25 de mayo de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Somos el libro que nos sueña

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de mayo de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
22 de mayo de 2020

yo invento cosas porque sirven más a la verdad que los hechos
Werner Herzog

En La bufanda roja, autobiografía de Yves Bonnefoy, el poeta recordó haberse preguntado: “… si acaso no ocurre que nuestras lecturas nos sueñan, haciendo de nosotros los juguetes de fuerzas que están activas en las frases que leemos”.

El serbio Goran Petrovic imaginó en La mano de la buena fortuna que, si dos personas leen el mismo libro a la misma hora y día, se encontrarán en él, e incluso podrán conversar y vivir, aun cuando sea por un tiempo breve. Las posibilidades derivadas de esta conjetura son múltiples: el adulterio incluido. La trama es esta: Adam Lozanic, un joven corrector de estilo, es encargado por una pareja, de hacer algunas correcciones, que le serán advertidas, en un libro ya publicado. El trabajo parece tonto y aburrido, pero necesita el dinero que le ofrecen. No obstante, el joven Adam se ve sorprendido por el extraño texto que le entregan para el trabajo, se trata apenas de la descripción de un palacio, su mobiliario y los jardines. Lo fabuloso, descubre Lozanic, es que cada que lee el libro, entra en él, como lo hacen otros lectores. El escritor del libro, sujeto de las correcciones, no narró una historia, sino que creo un mundo para vivirlo con la mujer que amaba. Veamos: Petrovic escribió un libro sobre un libro, hasta ahí nada extraño, pero resulta que el libro escrito por el escritor imaginado por Petrovic, es un universo al cual se puede entrar a través de la lectura, en un tiempo dentro del tiempo.  No fuera, sino dentro del tiempo. Inevitable no recordar los sueños de Natanael y la historia del cuáquero de la avena que Juana -la de Cepeda Zamudio- le oyó contar a García Márquez, y que, según él, lleva en la mano una lata en la que hay dibujado otro cuáquero y este a su vez lleva otro, y así hasta el infinito.

La literatura es siempre, y no solo en el caso de Petrovic, un espacio de encuentro y de conversación, que subvierte el tiempo del lector y lo traslada a una dimensión distinta a la que habita, como sucede en los sueños. Todo lector, dedicado o no, lo habrá sentido, algunos habrán sido más conscientes, todos, sin embargo, al cerrar el libro sentimos que volvemos a un lugar del cual habíamos partido, como cuando despertamos. Esa capacidad asombrosa, mágica -incluso mística-, es la que nos emociona y puede convertirnos en empedernidos y viciosos lectores; por eso, cuando conocemos a alguien que no es lector, sentimos cierto grado de compasión, debido a que no tiene los placeres de ausentarse, soñar, ser soñado y sostener encuentros furtivos.  Justo por esa razón los críticos acérrimos de la lectura de literatura la acusan de evasión, y se equivocan, claro, porque es todo lo contrario.  Quien lee, pone de manera inobjetable sus pies sobre la realidad más concreta posible, una humana, compleja y omnicomprensiva.

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar, ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”: según versión de Borges, Bioy y Silvina Ocampo. Tzu no manifestó sufrimiento, apenas la duda. No tuvo inquietud alguna, solo la constatación del extravío, e incluso, puede suponerse, que su perplejidad delata una cierta alegría. La vuelta de tuerca sugerida por Bonnefoy, contiene en cambio un lamento. El poeta, miedoso, se arrepintió de las lecturas que lo soñaban y quiso “despertarse de algunas para comprender mejor la vida”.  Como si ella no estuviera, justamente, en la literatura, como si la imaginación no fuera además una forma idónea de conocer las entrañas más profundas de la existencia. Algunos confiamos más en la literatura que en la aparente objetividad de una realidad que deviene en pasta gris y maloliente.  Tras la mampara de la veracidad se ocultan las sucias artimañas de los sinvergüenzas de siempre.  Es preferible construir nuestra percepción, única, limitada y sincera, gracias a la literatura. O, quizá, ni siquiera construimos nada, porque es imposible, y somos apenas el sueño de nuestras lecturas, como sugirió el poeta francés, así luego se hubiera arrepentido.  Wallace Stevens lo dijo de otra forma, también bella: “el lector se convirtió en libro”. En tal caso, somos el libro que nos sueña.

Manizales, mayo 22 de 2020