18 de abril de 2021
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La gripa y los personajes de la carta (5)

19 de junio de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
19 de junio de 2020
  1. EL INTERMEDIARIO: MIGUEL AGUILERA
  2. A) EL HISTORIADOR

De los varios nombres que Laureano Gómez  mencionó en su carta de octubre de 1918, el más familiar para mí, en el sentido de ser el de trato más frecuentado, el de recordación más permanente y si se quiere, más actual –la historia lo es siempre, en algún momento-, es el de aquel al que alude en segundo lugar, el del historiador Miguel Aguilera. En muchas de mis  búsquedas, de mis repasos, de mis antojos investigativos, me he encontrado, y sé que me seguiré encontrando con sus trabajos y sus libros, en las revistas y los boletines de historia, en las referencias bibliográficas y en los estantes de las bibliotecas. Al fin y al cabo fueron muchos los temas que en su constante quehacer, con una vocación definida, embargaron su interés por sobre dificultades y escepticismos.

Dijo en una oportunidad: “Quebranta la sensibilidad ver la indiferencia con que las nuevas generaciones de éste y del otro mundo se conducen ante el recuerdo de doctos compatriotas que con la tesonera industria de su inteligencia y de su carácter, acumularon para nuestro regalo una riqueza espiritual que nos enorgullece y nos colma de íntimas satisfacciones… Se ama hasta la locura el presente y se huye de lo pretérito con la cabeza envuelta en  una clámide sombría” Cita traída por el expurgador de la biblioteca de Antonio Nariño, Eduardo Ruiz Martínez, en el centenario de Aguilera, que éste a su vez expresó en la conmemoración de otro centenario, el de José María Quijano Otero, y que muestra que dentro de la educación, como lo prueba un primer informe suyo, La instrucción pública en Cundinamarca (1927), fue permanente preocupación suya La Enseñanza de la Historia de Colombia (1951), escrito sobre el que siempre hay que volver para explicarnos lo sucedido y que todavía sucede con ella en los colegios en los últimos años.

El doctor Aguilera nació en el territorio indígena de Sugasuca, que en el período colonial será llamado Serrezuela y conocemos hoy como el municipio de Madrid, en 1895, descendiente de los dueños de tierras y fundadores de Supatá.  Bartolino como el doctor Gómez, y egresado de la misma Universidad Nacional, la escasa diferencia de años no fue óbice para una amistad que la precocidad en los estudios escolares y universitarios de ambos y las aficiones comunes, afincó hasta volverla entrañable.

Graduado en derecho a los 19 años, Miguel Aguilera fue también un conocedor de esta ciencia, en especial de su historia. Presidió la Academia Colombiana de Jurisprudencia, y ante ella redactó un proyecto y expuso los motivos para la creación de Juzgados de Menores (1925) con miras recomendarlo al Congreso Nacional; a solicitud de la Sociedad de Derecho Internacional de Berlín y bajo los lineamientos de ésta, redactó el Estudio Jurídico y Legal sobre la Nacionalidad en la República de Colombia (1929); igual es suya, la llamativa Nomenclatura grafológica  forense (1951), e inclusive la última de sus muchas obras fue La Legislación y el Derecho en Colombia (1965), volumen XIV de la Historia Extensa.

Fue secretario del Consejo de Estado, magistrado del Tribunal administrativo de Cundinamarca, Director de Instrucción Pública en este Departamento, secretario, que hoy sería viceministro, de Hacienda y Obras Públicas, y más de una vez encargado de estas carteras, pero el jurista fue más apreciado por sus alumnos de las cátedras de Derecho Español e Indiano, de Derecho Comercial, Civil, Constitucional y Administrativo en las universidades Libre y Nacional. Y lo fue todavía más, el historiador en la de Historia Superior de Colombia que dictó por años en el Colegio  Mayor del Rosario

Porque esta dedicación a la historia, y con ella al arte, a la literatura, al lenguaje, fue la que copó prácticamente toda su vida. Su entrega a la actividad intelectual, su  consagración  a aquellas disciplinas fue de tiempo completo. Para poderlo hacer, como lo cuenta su amigo y colega de academias, el también serio historiador y presbítero Rafael Gómez Hoyos, Miguel Aguilera “tuvo la envidiable habilidad y previsión de sanear en edad temprana su discreto patrimonio económico para dedicarse al cultivo de las letras en su biblioteca, archivos históricos y bibliotecas públicas. “Ni envidioso, ni envidiado, la fórmula de San Fray Luis”.

El doctor Aguilera hizo parte de la Academia Colombiana de Historia como miembro correspondiente desde 1935 y de número desde 1940, y fue su Bibliotecario y Presidente. También integró la Academia de la Lengua y ya se dijo, la  de Jurisprudencia. Desde el primer trabajo histórico presentado como académico, La antropofagia en Colombia (1935), comenzó a sumar conferencias, ensayos, libros, que auditorios, revistas especializadas y editoriales, recogieron  y publicaron. Como el citado de su ingreso a la Academia, su ánimo inquisitivo lo llevó a desentrañar símbolos, sucesos y personajes, en  desprevenidos abordajes o compromisos institucionales, con un muy personal y coherente enfoque.

La mención de unos cuantos nos dicen de la curiosidad y riqueza temática de esta obra ingente: El diablo, huésped de los aborígenes Americanos (1962) El Cristo de la Conquista (1952), Los caballos de los Conquistadores. En Historia del himno nacional de Colombia (1946), ilustra Aguilera: «Era una poesía trabajada sobre metro alejandrino agudo, no apropiado para himno, por la falla en el compás binario rígidamente exigido por el aire de marcha. Le faltaba ese sabor vengativo e inhumano de todos los cantos de guerra. Lejos de las expresiones que convidan a la matanza, al incendio y a la destrucción, se repetía en estrofas apacibles, sedantes, generosas, la historia de los hechos gloriosos de nuestra faena emancipadora. Sin alarde de nostalgia ni nostalgia de sangre». Para tener en cuenta en el juicio al que someten su letra cada cierto tiempo, por dos o tres versos y términos o metáforas desusadas hoy.