18 de abril de 2021
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La gripa y personajes de la carta (4)

13 de junio de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
13 de junio de 2020
  1. EL DESTINATARIO: JOSÉ ARTURO ANDRADE

¿De quién se trata el “muy querido Arturo”, al que dirige su carta – y no fue la única que le dirigió-  el doctor Laureano Gómez, ese primer día crítico de la pandemia de la “gripa española” en Bogotá, que fue fatal y mundial, y que cien años antes parece premonitoria de lo vivido en este 2020? Su nombre completo es José Arturo Andrade Barriga, a quien Laureano debió conocer en las aulas del colegio de San Bartolomé, en un curso más inferior, y es probable que la familia de don Rafael y doña Mercedes, los padres, fuera amiga cercana de la de don José Laureano Gómez y doña Dolores Castro. Lo cierto es que le fue persona dilecta y de su confianza, desde colegiales.

Laureano Gómez. Imagen El Nuevo Siglo.

De ahí que a la reunión de septiembre de 1909, para plantearles el proyecto que le había recomendado el padre español Luis Jáuregui, de fundar un diario que enfrentase los ataques del anticlericalismo de la prensa, ahora más libre,  Laureano convocó a José Arturo cuando éste cumplía apenas 18 años, junto con patricios conservadores de la talla del académico, ex ministro, futuro designado, maestro, y poeta don José Joaquín Casas, del bibliotecario de la Academia de Historia y autor con don José Joaquín Guerra de la primera recopilación de “Constituciones de Colombia”, Manuel Antonio de Pombo, quien moriría meses después de la reunión, del polemista y a poco parlamentario Carlos Núñez Borda, editor en 1914 de los dispersos “Escritos de Marco Fidel Suárez”, hombres éstos ya maduros.

Con Laureano, de 20 años, que acababa de graduarse de ingeniero civil en la Universidad Nacional  y el menor de todos, José Arturo, que estaba comenzando sus estudios de derecho en el mismo centro, estuvieron también Enrique Mariño Pinto, un abogado joven, que después de ser juez, meses antes del encuentro había fundado La Legitimidad, para respaldar la vicepresidencia de Ramón González Valencia. Mariño se hizo un gran jurista. Fue magistrado del Tribunal Superior, escribió un Manual de Derecho Colombiano, el primer Código de Ferrocarriles de Colombia y un texto de Instrucción Cívica, en 1926.

Con ellos también estuvo un ingeniero, quien además de la profesión, tenía con Gómez afinidad por el arte y un confeso hispanismo, Cristóbal Bernal, que fue un precursor en las investigaciones de patrimonio urbano y escribió detallados y muy consultados textos sobre la arquitectura colonial, los templos, los palacios y los techos o alfarjes de las iglesias santafereñas.

Cada uno debió dar nombres y comprometerse a hablar con personas que podían apoyar la empresa. Casi una veintena de ellas, muy ilustres, se fueron vinculando. A menos de un año de celebrar las fiestas del primer centenario de la independencia, el 2 de octubre de 1909 apareció el primer número de La Unidad como bastión de combate del conservatismo y de defensa de la religión católica. Curiosamente, fue el choque de Laureano Gómez con la Curia, que será el primero de muchos, el motivo para cerrarlo.

Su amigo José Arturo Andrade, nacido en Bogotá en 1891, lo acompañará en ésta y en futuras aventuras  políticas y periodísticas. Se calcula que el cargo que estaba ejerciendo en 1918, el año de la carta sobre la pandemia de gripa, en el archipiélago, como lo denomina Laureano, de San Andrés y Providencia,  fue uno de los primeros que ejerció Andrade, pues se había graduado en 1914. Fue después, en su vida profesional y pública, magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, suplente de Laureano Gómez en la Cámara de Representante, luego en propiedad, también senador de la República y concejal de Bogotá.

Pero fueron las de catedrático, jurista y analista de cuestiones económicas, las actividades que se destacaron en el no muy largo periplo vital del doctor Andrade.  Conjuez de la Corte Suprema de Justicia de la sala civil, fue  miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, mas su especialidad fue la de haber participado como protagonista en la Misión Kemmerer y en la creación, organización y funcionamiento del Banco de la República, del que fue miembro de la junta directiva y su director en 1925. Sobre ésta entidad, la exposición de motivos, las normas, las leyes, los proyectos reformatorios, los balances y sobre los establecimientos bancarios, incluido el Banco Central Hipotecario, escribió varios libros especializados, pero de obligada consulta para conocer la historia de la banca central.

Estaba todavía en el colegio o iniciando la universidad, cuando merced a un regalo inesperado, vi por primera vez el nombre de José Arturo Andrade. Un viejo amigo de mi familia  y compañero de trabajo de mi hermana, don Eduardo de los Ríos Cock, me dijo que fuera a su casa, a dos cuadras, por algo que tenía para mi padre y para mí, que nos iba a gustar. Acudí pronto y don Eduardo puso en mis manos cinco volúmenes empastados de la Revista Colombiana, desde el primer número del 1º de abril de 1933. Eran los años iniciales del Frente Nacional. Por su  costumbre de lector, repasando y recordando una historia, mi padre en su quietud, y yo en mi inquietud, intelectual y política, aprendiéndola y haciéndola más sólida, nos entretuvimos en esas dos mil páginas por muchos días. Y me absolvió él muchas preguntas. Alguna vez en conferencia sobre el periodismo colombiano,  aludí a lo que en ellas hallé, y tal vez lo vuelva a hacer en otro contexto similar.

Lo que quiero destacar, es que cada número de la Revista, cerraba con las “Notas económicas y financieras” de José Arturo Andrade. Por ejemplo, en el almuerzo celebrado para conmemorar el segundo aniversario de la publicación, el doctor José de la Vega, cofundador de la revista –como lo fuera más tarde de El Siglo- al aludir en su discurso a algunos de los colaboradores, dijo así de aquél: “A un técnico de las ciencias económicas como José Arturo Andrade que es al propio tiempo un excelente profesor de ironía, hemos confiado la sección económica y financiera; sus notas redactadas en un tono ágil, ameno y accesible al gran público, encierran reflexiones  y comentarios de hondo valor científico en que las doctrinas aparecen expuestas por un espíritu profundamente razonador y singularmente diestro de la realidad nacional.”.

Por cierto, y aunque no venga al tema, quiero compartir esta intriga. En el discurso citado, después de mencionar agradecido el nombre de más de una veintena de los colaboradores de la Revista, asistentes al ágape, De la Vega nos revela un accidente curioso que en esos días sufrió una de las grande figuras de la historia de Caldas, en estas palabras: “En esta mesa todos notamos el vacío  de un compañero irremplazable, víctima reciente de su inexperiencia  cinegética pero experto como pocos en los recursos de la literatura y del combate político: hablo de Silvio Villegas, a quien saludo desde aquí con afectuosa y emocionada amistad.” ¿Qué le sucedería en esa primeriza cacería al autor de La Canción de Caminante? ¿Con quiénes iría y en dónde estaría? Sospecho que ni a los hijos les contó. Pero me atrevo a imaginar que fue en alguna excursión a la que lo invitó el maestro Guillermo Valencia, para que acompañara a su hijo Guillermo León.

José Arturo Andrade fue profesor de Hacienda Pública en la Universidad Libre, y Secretario, que equivalía a Viceministro, del Ministerio de Hacienda. Estuvo entre los fundadores de la especialización de los estudios de economía y finanzas en la Universidad Javeriana. Hecho que destacó en su primera presidencia, Alberto Lleras Camargo. En 1945, el Presidente de Venezuela lo condecoró con la Orden del Libertador en el grado de Comendador. Al siguiente, 1946, murió a los 54 años. Seis meses después, el día de la víspera del regreso  al poder del partido conservador, murió también José de la Vega.  Laureano Gómez, llevó al gobierno a uno de sus copartidarios al gobierno, en ese 1946. Pero acompañó a la tumba, a dos de sus grandes amigos de juventud y periodismo.