18 de abril de 2021
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La gripa y personajes de la carta (7)

6 de julio de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
6 de julio de 2020

EL INTERMEDIARIO: MIGUEL AGUILERA

  1. C) EL HISPANISMO, VÍNCULO DE AMISTAD

El ensayo Las ideas estéticas de Miguel Antonio Caro (1950), y especialmente el sobre La enseñanza de la historia en Colombia (1951) como el de Arte y simulación ya mencionado -separando sus pesquisas sobre tópicos históricos-, han sido  examinados y situados en el contexto político y cultural de la época, señalándoles, por parte de los nuevos historiadores, sesgos ideológicos que obviamente difieren de los suyos. Así, Sandra Patricia Ávila, en un libro sobre el tratamiento del pasado por parte de la Academia de Historia, poco menos que reprocha la amistad del historiador Miguel Aguilera con el jefe político Laureano Gómez, y basa en ella el enjuiciamiento a su concepción de la pedagogía de la historia. En unos años de tanta confrontación partidista, la Academia asumió una postura que denominó suprapartidista, con el apoyo de políticos y mandatarios. Con una óptica también definida en su crítica a la de Aguilera, la investigadora llega al  extremo de considerar que se sobredimensionó lo ocurrido el 9 de abril de 1948, en los daños y la caótica reacción de las masas. En la suya, según se deduce, lo sucedido ese día trágico fueron  manifestaciones de protesta ordenada, y los muertos, lo destruido, lo quemado y lo desaparecido, no fue tal  o no valió la pena.

Debo explicar algo más a lo insinuado al comienzo, sobre la amistad de Aguilera y Gómez. Nacida en las aulas escolares y en las universitarias, se afincó cada vez en sus conversaciones sobre historia, arte, literatura y, claro está, política. Laureano escribió  varios libros de fondo histórico, y de su entusiasmo por la historia, fueron escuchas hasta sus atentos alumnos de ingeniería. En su primera estancia en Europa, le dedicó buen tiempo a los museos. El arte, fue en él una atracción y un referente. Su hermano José, Pepe Gómez, famoso caricaturista y dibujante, así mismo los dibujos y las pinturas de su hijo Álvaro, son síntomas de que le era connatural. Discutible y discutida su posición ante el arte, lo fueron más sus incursiones en la crítica literaria, en la que primaron sus antipatías políticas. Pero de lo que se trata es de que entre el historiador y el jefe político, más allá de estas afinidades, los unió un hondo vínculo de confianza, de familiaridad y trato frecuente, del que es prueba fehaciente la carta del doctor Gómez del 24 de octubre de 1918. Debieron leer y comentar poesía y a los clásicos. Se da por descontado que Aguilera le leyó y le mostró en su oportunidad, sus versos de juventud una vez escritos, de los que hizo una selección en el único  libro de poesías que publicó Aguilera, Ritmos dispersos (1919)

Fue amistad de toda una vida. Es reduccionista el sugerir que tenían identidad de pensamientos en esos asuntos, y menos aun en los políticos, que no atrajeron mayor cosa al investigador aplicado que fue el historiador, aunque en esos años fueran ineludibles, y que pasajeramente hubiera incursionado en ellos. Desconozco lo tratado en sus artículos, pudo ser de la picaresca de la historia o la política, que Aguilera publicó bajo el seudónimo de Ruy Cisneros, en recuerdo quizá del que le facilitó el caballo al rey Alfonso VI, en La Sagra, para que salvara su vida de la morisma.

Laureano Gómez también utilizó varios: Eleuterio de Castro, empleando su segundo nombre de bautizo, como el de su padre, y su segundo apellido; Jacinto Ventura, tal vez jugando con los de Jacinto Benavente y Ventura de la Vega, dos dramaturgos españoles, bien se sabe que al primero que estaba de moda, lo citó en el senado a través de su más conocida obra, Los intereses creados, para llamar Crispín, por su personaje, al senador don Román Gómez, poderoso  político de Marinilla, en una de sus más demoledoras filípicas. En la crítica teatral de la España de ese tiempo se vapulaba de lo lindo, dentro de las tensiones políticas. Menos factible, la alusión a un atípico escritor afrodescendiente uruguayo, nacido en Brasil. También usó el de Gonzalo González de la Gonzalera, tomado de la novela de José María Pereda, muy leído por los centenaristas; en ésta novela se habla del caciquismo en los tradicionalistas pueblos de montaña, en los que las ideas liberales disuelven sus patriarcales costumbres. Algunos literarios y los sobre El Mito de Santander, en forma de cartas, los firmó como Cornelio Nepote, el del historiador y biógrafo romano, mejor valorado por la historiografía contemporánea.

La cultura latina, como buenos discípulos de Caro, y muy singularmente, el hispanismo, fue la concepción cultural que más unió a Laureano y a Miguel Aguilera. Precisamente, fue el doctor Gómez siendo presidente de la República, el que invitó a su amigo a formar parte del ilustre grupo que fundó el Instituto de Cultura Hispánica, del que existió una sede en Manizales, y que hizo publicaciones muy importantes. Entre ellas varias del historiador.

Muy entrada la segunda mitad del siglo XX, se dio la coincidencia en que al tiempo en que iban disminuyendo el horario de las clases de historia de Colombia, hasta su desaparición como asignatura  autónoma y su absorción (estaría uno tentado a decir “confusión” a juzgar por la que produjo y produce todavía en los estudiantes) dentro de la genérica de “sociales”, comprendiendo en ella las  geografías y preliminares de economía y sociología, al tiempo de surgir  la tendencia llamada “revisionista”, que acentuó el “materialismo histórico” en los setentas y ochentas, y la que comenzó a tenerse como “nueva historia”, con sus líneas de objetividad científica, que no eluden la inclinación ideológica de los autores de los textos. De ahí que por las propuestas y críticas hechas por Aguilera en La enseñanza de la historia en Colombia a mediados del siglo pasado, se le haya calificado como “defensor de la historia tradicional”, lo que corresponde a la verdad, aunque se le califica con el mismo maniqueísmo con el que se le condena, pues así como hay una “lectura conservadora de Bolívar”, según la interpreta el filósofo Rubén Sierra, también las hay liberal como la de Liévano, apologética como la de Hispano, visceral como la de Sañudo, chapetona como la de Madariaga, la marxista, la de las Farc, etc.  Aunque este contraste de visiones es de nunca acabar y está bien que lo sea, me llevaría muy lejos del solo propósito de presentar la fisonomía intelectual del historiador Miguel Aguilera y la trascendencia de su obra investigativa.

Aguilera fue condecorado con la Cruz de Boyacá en 1971. Su retrato está en el recinto de la Academia  pintado al óleo por el maestro Jorge Vargas Posada. De su fecha de nacimiento aparecen dos fechas, 1893 y 1895. Lo cierto es que murió, unos años después que su amigo, el 15 de diciembre de 1973, a los 78 años de edad.