso era grave, porque en menos de un mes había perdido 18 kilos.

Con su pensamiento de médico, pudo y debió calcular mejor la gravedad del hecho, pero en realidad, como lo han testimoniado en diversos espacios sus hijos, Jorge y Ana María, poco o ningún cuidado puso a eso y los últimos años de su vida, un poco más de diez, fueron de muy mala calidad de salud, ya que la diabetes le fue generando una serie de molestias adicionales, que poco a poco lo fueron llevando cerca de su tumba.

Murió a los 79 años de edad, en Bogotá, a la que había hecho su tierra y le pìdió a su hijo que no permitiera ceremonias especiales, que lo cremaran y llevaran sus cenizas a la Hacienda El Cedral, donde había nacido, para descansar por siempre al lado del paisaje amado. No fue posible cumplir su último deseo, pues su sepelio se convirtió en un hecho multitudinario, con ceremonia atropelladamente concurrida en la Iglesia Catedral y desfile en medio de vítores y aplausos hasta el Cementerio Jardines de la Paz, donde fue cremado y sus cenizas viajaron hacia el Huila, donde ahora reposan al lado de sus árboles, de sus cafetales, de sus cañaduzales, de sus guaduales de siempre.

No es necesario saber cuanto hace que se murió, porque no se ha muerto y la gente sigue cantando sus canciones, mientras todos los paisajes de Colombia le agradecen por haber sido su cantor y de paso, también volverlos inmortales.