6 de agosto de 2020
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Guillermo Perry, un gocetas que fue ministro de Hacienda

26 de julio de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
26 de julio de 2020

 

 

En septiembre pasado, los colombianos recibimos una triste noticia, entre las muchas que se producen a diario en nuestro país: el ex ministro Guillermo Perry falleció en una clínica de Estados Unidos, donde fue, al parecer, para un chequeo médico general, al que ya estaba acostumbrado de hacerse cada año.

Recién había presentado en Colombia su libro “Decidí contarlo”, de carácter autobiográfico, como si hubiera presentido ese desenlace fatal y quisiera dejar su testimonio de vida, a la cual se refirió de manera amplia en esta entrevista, realizada cuando él fungía como economista jefe del Banco Mundial para América Latina.

Él fue, sin duda, otro gran protagonista de la economía colombiana, cuya temprana y sorpresiva desaparición aún lamentamos.

Raíces inglesas y boyacenses

Su tatarabuelo, George Perry, vino de Manchester (Inglaterra), cuna del célebre liberalismo manchesteriano; montó una siderúrgica en Samacá, como hicieron los Carradine en Pacho (Cundinamarca) y los Wiesner, todas ellas familias de emigrantes europeos dispuestos a aprovechar las concesiones otorgadas entonces, en plena época del liberalismo radical, tras la histórica Convención de Rionegro.

La empresa fracasó por la mala calidad del mineral. Y de aquella experiencia no queda hoy sino la chimenea, inclinada como la Torre de Pisa, suficiente para haberla declarado monumento nacional de no haber sido porque a algún alcalde le dio por dinamitarla.

Pero, George sí dejó para la posteridad su descendencia en nuestro país. Tuvo tres hijos, entre los cuales quien llevó su nombre, Jorge, se casó con una boyacense de intensos rasgos indígenas, tan marcados que aún la actual generación la conserva. Incluido él, Guillermo Perry Rubio, uno de sus biznietos.

El abuelo, por su parte, fue el primero de los Perry en venirse para Bogotá. Estudió en la Universidad Nacional, se especializó en ingeniería de petróleos en el exterior, fue autor del primer código de petróleo del país, y contó a su haber con gran éxito profesional, como que estuvo entre los pocos consultores más cotizados de su tiempo.

De su abuelo heredó -confesaba Guillermo Perry, ministro de Hacienda en el gobierno de Ernesto Samper- la afición por los temas petroleros y la cultura en general, si bien esto último es más bien un mal de familia. Su padre, por ejemplo, le transmitió la pasión por la literatura.

Eso explica también que fuera asiduo visitante de exposiciones de arte y mudo espectador en un concierto de música clásica, sentándose, cuando podía, a leer un buen libro.

“Hubiera querido ser un gran escritor”, decía. Y agregaba: “Pero no tuve el coraje de dedicarme a eso, aunque he tenido algo de talento”.

No es de extrañarse. Pertenecía a la única rama de la familia Perry, desde su bisabuelo, que perdió no sólo los ojos azules sino que dejó los negocios a un lado para dedicarse en mayor grado a las cosas del espíritu.

Si hasta un tío abuelo, Oliverio, fue jefe de redacción del periódico El Tiempo, mientras a su primo Edmundo no dudaba en calificarlo como excelente poeta.

Formación académica en Colombia

Se crió en Bogotá. Y como durante los primeros cuatro años fue hijo único, sobrino único y nieto único, fue bastante consentido, lo que en su concepto “es algo muy bueno en la vida” por el afecto recibido, indispensable para la seguridad personal y ser gocetas.

“Pero, ¿qué es ser gocetas?”, le pregunté a quemarropa, aprovechando la oportunidad que me brindaba. “Es gozar todo lo que tiene la vida”, respondió sin mayores explicaciones. Lo demás corre por cuenta de la imaginación, supongo.

Tal carácter lo complementaba con un gran sentido del equilibrio, de la ecuanimidad, recibida también -aseguraba- por herencia… y por elementales razones astrológicas, ¡dizque por ser del siglo Libra!

Así, de buenas a primeras llegó a kínder, por cierto a un colegio de los Lleras Restrepo, donde le habían enseñado de todo: leer, escribir, matemáticas y hasta la poesía de Rafael Pombo, con excepción de Hora de tinieblas, condenada como en los lejanos tiempos de la Inquisición.

Pasó dos años en algún colegio americano y, al entrar en bachillerato, ingresó al que era apenas digno  de su clase, el Gimnasio Moderno, dirigido por Agustín Nieto Caballero, quien cada lunes les hablaba a todos los estudiantes sobre el privilegio de estar allí y las obligaciones que por ello les tocaba en suerte.

El Gimnasio era un sitio casi campestre, no rodeado todavía por el populoso norte de hoy, que mantenía las puertas abiertas pero infundía respeto y gran responsabilidad.

Allí ahondó su formación humanista y dio rienda suelta a su pasión por las matemáticas, la filosofía y la literatura, hasta el punto de haber pertenecido al club literario con alguno de sus compañeros de curso: Daniel Samper Pizano, quien bautizó dicho centro con el poco original nombre de Lápiz y papel.

Pasó luego a la Universidad de los Andes. Como no sabía que estudiar entre sus materias preferidas, se decidió por las matemáticas, luego de entender que la literatura no es una profesión, ni es necesario ejercerla, para disfrutarla al máximo, y que con la filosofía estaba destinado a morirse de hambre.

Entró, por sugerencia de un tío, a la carrera de Ingeniería, con miras a que dos años después se especializara, en el extranjero, en matemáticas, sólo que al cumplirse el plazo comprendió que le atraía igualmente la práctica, no la simple teoría, por lo cual se encarriló a Ingeniería Eléctrica.

Hacia el último año de carrera, descubrió la economía. La gustó al menos un poco más que la política, por la que en realidad no mostraba ningún interés, ni siquiera cuando dos jóvenes líderes estudiantiles de aquellos convulsionados años sesenta: Enrique Santos Calderón y Roberto Junguito, en representación de la izquierda y la derecha, reclamaban que la universidad no viviera a espaldas del país.

Si mucho, participaba en actos académicos o mesas redondas donde los problemas culturales se debatían tanto como los de mayor importancia en la vida económica y social del país, mientras la intensa bohemia y su condición de gocetas se lo permitían.

“Fue una de las mejores épocas en mi vida”, añoraba.

De Harvard y MIT al marxismo

Al concluir sus estudios universitarios, llegó a Planeación Nacional. Édgar Gutiérrez Castro, posterior ministro de Hacienda en el gobierno de Belisario Betancur (a quien Junguito reemplazó tras serias dificultades económicas), era el jefe de la oficina.

Y como algún profesor en Harvard, contratado para desarrollar modelos matemáticos sobre el sistema de interconexión eléctrica, lo vinculó a su equipo de trabajo, varias veces le correspondió viajar a esa prestigiosa universidad norteamericana, mientras cursaba su máster de Economía en los Andes, “que era muy flojo”.

Pasó luego al no menos famoso Instituto Tecnológico de Massachusets -MIT-, donde realizó el doctorado en Economía e Investigación Operacional, siempre con su rebeldía de gocetas a cuestas.

Quizás por esto o porque simplemente la política de izquierda se puso de moda aún en el epicentro por excelencia de la escuela cuantitativa, se sintió atraído por el marxismo, hasta desembocar en la línea maoísta del Moir, que fue tan cercana a sus más hondas convicciones intelectuales.

Era la época de la rebelión estudiantil; era mayo de 1968, con el omnipotente Charles de Gaulle amenazado por un grupo de imberbes encabezados por Daniel, El rojo, quienes escribían, sobre muros y paredes de París, consignas como: “Sed realistas. ¡Pedid lo imposible!”; eran los alumnos de Harvard, apoderándose de su solemne claustro, y era el MIT, cerrando laboratorios en protesta por la Guerra de Vietnam.

Se creía que la revolución, naturalmente la revolución comunista, nacería en las universidades; los intelectuales, bajo el liderazgo de Marcuse y Chomsky, aspiraban a replicar, aquí y allá, la exitosa revolución cultural de Mao en China, y este joven latinoamericano, de ancestro inglés, no podía ser ajeno a la profunda influencia del momento.

De ahí que al regresar a Colombia, de nuevo a Planeación y como jefe de lo que hoy es la Unidad de Inversiones Públicas, hiciera gala de sus inclinaciones socialistas ante sus compañeros de oficina: Enrique Low Murtra, Roberto Junguito, Antonio Barrera y Antonio Urdinola, entre otros.

En Planeación y Fedesarrollo

“Fue un grupo muy bueno”, decía con orgullo.

Y tan bien le fue que en el último año del gobierno de turno fue designado secretario general de Planeación, cargo que le permitió ser secretario del Conpes y acercarse al propio Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, y su canciller, Alfonso López Michelsen, a cuya sombra comenzó a dar el viraje hacia el liberalismo de izquierda.

Al mandato siguiente, el de Misael Pastrana Borrero, fueron tildados, los del fortín llerista en Planeación, como tecnotas (tecnócratas e idiotas) útiles, y en poco tiempo hubo relevo total, después de haber convertido al Conpes en escenario de la disputa.

Presentada su renuncia, Rodrigo Botero, quien “con las uñas” -¡y una secretaria!- ponía en marcha a Fedesarrollo, lo llamó para iniciar tan quijotesca empresa.

Desde entonces se vinculó, en forma estrecha, al acreditado centro investigativo. Se alejó para dirigir el Cede, en los Andes; ser director de impuestos en la primera etapa del Mandato claro de López, y hacer un viaje al Oriente que al parecer tuvo mucho influjo en su concepción del mundo (rezagos maoístas, cabe suponer), pero siempre volvía a Fedesarrollo, entidad de la que exaltaba su alto nivel académico y ese carácter crítico del que fue una de las víctimas cuando fue ministro de Hacienda.

Por fortuna, su espíritu de gocetas lo llevaba a recibir con buen sentido del humor las opiniones contrarias a su gestión, por duras que fueran.

En las filas del Poder Popular

Cuando López Michelsen se lanzó en busca de su reelección, con Ernesto Samper como coordinador nacional de la campaña, Perry fue a parar al grupo de los técnicos, los mismos que se reunieron para levantar tolda aparte, como nuevo grupo político, tras la derrota del aspirante liberal por el Movimiento Nacional de Betancur.

Entró al Instituto de Estudios Liberales -¡fortín de Samper!-, para participar abiertamente en política bajo las banderas del Poder Popular, con miras a abrir el debate ideológico y recuperar -según decía- las bases populares de su colectividad.

Cuando menos pensó, era suplente “de Ernesto” en el Senado, curul que ocupó durante un año, período suficiente para convencerlo de que la política, como práctica electoral, no era de sus preferencias. No le gustaba, mejor dicho.

Y con el posterior regreso del liberalismo al poder, le llegó su cuota: el Presidente Barco lo llamó para ocupar el Ministerio de Minas y Energía, donde estuvo dos largos años.

¿Con qué resultados? Él mismo enunciaba los objetivos prioritarios que tuvo durante su debut en el gabinete: la iniciación del programa de masificación del gas, todavía en pañales; el saneamiento y la reestructuración del sector eléctrico, tan quebrado como siempre; la exploración petrolera, donde Ecopetrol alcanzó “los niveles más altos de la historia”, y el impulso a la minería, que incluyó su ambicioso plan de explotación en el Guainía, “infortunadamente suspendido -afirmaba-, por encontrarse allí las mayores riquezas del país”.

De vuelta a Fedesarrollo, en calidad de director, colaboró en la precandidatura de Samper, quien fuera derrotado finalmente por César Gaviria.

Y ante la séptima papeleta, la revocatoria de los congresistas y el revolcón institucional, por un cordial llamado de Horacio Serpa se incluyó en las listas para la Asamblea Constituyente, donde su contribución fue decisiva -subrayaba, sin falsa modestia- en el establecimiento de las normas económicas, sociales y ambientales consagradas en la Constitución de 1991.

“Soy un gran defensor de esa Constitución”, sentenciaba al mencionar, entre sus aciertos, la mayor democratización del país, la cultura de los derechos humanos y hasta las modernas concepciones sobre la banca central, si bien admitía que se le fue la mano en materia de transferencias y descentralización.

“Cada vez se verá más lo positivo de la nueva Carta», vaticinaba en tono profético, como economista jefe del Banco Mundial para América Latina, tras haber ocupado el Ministerio de Hacienda en el mandato de Samper.

Imagen exterior Universidad de los Andes