4 de agosto de 2020
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Viernes Cultural/Cuento Tiro de gracia/Omar Morales

19 de junio de 2020
19 de junio de 2020

Omar Morales Benítez nació en Riosucio, Departamento de Caldas. Es Bachiller del Instituto Universitario de Manizales y recibió su título de Abogado conferido por la Facultad de Derecho de la Universidad Externado de Colombia de la capital del país. Juez Municipal en Quimbaya y en su tierra natal, Riosucio, ocupó una Magistratura en el Tribunal Contencioso Administrativo de Caldas. Radicado en Bogotá fue Abogado de la Superintendencia de Sociedades y se desempeñó como director de la Agencia Fiscal de Caldas. Publicó en el área del Derecho  «El pliego de peticiones en Colombia» y «El Abogado de la propiedad horizontal». Desde las bancas del bachillerato lo sedujo el periodismo y la literatura. Fue columnista de La Patria y de El Espectador y en el género del cuento, donde se ha destacado con creces, ha publicado tres libros, «Bajo la piel», «Los ojos del viento» y recientemente «Bajo el ala del sombrero». De su autoría son otras publicaciones como «La gesta de la arriería» y «Por los caminos de Caldas», en asocio de su esposa la poetisa Beatriz Zuluaga.

Cuento

TIRO DE GRACIA

Omar Morales Benítez

Sumergido en este sonambulismo brumoso, en que la conexión con todo lo vivido va deshilando el cordón de la vida, me ahoga tu cantaleta de todos los días: Cuando menos lo pienses, te van a coger. Te torturarán hasta sacarte el más íntimo secreto. Y luego te desaparecerán, para que sigas llegando aquí segundo a segundo, de ese viaje no-se-sabe-a-dónde, en tanto persiste la ronda con el inacabable e inconfundible taconeo de tus pasos, el batir de puertas que abres como si hubieras invitado a seguir al mundo y tu peculiar acento, para males de mi agonía. Sólo me quedará, entonces, un dolor impotente, como si la savia del árbol se convirtiera en cal viva. O me causarás tanta angustia y tristeza, que no pueda volver a sonreír en el espejo, porque no sé si me devuelve mi imagen o la de la muerte.

Tú, pobre madre, que para levantarnos estabas atada -desde siempre- a tu máquina de coser, que terminó por simbolizar lo estable y lo seguro. El ritmo de tu incesante pedaleo le borró a tus lindas piernas la sensualidad de atrapa-miradas y la perspectiva de lo que más allá era la incógnita para el deseo. No puedo liberarte de esa conexión en que mujer y máquina formaban una sola presencia, que te impedía moverte por el apartamento con tu propia identidad, por esa esclavizante urgencia desde que la claridad pintaba de luz a la noche. Era un ayuntamiento en el que se trizaban todas las potencias amatorias y se desollaban ternuras truncas.

Repaso cómo mi hermano y yo, al retorno del estudio, nos refugiábamos al lado de la mujer-máquina. Al calorcito tiernomoroso que se desprendía de su inacabable energía, cumplíamos con los deberes escolares, interrumpiéndote para que absolvieras nuestras dudas, o para ver si nos dabas un pedazo de pan.

Seguro que nos dolía, aunque ni la solidaridad ni el sentimiento se apoyaran en el báculo de las palabras, o en veces nos reclamaras por lo desconsiderados en exigirte más de lo que podías dar, ver encorvado tu cuerpo siguiendo las puntadas de la confección, para luego armar ese rompecabezas, pedaleando con tanta furia como si tuvieras que arribar a una meta, para que se apaciguara esa fatiga y domeñaras esa impotencia de sentirte arrendada.

Me gustaba el desfile de señoras, que invadían el apartamento con un tropel de fragancias, asfixiando el olor a pobreza. Pero me arrechaba tu habitual puesta en escena de sumisa conformidad a sus reproches. Ellas, consoladoras del dolor ajeno y activas participantes en las compensaciones gratuitas, afirmaban que ya te habías ganado el cielo.

Nos dolía, viéndote ahí, en ese cuarto con la bombilla siempre encendida y la plancha enchufada, que ni por la tarde -cuando la oscuridad va acomodando un parche de sombra aquí y otro allá, a pegotes sobre las ventanas, paredes y pisos-, regresara papá, a pesar de que en su sexo moraran los condenados demonios del encoñamiento, como salmodiaste durante tantas vigilias, hasta que te entró el cansancio de ser juez, cuando ya eras parte.

O tornaba porque le había acosado la urgencia de pelear contra los olvidos -muertes memoriosas- sometidos al yugo de las resurrecciones. O porque le escocía esa fidelidad que trasegaba en silencio sin reproches y le asistía en su cambiante frenesí bajo las sábanas, desanudando deseos y derrotando desamores.

Te digo madre, que se agazapó como ortiga un rencor que acuchilló mi piel y mis nervios, porque un padre es la lumbre, pero también la ceniza en el corazón de un niño.

Esa última vez que nos abandonó, mi propio miedo que me ataba a la inseguridad genitora de conductas indecisas, me convenció que ahora sí no desandaría el camino de los arrepentimientos. Al llegar la tarde comenzaba la tensa incertidumbre nutrida de noches y amaneceres. Tú, acunabas en tu pecho suspiros, pesado lastre para la soledad. Silenciosa, a mi urgido inquirir -más con gestos y mudeces- que plenitaba mis entrañas, tú con la desesperanza a cuestas respondías -como si el engaño sobre imposibles le restara dolor a tu realidad- que en cualquier momento podría llegar.

Una resignación vacía, estéril, árida secaba las fuentes del lloro. Desde la vigilancia de tus ojos, se desprendía una tristeza que rodaba por la sima de lo irremediable. La voz que desgranaba monocorde desde tus labios, a pesar de que antes volvió por sus antiguas querencias, pues decías que no se puede dilapidar el tiempo con lamentaciones, por quien no le dio cobijo a la alegría para morarnos.

Eso sí, las invocaciones santeras pretendían recuperar lo perdido. Los chorreados de cera y unas llamitas parpadeantes, como tu anhelo, eran testimonio de que no querías que creciéramos sin padre. Jamás supe por qué. No recuerdo de él ni una frase amable, ni una caricia, ni esa solidaridad que en la niñez nos hace fuertes para después soñar como hombres.

Sinembargo la fiebre que me dio por su abandono, estaba azotada por una escalofriante fantasmagoría, que me hizo pensar que tenía que ser más buena que tú, para que papá se mudara de casa. Y había en mi desvarío persistente acoso por su ausencia, pues a fin de cuentas él había dejado presencia -huellas digitales de la costumbre- en nuestro ambiente con su figura y su voz, que luego destruí a medida que lo sumergía en la inmemoria, en el limbo de las desquerencias.

En este momento en que se triza mi aliento, en que lucho por detener la premura con que la muerte exige la capitulación de mi vida, vuelvo a verte a través de la ventana del apartamento -tan huérfano de muebles y tan plenitado de necesidades- llegar, a pasos tardos, con un portacomidas. Volvía a lucir tu experticia de modista, para repartir el pan diario, con equidad. Yo sabía, carajo, que tus corazonadas de madre, premonizaban tiempos de borrasca. Rosa María me lo recordaba. Estaba transpasado, a lanzazos, por tus presentimientos y los de Rosa María.

Es que estaba enamorado de tantas cosas: de ti, madre, de Rosa María, de mi hermano, de quién me separaba el estar abierto de mi compromiso con otros sueños y me unía esa tormentosa comunidad sanguínea y su tranco largo, ambicioso, para ser siempre el primero del curso en estudio, en deportes, en audacia.

Rosa María empezó por ser un capricho. Sí, o la enamoraba o me quitaba el nombre. De entradita le caí gordo, cuando me la presentó Sebastián en la heladería, luego de salir de una vespertina en la que volví a ver “Casablanca”, con el pobre Humprey Bogart desolado, echado a perder como amante, con el cigarrillo caído sobre el labio, jodido de amor y renunciamiento, en ese aeropuerto en que la bruma asordinaba los sentidos, para que creciera la melancolía y comenzar a hacer la persistencia memoriosa inmutable de una fotografía que atrapó otro tiempo y otra edad.

Me dije que no me pasaría lo de Bogart. Vanidad o machismo, capricho o reto, da lo mismo. La asedié con decisión, amor herido, como respuesta a sus rechazos cada vez más débiles.

Tenía la inconformidad de quien ve el mundo por el rabillo de su propia dialéctica, que achataba mis razonamientos. Cigarrillo vaya y venga, tómese no sé cuántos tintos, pasen las horas matizadas con el lenguaje musical, preñado de altavoces para la rebeldía de la Sosa, o el Jara, y los boleritos antañones, que erizan la piel y atracan la ternura:

Cuántas cosas pasaron

entre nuestros amores

cuantas cosas que el alma

no podrá olvidar jamás…

Don Leo Marini enterneciendo las entretelas del corazón y creciendo las pasiones, pellizcando la tristeza, estrujando los besos.

Ese buscarnos por entre la urdimbre de las caricias, le dió credibilidad a nuestras afinidades. Cosechábamos el aire enrarecido de la dureza social y el idealismo era transeúnte por entre laberintos de sospecha. La ternura, madre, siempre es joven o sin edad. Era la mía que se vaciaba por entre su porosidad piel-amante y la de ella que se traslucía en el escrutinio de su mirada y en esa danza de continuas huídas y regresos.

Perdón, madre, pero no hay nadie con más añoranzas que un moribundo. Llegó el momento en que debía partir. Despedida larga en la que sofocábamos la ausencia por venir, nos plenitamos de un montón de nicotina y cosimos el diálogo con la complicidad de fantasmas de otras vidas y de otras esferas pensantes.

Un cuadro del Che Guevara nos observaba desde sus ojillos de oriental, su sonrisa burlona, su bigotico cantinflesco, diciéndonos a Rosa María y a mí, a todos: “la vida es un combate. Quienes me cazaron dijeron que estaba bien muerto. Pero no, me les escapé por todos los poros de la historia”.

Bueno, madre, no divaguemos más. Ya no cuento con los regodeos del tiempo. Sobre tierra pisada me acomodé. Un arma, como ángel de la guarda, no me daba seguridad y no me permitía conciliar el sueño. Un miedo tenaz me recogía los genitales, espoleaba mi incertidumbre y le urdía trampas a un sosiego aparente.

De improviso el culetazo repetido de fusil contra la puerta, alertó sobre el asalto. De paredes y techo saltaban cascarones entre las dentelladas de los tiros. Por instinto defensivo empecé a echar bala. Los foquitos de luz de las armas enemigas, como cocuyos haciéndole parpadeos de claridad a la sombra, acrecían.

Súbito, como una tromba, invadieron la choza. Por reflejo solté una ráfaga a quien iba de primero. Paró en seco, levitó un poco y enseguida rebotó su cuerpo hacia atrás, como una marioneta, en arrítmica oscilación manipulada por los hilos conductores de la muerte.

Supe -¡ya muy tarde!- que era mi hermano. No podía ser sino él. Siempre el primero. Y  ahora que me han trancado no sé cuántos tiros, te juró madre, te rejuro que si sé que era él, ¡por Dios!, habría dejado que volviera a serlo.