11 de julio de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Evolución histórica de la telenovela/Ricardo de los Ríos Tobón

28 de junio de 2020
Por Ricardo de los Ríos Tobón
Por Ricardo de los Ríos Tobón
28 de junio de 2020

Los críticos literarios han leído miles de libros.    Los de arte han visitado cientos de museos y galerías. Los analistas deportivos han visto millares de partidos. El 98% de los críticos de la Telenovela no han visto una entera.  Es hora de que hablemos los que hemos visto telenovelas. Tal es la razón de esta Cátedra.

Después de hablar de la esencia, el hábitat y las características de la Telenovela, es hora de que hablemos de su evolución histórica. 

La Familia y Vanidades, las revistas precursoras de las Telenovelas

La actual Telenovela es la culminación de un proceso. Aunque atreverse a llamar culminación a lo que se ve ahora, tiene sabor de arrogancia, porque son tantas las posibilidades que tiene la Telenovela como son las variantes de los sentimientos humanos, por lo que a pesar del acelerado y audaz progreso material y tecnológico de la humanidad, bien pronto estaremos viendo Telenovelas en careta de 3D y quién sabe cuántas otras variantes. De allí que debe empezar a hablarse de los orígenes de la Telenovela.

 

Prehistoria en folletines

El proceso empezó con cuadernillos adjuntos a las revistas de hogar, o textos incluidos en el periódico, en formato diferente al noticioso, donde se despiezaba una novela, para entregarla por capítulos. De aquellos cuadernillos o folletos menores salió el nombre genérico de “folletines” que fue utilizado por muchos años.

La idea no era original, sino copiada, con casi un siglo de retardo, de las revistas europeas o gringas.
A nivel latinoamericano, las primeras revistas de circulación continental, la cubana “Vanidades” y la mexicana “La Familia”, fueron las primeras en incluir capítulos de novelas entre sus páginas, que llenaron de anhelos y suspiros enamorados las largas tardes de «crochet» y punto de cruz, entre los años 30 y 50 del siglo pasado.

Cuántas manchas de lágrimas sobre los blancos linos fueron mudas cómplices de la lectura de aquellos folletines, verdaderas Telenovelas, entregadas a distancia, por dosis, y esperadas con anhelo cada mes.

Porque recuérdese lo anotado en alguna Cátedra anterior, que la palabra Telenovela no es la novela pasada por televisión, sino la entregada a distancia.

La primera fórmula para “fabricar” Telenovelas fue fácil y barata: tomar una novela de amor bien conocida, partirla en capítulos y editar cada uno en una entrega de la revista. La idea de las grandes publicaciones fue copiada rápidamente por los pequeños periódicos municipales que eran tantos, muchos más que ahora, prácticamente uno por cada pueblo latinoamericano, los cuales compensaron su falta de noticias rellenando sus páginas con novelas por entregas o con tediosos capítulos de algún libro de salud.

Así lograron muchas de nuestras abuelas, mamás o tías acceder a la lectura de obras literarias, en una época en que el machismo las orientaba (y a veces empujaba) hacia la cocina y los quehaceres del hogar. 

La incorporación del suspenso

Pero como el final de las grandes novelas era conocido y había que conquistar clientela, el sencillo sentido del «marketing» de la época llevó a los directores de las revistas mayores a contratar novelas exclusivas, siempre historias de amor, pero ahora adaptadas a la entrega por capítulos, es decir, escritas de tal manera que las líneas finales de cada edición dejaran un suspenso por resolverse, un beso dispuesto a ser dado o una terrible noticia a punto de recibirse.  Así la imaginación de las lectoras (y de los lectores, a escondidas de ellas) tendría aliciente para esperar un mes y los dueños de la revista asegurarían la venta del siguiente ejemplar.

Así de arreglada afrontaba Nyoka los peligros del desierto, antes de caer en el foso de fuego.

Por cierto la idea se aplicó en otros frentes. Fue la hermosa época de las súper-series en el cine, aquellas largas películas de 6 horas de aventuras, que veíamos en el Teatro Avenida o en el Manizales, en la capital, y en el Pereira, en la Perla del Otún, repartidas en episodios de dos horas y cuarto, presentados cada sábado en la tarde, que terminaban con Nioka atada y colgando de una soga sobre un foso de fuego, y cuya palabra «Fin» aparecía en el momento en que la cuerda se rompía y el héroe, «el guapo», como lo llamábamos los muchachos colombianos, todavía estaba en la puerta de la cueva luchando contra los soldados del tirano. Y aunque uno sabía que al siguiente sábado le mostrarían que el «guapo» sí alcanzó a saltar, para agarrar en el aire la cuerda rota y salvar a Nioka, no obstante toda la semana mantendría un delicioso sobresalto de duda.

La Radio proyecta a la Telenovela

En su etapa siguiente la Novela por dosis pasó de las revistas a la Radio, tanto en Latinoamérica como en otros países occidentales.

La cajita mágica que cambió la cultura

Entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado irrumpió en nuestros pueblos y ciudades el radio o la radio (porque nunca se definió su género), la pequeña caja de madera, marca Philco o General Electric, plena de voces, música, sugerencias de libertad y, sobre todo, ruido estático, que se posesionó de los hogares, al lado del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, en una repisa, o debajo en una mesa, para llegar a ser, con total seguridad, el primer paso de la globalización de la cultura latinoamericana.

Y como la música y la información quedaron al alcance de todos con el advenimiento de la Radio, también logró el mismo privilegio la Novela a Distancia, nuestra Telenovela, porque algún inteligente visionario, muy pocos años después, resolvió dramatizar una novela y pasarla en forma de episodios. Y allí fue Troya.

El primer experimento fue la lectura completa del texto de la novela, por un locutor de buena voz, capaz de diferentes matices para lograr un efecto dramático; enseguida hubo pareja, para poder hacer diálogo hombre-mujer, pues el tema fundamental era el amor (y para suerte nuestra, no había llegado la actual época de los diálogos de amor entre dos locutores de bigote); y de allí se pasó, muy rápidamente, a cuatro o cinco voces diferentes, y un encargado de efectos, todos de pie ante un solo micrófono. Evocadoras fotos de los periódicos de la época los muestran de pie, en vestido inmensamente informal y todos, guion en mano, agrupados en semicírculo alrededor de un alto micrófono de pedestal.

Así, en pocos años, en cada radiodifusora latinoamericana, grupos de actores o no actores, pero de muy buena voz, se agruparon alrededor de un micrófono central y dramatizaron estáticamente escenas de violencia, de aventuras y sobretodo de amor, primero «a capella», y más tarde armados de sus audífonos. Y como no existían las grabadoras, que llegarían más tarde, fue preciso crear artefactos y especialistas para los sonidos, que los hubo de tempestades, de puertas al cerrarse, de cascos de caballos, de barcos, trenes y carros al alejarse y sobre todo de besos. Aquellos besos, estampados sonoramente en el dorso de la mano por alguno de los actores que, al viajar por las ondas hertzianas, cambiaban de apariencia y llegaban hasta los más recónditos hogares con legítimo sabor de besos amantes, estremeciendo corazones y acompañando las soledades de las amas de casa, de las muchachas casaderas, de los viejos retirados, e inquietando a los niños que no habían asistido a la escuela ese día.

Mirando en retrospectiva, la Telenovela radial fue una revolución, por lo novedosa y por los aportes que hizo a la joven sociedad latinoamericana.

  • Como desarrollo personal para sus ejecutores, tuvo el gran mérito del trabajo en vivo y en directo por los actores, de manera muy similar a la del Teatro.
  • Como aporte social, la Radionovela añadió elementos que superaron a los similares de la Novela de las revistas: la democratizó porque ya no era necesario ni saber leer ni tener capacidad de compra, para tener derecho a disfrutarla; la hizo más amable porque permitió compartir su tiempo con el de las faenas domésticas; y la acercó más al diario vivir porque ya no era necesario esperar un mes para conocer cuál era la noticia que estaba por recibirse, o cómo era el beso que había quedado en suspenso.
  • A nivel de técnica y de comunicación, la Telenovela Radial fue un alarde de imaginación porque creó un nuevo idioma. Como la idea era distanciarse de las largas Telenovelas escritas, hubo de utilizarse cada vez menos al narrador de fondo, al que explicaba el suceso y describía ambiente y paisaje, y buscar reemplazarlo por sonidos o por frases implícitas en el diálogo, de donde resultó un nuevo idioma, un diferente y audaz estilo de comunicación oral de las ideas.
  • Y como aporte económico, añadió un eslabón a la cadena del comercio regional entre los países latinoamericanos, con la venta de los rollos grabados con las radionovelas, primero enviados en barcos y luego en avión, pues no era aún la época de los correos inalámbricos. Y más tarde con la venta solamente de los guiones, para que fueran interpretados por los “aristas” locales. Todo ello amplió la transferencia cultural en Latinoamérica, que hasta el momento había sido de rollos de cine, libros y discos.

Así reinó, por cerca de veinte años, la Telenovela Radial, mientras la escrita empezaba su aparente retirada.

Recientemente Colombia recordó el esplendor de las Radionovelas, al cumplirse en 2019 los 70 años de la primera emisión de Kalimán, la radionovela nacional de mayor audiencia, que llegó a competir abiertamente en sintonía con “El Derecho de Nacer”. Kaliman, el séptimo hombre de la dinastía de la diosa Kali, el hombre justo que dedica su vida en cuerpo y alma a combatir las fuerzas del mal, siempre acompañado de un niño egipcio, descendiente de faraones, llamado Solin. 

Pero es tan importante la historia de Kalimán en Latinoamérica, que será objeto de la próxima Cátedra. 

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