11 de julio de 2020
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Crónica de Óscar Domínguez ¿El coronel que peleó en Corea espió a García Márquez?

27 de junio de 2020
27 de junio de 2020
En Estocolmo, el coronel Nolasco mira firmar autógrafos al Nobel García Márquez.

 Cuando en 1982 la Academia Sueca anunció que García Márquez había ganado el premio Nobel de Literatura, el primero que desempolvó sus botas de siete leguas para viajar a Estocolmo fue un colega del coronel Aureliano Buendía que hace setenta años peleó en la guerra de Corea. Fue uno de los cinco mil militares colombianos que en cuatro relevos echaron plomo en esas tierras.

Se llamaba Nolasco Antonio Espinal Mejía, nació en el frío municipio de San Pedro de los Milagros, Antioquia, y nunca tuvo que esperar que le llegara la pensión de jubilación, contrario a lo que le sucedió a su par Buendía…

En la guerra de Corea que suelen “terminar” oficialmente los presidentes de turno de Estados Unidos y las dos Coreas, fue el mejor hombre de Colombia a la hora de reducir a la población enemiga. Fue tal el comportamiento de este Rambo de tierra fría que el ejército de Estados Unidos le otorgó la condecoración «Corazón de Púrpura» que en Usa no se le niega a nadie. (En USA todo el mundo es héroe mientras no se demuestre lo contrario). Del propio despacho oval del presidente  Roosvelt le extendieron a  Nolasco una «citación presidencial» que quería como a las niñas de sus ojos.

En las recepciones en la embajada de Corea en Bogotá era el primero en llegar y el último en irse. No se tomaba un trago diría en su defensa.

Liquidado a su favor la inútil guerra de Corea, de regresa a Locombia,  el entonces cabo segundo ingreso con una beca a la Escuela Militar de Cadetes, donde obtuvo el grado de subteniente. Ocupó, por supuesto, el  primer puesto de su promoción.

         Se destacó como lancero, paracaidista y en operaciones de orden  público, según la hoja de vida que bosteza en el Ministerio de Defensa.

  Desde subteniente hasta su llegada al coronelato, fue uno de los oficiales más condecorados. Hizo, pues, méritos suficientes para estar al lado de su paisano el Nobel, el rey de Suecia y la reina Silvia  en el banquete ofrecido en el palacio real de Estocolmo en honor de los ganadores del premio. 

CERCA DE LOS FAMOSOS 

Entrenado en la lucha cuerpo a cuerpo desarrolló una rara habilidad para estar cerca de los grandes protagonistas de la historia. Cuando oyó la noticia del premio en su CNN de bolsillo (su transistor)  decidió que debía estar en la capital sueca en diciembre.

No se podía perder la foto al lado de García Márquez. Me cupo el inmenso e inmerecido honor de tomarle el retrato respectivo que acompaña estas líneas en la que también aparece el maestro Rafael Escalona. Mi coronel es el diminuto hombre de mirada remota y sonrisa que se quedó a mitad de camino. Su bufanda le da la vuelta al pescuezo.

Nolasco era un hombre que nunca reía. Quizá perdió la sonrisa en alguna mojada acalorado, en una emboscada, o en un regaño de alguno de sus superiores jerárquicos. O en un desengaño amoroso porque decía  que el amor –cuando se convierte en matrimonio- no había sido hecho para él. En su corazón solo mandaba él y punto.

De la sonrisa con que llegó equipado a la vida le quedó un rictus de hombre melancólico que se acentuaba en las largas noches escandinavas, tan distintas a las de su tierra natal donde el tiempo se divide casi  milimétricamente entre el día y la noche.  Mi coronel se quejaba también de que nunca oyó cantar el gallo en la capital sueca. 

CORONEL BAJO SOSPECHA

Las sospechas que empezaron a surgir alrededor del silencioso coronel que aparecía en todas partes sin ser invitado, lo convirtieron en uno de los hombres más mencionados de la delegación de Macondo.

«¿Cómo relatar la historia del singular coronel retirado, cuya  hoja de vida se dice es una de las más brillantes del Ejército, y que fue a Estocolmo como simple turista admirador de García Márquez?».

Esta y otras preguntas se las formuló en su momento, el fallecido Eligio García Márquez quien cubrió para el diario El Pueblo, de Cali, la entrega del premio Nobel  a su hermano Gabo.

«¿Cómo relatar la forma en que, misteriosamente, logró asistir a  todos los actos oficiales, incluido el banquete donde se exigía no sólo boleta especial sino vestido de frac que él no usó?», se preguntó también el Nobel pariente.

La siguiente es una aproximación a estas inquietudes dado que fui compañero de habitación de Nolasco:

Dios está en todas partes. El coronel Nolasco Espinal Mejía en casi todas. A Dios lo conocen en todas partes. A mi coronel en casi todas. Él creía, sin más literatura que su sentido común, que él era tan importante como cualquier Nobel y que tenía las mismas prerrogativas. Y que si había invertido una millonada en un viaje como ese hasta la vieja Europa, era para estar cerca de los del gajo de arriba. Por algo había servido en el ejército de su país y defendido patrias que no eras las suyas. Y punto.

En Estocolmo se alojó en el cuarto 302 del Amaranteen Hotel. Todas las noches editorializaba dormido con unos ronquidos profundos y lastimeros de teniente coronel de la reserva insatisfecho por no haber llegado al generalato.

Ningún sol de general  llovió finalmente sobre sus charreteras por  culpa – decía- de un superior jerárquico cuyo nombre no mencionaba en sus sueños hablados. Despierto despotricaba del culpable del fin de su carrera, el general Camacho Leyva. Lo sacaron de la carrera militar porque no había charreteras para tanta gente.

En Estocolmo dormía en una forma que le envidiaría su par el  coronel Aureliano Buendía: sólo se daba el lujo horizontal del sueño después de  meter todos sus objetos en su estrecha maleta, incluidos el cepillo de dientes y el tubo de crema dental, mil veces exprimido. De esta forma, explicaba, en  caso de emergencia bélica podría despertar, tomar la maleta y partir. Guerra avisada… 

EL HOMBRE DE LA CÍA 

Volvamos con las inquietudes que se planteaba Eligio García Márquez, Gigio, para los suyos: «¿Cómo describir su comentada soledad al sentirse señalado como agente extraño al servicio de quién sabe qué potencias oscuras -la CIA, el MAS (Muerte a secuestradores), el propio gobierno guardando la integridad de García Márquez? Cómo descubrir quién fue realmente? ¿Cómo relatarla?».

Cuando le pregunté a mi coronel  si era de la CIA, me reviró con un Niágara de llanto. No eran lágrimas de cocodrilo.  Era su lacrimógena forma de decir que no, rotundamente. Aclaró que su fuerte no era la delación, la traición, la escucha silenciosa, hurgar en vidas ajenas. Sobre todo ahora que estaba lejos del mundanal ruido de los fierros. Cuando estuvo en la milicia era parte de su oficio.

A regañadientes, o porque no había nada más que hacer, el entorno de Gabo creyó las lágrimas de mi coronel que fue exonerado de casi todas las sospechas, aunque mantenido a prudente distancia.

Cuando fue cogiendo confianza se quejó ante la agencia de turismo porque su tiquete no incluía invitación a las fiestas que ofrecían los reyes suecos y los rostros de madera de la Academia Sueca. «Yo pagué por todo»  argumentaba con lógica contundente.

También elevó una protesta de varios soles porque no lo alojaron en mismo hotel del Nobel, el Grand Hotel, muy lejos de las posibilidades de quienes viajamos arriando first class de Avianca, de ida y regreso, después de haber reventando todos los marranos-alcancía, propios y ajenos.  Mi coronel y yo, para ahorrar dólares, compartimos habitación en el Amaranteen.

El coronel Nolasco durante la rueda de prensa ofrecida por el excampeón mundial de ajedrez Garry Kasparov durante su única visita a Colombia (Foto de Fabiola Morera Comunicaciones.

EL WATERLOO DEL CORONEL

Mi coronel Nolasco solo perdió una batalla en Estocolmo: ocurrió una noche que abordó a  unas bailarinas de estriptís del cabaret «Le Chat Noir», adonde habíamos ido a chicaniar con nuestro encanto (¿¡) latino.

Nolasco Antonio no logró convencer en su pedestre inglés de San Pedro a las bellas y  descomunales valkirias que el sexapil latino pasaba  por su mínima estatura. Y que debían acompañarlo a su cuarto en el Amarenteen. (Inclusive pleiteó en favor mío y de otro amigo con el edificante propósito de que todos internacionalizáramos nuestros espermatozoides.

Las suecas dijeron no y nos sacaron de su biografía. Regresamos a Macondo “inéditos” e intactos en lechos nórdicas. (Claro que eso nunca nos los creyeron en casa).

         Espinal apareció en plena navidad en Estocolmo. Como antes estuvo en Corea, o en los olímpicos de Moscú. Ahí donde hay historia, ahí está. Lo veiamos de pronto en los noticieros de televisión y en las fotos de los diarios donde nunca aparece su nombre. Es el más ilustre N.N. que conozco. Es su venganza eterna por no haber llegado al generalato. (Esta crónica ha sido actualizada. Fue publicada originalmente en El Tiempo).