18 de abril de 2021
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Caldense del Año

9 de julio de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
9 de julio de 2020

Es posible que este escrito aparezca publicado después de la elección del caldense o la caldense del año. Confieso que nunca he podido tener claro quiénes pueden postular, y qué requisitos se exigen para ser aceptadas.

Vi  en La Patria  que hay 25 opcionados. Si todos son merecedores de serlo, es porque Manizales y Caldas están viviendo la más grande época  en varias décadas de  su historia, por  la grandeza y el valor de ese gran número de  personalidades sobresalientes. Por cierto, la realidad objetiva no nos da para tan estimulante optimismo.

Sin discutir los méritos de ninguno de los postulados, pues de la mayor  parte de ellos los ignoro, y de algunos, sus actividades, coherentes y normales, no caben precisamente en la ética de las virtudes. Lo que primero sorprende es que a varios los postula un solo ciudadano. Lo que no tiene otra alternativa que ser un acto de expresa y pública adulación, o de admiración unipersonal y como tal, subjetiva. Si es que no son auto postulaciones  con otro nombre.  Requisito mínimo para ser  aceptable, es que sea hecha por una asociación, una academia, un grupo reconocido, legalizado, unas instituciones, una comunidad, en fin, un colectivo.

Tampoco entiendo que postulen, y menos si se escoge, a personas   que por importantes y publicitadas que sean sus acciones, éstas provienen de sus obligaciones, por la naturaleza del cargo en que las ejecutó. A uno lo nombran en un  cargo para que haga lo que tiene que hacer, y lo haga, no de cualquier manera o de forma mediocre, sino que lo haga muy bien, mejor que otros, claro está. Es su deber. A ello se comprometió. Y por cumplirlo, es remunerado y  muy bien remunerado. Esto vale también para las condecoraciones, que con frecuencia se reparten a troche y moche.

Pero lo que no tiene presentación,  es que se postule a personas cuyo trabajo tiene como fin primero, inmediato  y esencial, el ánimo de lucro. Provenga éste  del  legítimo ejercicio  profesional o empresarial. Las corporaciones públicas, los gremios empresariales y profesionales, premian a los suyos. Hay premio nacional de arquitectura, hay senador del año, etc.

Cuando una labor social, comunitaria, es extraordinaria, desinteresada, va más allá de las funciones que le corresponden, motivada  por el sentido humano de la solidaridad, y que apunta al apoyo o beneficio amplio y sensible, sea por la cantidad, o la precariedad o necesidad de los beneficiados, es meritoria. Es que una escogencia de esa categoría, dignifica al seleccionado  y a la sociedad que lo selecciona. Y si la dimensión de los hechos de un caldense, trascendieron  y llamaron la atención nacional, destacando la calidad de las gentes de esta comarca, escogerlo, es escogernos.

Me gustaría hacer un paralelo con las personalidades de hace cien, setenta o sesenta años y sus obras regionales. Pero sería demasiado complejo por lo extenso y porque, ahí sí, en la sola comparación fluctuaría entre el constante asombro y el desilusionado llanto. Pero nos vienen a la memoria varios ejemplos de gestos de los que contaban nuestros padres, abuelos y parientes. Y los mencionan las viejas historias sin mayor sorpresa, porque no los vieron  extraños, y conocieron no pocos en su vida.

En los primeros años de de Manizales, el primer hospital de caridad, fue por iniciativa de un médico graduado en París, que aportó dinero personal, y todos los manizaleños que no debías ser más de 20.000, colectaron la plata o aportaron algo. “Cada individuo se esforzaba en hacer una erogación mayor en favor del hospital” Fueron muchos los lotes, o terrenos, y los llamados solares que donaron  los manizaleños solventes para construcciones con fines sociales. Don Félix María Salazar lo hizo para las casas de los necesitados a finales del siglo XIX. Igual hicieron hijos suyos en la primera mitad del XX, como donde han funcionado San Rafael, y la Escuela de Enfermería. Filántropos modestos en su generosidad y amor a la ciudad.

Un nombre preclaro fue el de don Alfonso Robledo Jaramillo, que no sé por qué no tiene algo que lo recuerde. De su bolsillo contrató  al poeta Diego Fallon y a su padre para que dirigir un colegio. Y estuvo pendiente, todos los días de cómo se levantaba el Orfelinato de San José, en el terreno que habían donado él y su familia. Lo irónico y triste es cómo se pasó del civismo al anticivismo, del desprendimiento a la avaricia, de la donación al lucro. Una vez tumbaron la hermosa construcción, que duró más de cincuenta años, y expulsaron a los huérfanos, quedó el lote abandonado, casi que por otros tantos. Hasta que resultó ser un bien venal, ignoro cómo, y aunque la norma ya lo prohibía, por las “astucias” de la ley  construyeron allí, donde debía ser un parque Mirador del Norte y precioso e imprescindible marco espacial para apreciar la belleza patrimonial de la antigua Estación del Ferrocarril, se levantó en plena Avenida el más feo conjunto residencial que pueda apreciarse recorriéndola desde Milán, y atravesando el Centro hasta llegar a Chipre, declarado fuera de concurso para el premio “Atila” de arquitectura. Me dicen que copias peores erigen en La Francia, paraje que fue tan bello. Hoy se aplaude y se postula.

Me alargaría recordando lo que el cívico altruismo de los manizaleños de ayer, el entusiasmo que Samuel Velázquez contagió a sus amigos, que con la ayuda de las señoritas Hoyos, el concurso de los soldados del Batallón, y el gratuito trazado del ingeniero Julián Arango, que con el yarumo traído de Olivares, se convirtió en el Parque de Caldas. Sumaríamos la aparición del  Hospitalito Infantil y tantas más obras debidas al doctor Juan Antonio Toro,  la transformación de las faldas de Manizales de don Juan Callejas, la  bella mansión del doctor José Restrepo que fue donada con destinación especial y es hoy el Multicentro Estrella y el empuje que dio para que el Colegio San Luis fuera realidad en ese lugar,  o don Luis Jaramillo a quien se debió Villa Kempis, etc. En fin, pensando en el espíritu constante de estos caldenses y en sus dares y sus haceres, con sus saberes y sus haberes, en la Manizales admirable y admirada de antes, es que reviso a los “caldenses del año”  2020, del que se escogerá uno, y vuelvo a repasar la historia que fue, con un sentimiento que no sé qué nombre darle.