25 de mayo de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
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Viernes Cultural Roberto Vélez Correa

15 de mayo de 2020
15 de mayo de 2020

(Manizales, 1952 – 2005). Escritor y Crítico Literario. Profesor universitario. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Magister en Literatura en Literatura Latinoamericana, University Colorado, Boulder. USA. Columnista del diario La Patria.

Catedrático Universidad Católica en 1985. Profesor de Español y Literatura en University of Colorado, Boulder. Profesor de Literatura Clásica y Universal. Escuela de Lenguas Modernas, Universidad de Caldas, 1991.

Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Caldas. Director de la Especialización en Literatura Hispanoamericana. Coordinador Maestría en Educación (Lectura y escritura), Convenio Universidad Javeriana y Universidad de Caldas, 1998. Director Revista Cultural de la Universidad de Caldas HIPSIPILA. Decano de la Facultad de Artes y Humanidades Universidad de Caldas, 1999 – 2000. Docente de literatura Universidad de Caldas, desde 1995 hasta 2004. Docente del curso “Estudios de literatura hispanoamericana”, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de León, España, en 2004.

Obras: Fantasmas del mediodía (novela, 1981). Gardeazábal (Plaza y Janés SCC, ensayo, 1986). La pasión de las gárgolas (novela, Premio Instituto Caldense de Cultura, 1987). El eterno elusivo del poema (ensayo, Premio Segundos Nuevos Juegos Florales, 1994). Luces de Mackenna (ensayos, 1996). La nueva poesía de Caldas –de cara a la posmodernidad–. Bernardo Arias Trujillo: el escritor (ensayo, 1997). Misterios y encantos de la intertextualidad (ensayo, 1997). Los suicidas de la palabra (cuentos, Beca de Creación Colcultura – Fondo Mixto para la cultura de Caldas, 1997). De lo vivo, díscolo e insondable (columnas de opinión, Premio de Periodismo Gobernación de Caldas, Instituto Caldense de Cultura, 2000).

El misterio de la malignidad. El problema del mal en Roberto Arlt (2002). Literatura de Caldas 1967 – 1997. Historia Crítica (2003). El existencialismo en la ficción novelesca (ensayo, Obra Póstuma, 2005). Como barrilete resuelto en flecos (novela, edición póstuma, 2007). Y si la muerte no  nos separa (novela, edición póstuma, 2011). Y Testimonios Frívolos e In–Trascendentes (Libro póstumo, 2013).

NUESTRO PASADO, EN IMPERFECTO

(Cuento)

Por Roberto Vélez Correa

Éramos irreverentes; pero, no se equivoquen, que el pasado imperfecto de un verbo tan comprometedor como “Ser’, no quiere decir que hayamos claudicado. Éramos y aún… Ellos, nuestros padres, nuestros hermanos mayores, eran serios, en exceso circunspectos. Nosotros gustábamos del cabello largo, desordenado. Imitábamos a los Animals y a los Beatles. Ellos iban a las peluquerías de los viejitos, de aquellos que mantienen su hombría a toda prueba. Los motilaban al rape, con maquinilla y la cosa era que durara. Cuestión económica y también estética, lo del estilo con ahorro y probidad incluidos.

Nos gustaba la música rock y todos aquellos ritmos estimulantes del zangoloteo. No tanto la salsa, pues todavía no se nos había metido la fiebre caribeña. Ellos con su música triste, de tríos y carrileras, nostalgia pasada por guitarras y tiples aspirantes a los museos folclóricos. Todavía suena y les llega a ellos al lecho de los desahuciados. Desahuciada también la sociedad de entonces y por eso éramos rebeldes. Amantes de los afiches del Che y pendientes de la revolución cubana, que no se la birlaran a la isla porque Castro era el hombre.

También empezamos a leer a García Márquez cuando supimos que era un radical amigo del compañero líder. Era obligación para estar al día aunque no entendiéramos nada de “realismo mágico” y nos hiciera sonreír tanto mamagallismo fabuloso de alfombras voladoras y gitanos que asombraban las parroquias con sus cajas de dientes. En fin, había que leerlo. Ellos, en cambio leían lsaacs porque aquel costeño irreverente era comunista y utilizaba un desabrochado erotismo en sus escenas de alcoba o de patio en sus Cien años y sus cándidas no eran tan cándidas. En cambio nosotras alcanzamos a desdeñar las minifaldas y preferimos el vestido de la naturaleza. El amor libre era una consigna mientras ellos se escandalizaban del índice de divorcios en Norteamérica. Fuimos adeptos de los vapores de la madre tierra: hongos y otras yerbas aromáticas, mientras ellos bebían el té en las salas alfombradas de su escándalo. La aguapanela sideral era nuestra pócima favorita con la cual ingresábamos a los ritos satánicos. Así conjurábamos nuestras rabias por el anquilosamiento de nuestros padres y abuelos que preferían matricularse en el alcoholismo oficial. Entonces éramos degenerados; ellos, escasamente tenían un problema de disfunción o predisposición etílica. Curable, nada grave. Nuestros cerebros dizque se habían afectado tanto que ya no había remedio. Las neuronas son irrecuperables. Aun así, la cirrosis y el cáncer del hígado eran enfermedades nobles, aceptadas por la sociedad. No la locura de los barbitúricos, por supuesto. Ahí estaba el estigma de aquellos años locos.

Cuando entraban en escena nuestros modales groseros y las palabras escatológicas de calibre Colt 38 largo, ellos se defendían con ademanes a lo Carreño esgrimiendo afeminadas Berettas que contradecían la grosería. El baño empezó a ser para las matas y el aroma de las glándulas odoríparas nuestro perfume original, auténtico. Ellos, en cambio, siempre ellos, sostenían el cañazo de la ambientación con marcas para hombres que no necesitan esforzarse demasiado y de mujeres que de fieles guardianas de la fidelidad se pasaron al bando de las hetairas bendecidas por el santo padre.

No quisimos estudiar medicina porque nos interesaban más las humanidades donde estaba la fuente teórica, la carreta hermanito, la herramienta del verbo. Además no podíamos con los números y ahí va la media naranja del ICFES y sus maratónicas e inmamables pruebas. Ellos, eso sí, llegaron a las ingenierías, economías, medicina y todas las vainas tecnológicas. Ah, y a los hijitos de la muchacha del servicio les pagaban la matrícula y los cuadernos para que asistieran al Inem y poder continuar el empleo de generación en generación. Asuntos futuristas de nuestros padres ejecutivos. Claro que no nos interesaba hacer dinero, apenas lo suficiente para comprar cachitos y otros toques mágicos. Para eso los cuchos soltaban lo suficiente para sobornar el temperamento y los escándalos.

Ellos eran los gerentes, los jefes de personal. Nosotros los estudiantes tirapiedras que nos disfrazábamos de juiciosos cuando teníamos visitas. Acusábamos al sistema desde el Alma Mater y le mentábamos la madre al rector por sus programas conductistas y alcahuetes de la penetración gringa. No importaba que el viejo de la casa fuera el presidente de una Junta directiva en la industria. ¡Qué sabíamos nosotros de vigas en ojos o de pajas en lentes de contacto ajenos! No nos aguantábamos nada. Había que denunciar a la clase política, a los dirigentes opresores. Pero andábamos parejos: nosotros adoptamos a los nadaístas como el movimiento tenaz, algo así como los teólogos de la liberación civil y ellos a los muchachos de Chicago que tenían las fórmulas claves de la bolsa.

Nos fastidiaba tanto corsé, paño inglés, corbatas estilizadas, mancornas y clavelitos en la solapa. Zapatos charolados, trajes pingüinos, camisas italianas, y por dentro, por dentro calzoncillos caza pulgas que hacían más placentera la aventura de los amoblados de entonces, con la vecina esposa del agente viajero y en tiempos de guerra con la Maruja entrodera que nos alistaba la ropa y nos servía la mesa. Nosotros por nuestro lado, qué va de chiros almidonados, ataduras convencionales. Había que respirar, salir de la segunda piel a la primera urgencia en la discoteca o en los portones sin espejos estratégicos. Bolsos de cabuya, bluyines desteñidos, los apaches sin medias, las camisetas chinas desechables, nos hacían agresivos a los varones; mientras ellas o nosotras, con trajes largos de tela barata, “coloretiados”, de corte aborigen para afirmar ante la primera impresión nuestra solidaridad con la raza. En los paseos de antropología nos confundíamos con las compañeras indígenas de la reserva, pero ello nos envanecía tremendamente. Y en otras ocasiones, el mismo bluyín, nada de bolsos tentación de los rateros; mocasines o también apaches. Blusas entreabiertas, colgandejos preciosos en cuero puro, chochos y una flor silvestre enredada en el cabello al aire, como se ven las americanas de siempre.

Ahora, mal que bien continúan la lucha, la brega. Somos rebeldes, inconformes y ellos continúan tolerándonos porque de vez en cuando el estatus requiere de ideas frescas, planteamientos atrevidos; eso sí, nada de excesos. Medidas que entretengan la opinión porque llega el revolcón, la nueva generación a tomar las riendas. Y es que todavía no entendemos como nos dejaron sentar en sus escritorios. Al principio nos invitaron como quien no quiere la cosa. Tragando saliva porque subimos los pies sobre la superficie con intaglios de cuero y derramamos colillas encendidas sobre la alfombra. Pero nos fuimos metiendo en los archivos, le cogimos el tiro a la “computer”. Y heredamos la jerarquía. Los compañeros subalternos, felices porque nosotros éramos comprensivos. Claro que sí; pero tampoco que el capital del viejo se vaya abajo; hay que cuidar los billos. Sí señores, ellos continuaron siendo serios, organizados. Nosotros, hummm, un tantico, sin olvidar la informalidad que da tan buen respiro, aunque hay que ahorcar corbata de vez en cuando en los cocteles de los socios del cucho, sobre todo cuando se intrigan concesiones o andamos a la cacería de licitaciones oficiales.

Nosotros y nosotras todavía conjugamos el verbo ser en presente activo de contestatarios y miramos a los jechos con cierta consideración. Pero qué le vamos a hacer si los niños están en colegios privados, ya que la desprotección del magisterio oficial no garantiza calidad educativa. De pronto les meten el mismo cuento y terminan estudiando humanidades. Eso está bien para entretener veladas y tener labia en las juntas directivas, pero lo que es nuestros hijos hay que pagarles duro en los centros, así sean regidos por curitas resabiados. Hasta algunos son de los jesuitas, que según fama tienen una mentalidad avanzada, pues cuando no existía la perestroika y el muro de Berlín todavía era escenario de escapes cinematográficos, ellos, los jesuitas eran mirados por la élite con desconfianza, dizque porque eran socialistas.

Así la cuestión no está tan mal. Bueno, no quedamos tan mal parados ante el juicio de la historia. Somos librepensadores, dirigimos empresas textiles, universidades, somos secretarios de despachos, consejeros y se nos demostró que el camino hacia el palacio de Nariño no es tan imposible. Y nosotras, ellas, las chicas ye ye de los sesenta, tratamos de ser más juiciosas con el figurín. Ya vamos a las peluquerías donde hacen cortes de estilo, permanentes y tinturan las canas; de paso arrastramos a los maridos para que los jóvenes estilistas les hagan el corte sin que arriesguemos su fidelidad. ¡Cómo va a ser que se nos pasen al otro equipo con tanta peste bajita que hay!

Es la vida, pero en ocasiones olvidamos el camino y cambiamos el sastre por la minifalda y las medias de lana para asomarnos a la oficina del jefe. ¡Ahh y se nos olvidaba!, nuestro programa favorito en televisión es “Lazos familiares”.