15 de agosto de 2020
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Matar al extraño bailarín

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de julio de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de julio de 2020

En 2001 Ricardo Piglia escribió en Babelia, la revista cultural de El País de España: “… O la amistad de Gombrowicz con el poeta Carlos Mastronardi, que discurría siempre del mismo modo. Mastronardi, que era un hombre muy fino y muy discreto, un gran noctámbulo y un extraordinario poeta que en toda su vida escribió un solo libro, lo esperaba en el Querandi, un café de Buenos Aires, tomando un té, y Gombrowicz llegaba siempre un poco apurado. Mastronardi lo recibía con gentileza y preguntaba «¿cómo está, Gombrowicz?». Y Gombrowicz le decía siempre: «Cálmese, por favor, Mastronardi». Como si Mastronardi se hubiera dejado llevar por una emoción excesiva por el solo hecho de saludarlo gentilmente.

Gombrowicz era un aristócrata sinvergüenza, tanto como para haber escrito en su Diario, seriamente: “¡En Tandil soy la persona más eminente! ¡Nadie puede compararse conmigo! Son setenta mil… setenta mil inferiores… Al pasear, mi cabeza es como una lámpara…”. Así, con esa altivez —la misma que lo llevó a declarar una vez se bajó del barco que lo dejó varado en Buenos Aires que era un conde polaco—, jugaba al ajedrez sentado en un bar de mala muerte, y despreciaba a la burguesía pretenciosa del barrio Florida.

Pero era genial, así que no importa que fuera mala persona; y escribió un cuento que desde el día que leí he cargado de acá para allá y he puesto a leer a cientos de personas: El bailarín del abogado Kraykowsky. No sé explicar el encanto que me provoca, porque se trata de una historia rocambolesca que además me parecía tan imposible como absurda: un hombre con mal de San Vito, se apasiona inusitadamente por el abogado Kraykowsky, al que decide seguir a todas partes. Le envía flores y notas emocionadas e intercede por él ante la amante que parece no comprender las virtudes del abogado. Se arrodilla a su paso y hasta sufre un ataque en medio de la calle, cuando lo encuentra semioculto en un parque, abrazando apasionadamente a la novia; tal visión le provoca un arrebato que él sabe confundir con un evento cósmico, tal como si todas las fuerzas del universo explotaran dentro. El abogado no tiene alternativa diferente a huir de la ciudad y el bailarín planea seguirlo, pero dispone antes que, en caso de muerte, su cadáver sea remitido al abogado Kraykowsky.

Ya no me parece inverosímil la historia. Hoy las redes sociales hacen posible algo que antes parecía improbable: ser observados por alguien. Y no me refiero al estado o al gran hermano, que eso es otra cosa. Antes, digo, antes de las redes, si acaso, éramos sorprendidos por algún desconocido que nos saludaba en la calle pronunciando nuestro nombre, y nada más. A propósito, cuentan que durante buena parte de los veinticuatro años que vivió Gombrowicz en Buenos Aires, fue ignorado por las élites literarias, de tal forma que Borges no lo reconocía cuando se cruzaban en la calle y en cambio el polaco le gritaba: “Hey Borges, acá Gombrowicz”.  Imagino la cara de desagrado de Borges y la sonrisa burlona del desastrado conde.

Sí: algo así podía pasarle a menudo a un poeta como Borges, o eventualmente a un hombre común, pero ahora esa posibilidad cabe a todos gracias a las redes sociales a través de las cuales nos exponemos consciente o inconscientemente. En esa maraña de información van quedando los hilos de nuestra débil vestimenta, y solo se requiere de un poco de destreza para que algún entrometido tire de ello y se deshaga la tela, dejándonos desnudos e inermes.

Un día, hace ya varios años, al menos dos, recibí un mensaje en mi whatsapp de un desconocido; el personaje se deshacía en elogios. Yo, entre asombrado y envanecido, contesté escribiendo gracias. Supuse que el asunto había quedado allí. Unos días después volví a recibir otro más en el que volvía con elogios y me deseaba “las mejores energías”, luego: “saludos especiales cargados de afecto y cariño”. A estas alturas ya comenzaba a no agradarme el asedio del personaje, que para colmo se enteraba de mis cambios de trabajo, de las visitas de mis jefes a la ciudad, y me daba a entender que sabía donde vivía y a donde iba en mi tiempo libre. No volví a contestar sus mensajes, pero aún así me siguen llegando, y todavía no resuelvo bloquearlo, lo que le parece extraño a Carolina. El penúltimo mensaje fue el 21 de julio y cuando lo recibí tuve una epifanía, casi de inmediato miré a Carolina y le dije: claro, es el bailarín del abogado Kraykowsky; he venido leyendo esta historia desde hace años y ahora me entero de que, de alguna forma, me prefigura. Tal vez sea imposible bloquear aquella cuenta.

Subiendo al barco que regresaría a Gombrowicz a Europa, este le gritó a un periodista: “Maten a Borges”.  Debieron hacerlo, pero era imposible. Ciertas cosas, aunque deban hacerse, son imposibles. Si no pudieron los argentinos, voy a poder yo matar al extraño bailarín. Y ya ven, Gombrowicz no era tan contenido como le hacía creer al querido Mastronardi.

 

Manizales, 31 de julio de 2020