18 de abril de 2021
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Preocupación, desilusión y esperanza

9 de mayo de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
9 de mayo de 2020

El roble es la guerra, el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble
en su torcido ramaje;
y es más rudo
que la encina, más nervudo
más altivo y más señor.
El alto roble parece
que recalca y se enmudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo
.

(A. Machado, Campos de Castilla)

Con el título de  ¡Auxilio! ¡Auxilio! , Eje 21, publicó el pasado martes 5 de mayo un mensaje o S.O.S que  le escribí al alcalde Carlos Mario Marín, sobre el roble que se enfermó, en la Avenida Paralela.

Lo transcribo de nuevo, por haberse vuelto viral en las redes, por la reacción preocupada, positiva y  solidaria de muchos manizaleños excepcionales, de personas de muchos otros lugares y aún del exterior, por la respuesta  desconsoladora de quienes se supone, tienen el poder de solucionar su estado y la responsabilidad de ordenar su examen profesional, atender el diagnóstico y procurar su cura.

Pero también por la reacción activa de conocidos y no conocidos que trataron, con hipótesis de expertos unos, emotivas los más, de indicarme qué camino tomar. Por  disposición del alcalde, la secretaria de Medio Ambiente vino, vio y se fue. Atónito por sus tácitos “nada qué ver”, “no nos incumbe” “que se caiga”, que presumo pensó o quiso decir, casi impotente me propuse acudir a las instancias en las que confiaba me darían luz, y así ocurrió. De la desilusión volví a la esperanza. Quiero hacerlos partícipes de ella y pedirles que me ayuden a persistir. De ahí que debo ilustrarlos, para que los sigan conmigo, sobre los pasos de rechazo, retorno e impulso en el camino de salvar el árbol.

El texto inicial, fue este:

«Mi hermoso y único roble, uno de los centinelas arbóreos de más años, más solidez, más generosidad y de más heroica supervivencia (a muchas celadas, conatos y deseos de los dendrófobos manizaleños) de esta ciudad, está siendo víctima de un gusano u hongo, que está acabando con sus hojas, invadiendo su grueso, rugoso, cálido y afectuoso tronco (que he abrazado tantas veces, para escucharle viejas historias y manifestarle mi amor), y regando el suelo con un polvillo rosado que cubre hasta la acera.

Pido a los que saben, y a los que les toca, que lo intervengan, examinen y saneen, antes de que salgan con el pretexto de que está muy enfermo, muy viejo y es incurable, para darse el gusto, ese sí, morboso y asesino, de derribarlo. Es la admiración, por no decir el asombro regocijado de todos los que pasan por la Avenida Paralela, o cruzan para bajar a Palermo, o caminan bajo su siempre pródiga frondosidad, y respiran algo más purificado el aire contaminado por el exceso de tráfico y por los exostos al subir la muy inclinada pendiente. Con el árbol de tulipán que tiene enseguida, son los responsables solitarios de limpiar lo que pueden, la polucionada atmósfera que se concentra a su redor.

Estoy angustiado. Su presencia constante me da emoción y vida. ¿Qué hacer? ¿Qué hago señor Alcalde? S.O.S.”

El alcalde me respondió de inmediato. Que le diera la ubicación, para pedirle a la secretaria de Medio Ambiente que lo revisara. Me ilusioné.

En efecto, como que vinieron, inclusive la misma Natalia Escobar. Y el doctor Marín dio las indicaciones y me comunicó rápido lo que su funcionaria le dijo: “que como se encuentra en predio privado no puede la alcaldía intervenir en él”. Revirtió la responsabilidad a los vecinos.

Quedé con dudas, y claro, decepcionado y casi desmoralizado, al imaginarme el amenazado fin del árbol, derrumbado su cuerpo como comenzaba a estarlo  mi espíritu.

Un periodista ofreció hacer gestión y me dio a conocer un comentario, más que un concepto, de un entendido, donde expresa su afecto por este roble, por su majestuosa presencia, que es escasa, en el que adelantó lo que podría estarlo atacando, y que aunque era un daño grave, se podía salvar y había que hacerlo.

Como había acompañado mi pedido al alcalde de varias imágenes del roble, tanto las que registran lo que lo está dañando (publicadas también por este medio), como de su imponencia magnífica vista desde cualquier ángulo de la Avenida o de la pendiente, volví entonces a argumentarle:

“Las fotografías muestran que el árbol presta un servicio «público». Preexistía antes de que los residentes en el conjunto aledaño, hubieran nacido.

¿Sigue vigente la norma, que permite a los particulares hacer o dejar de hacer, lo que les venga en gana con los árboles, los animales, la naturaleza, y con el medio ambiente?

¿Saben los ciudadanos comunes, aparte del cuidado cívico, aplicar por sí, para sí y ante sí, acciones, soluciones, o decisiones que tienen consecuencias sociales, estéticas y de salud en la comunidad?

¿Si se muere, si se cae sobre la Avenida (aunque mueren de pie), también es responsabilidad de los que viven en el área donde un árbol ha sido embellecedor de la ciudad y purificador de su aire, levantar su tronco, cortarlo, lo mismo que sus ramas, transportarlo y despejar y limpiar la vía?

Hasta ahí llegamos.

En La Francia, cerca a la casa del pintor Jesús Franco, un pequeño bosque quedó reducido a escombros (tal como se aprecia en la gráfica) por obra y gracia de l constructores que buscan enriquecerse sin importar el grave daño a la naturaleza.

¿Como en el reciente juicio de Semana Santa, «no soy responsable de la sangre de ese justo» y ¿nos lavamos las manos? “

El alcalde me reiteró lo dicho por su secretaria de Medio Ambienta, terca en su pasividad. Me sentí impotente porque conozco, por experiencia, que mis vecinos no aman los árboles, ni los defienden. No les importa, como si solo los soportaran por estar ahí. Les molesta que se les caigan las hojas. Y ya hace cuatro años mandaron a derribar dos árboles, los del frente del edificio, por el capricho de uno de los propietarios, ingeniero naturalmente, que vivió treinta con ellos, se fue a residir a otra parte, y como ya no le servían,  convenció a los demás de hacerlos tumbar. Me dejaron solo con mi lamento.

Aún con alcalde verde, me di cuenta por milésima vez, que los árboles en Manizales no cuentan con nadie, o sí, con solo enemigos o indiferentes, o normas que los desprotegen. Y que los funcionarios de las secretarías de medio ambiente, siguen y seguirán lo mismo que los de las anteriores alcaldías, tal como le he venido delatando en los centenares de páginas que llevo escribiendo desde hace cinco años. Y ratificándome desconsolado, que el manizaleño odia los árboles,  tesis central del libro que este gen de la dendrofobia, cada vez manifiesto, no me  deja terminar.

Porque la funcionaria, o llegó únicamente a ver dónde estaba ubicado el árbol, y no se hizo acompañar de un biólogo forestal o un agrónomo o un experto, o si lo trajo, no le permitió siquiera examinarlo, diagnosticarlo, sugerir cómo o quiénes podían intervenirlo. Falta ver si se acercó siquiera a él, o solo desde lejos se cercioró del sitio, sin la más mínima sensibilidad ante la formidable presencia del árbol, ni rozarle siquiera el destino que puede esperarle, ni menos la petición del ciudadano. Como se dice, se desmontó por las orejas, desarmando al alcalde con semejante proposición de indiferencia, para que se desentienda de ésta, y en adelante, de todas las situaciones que tengan que ver con arboledas, aguas, aire, vegetación, animales, y lo que se relacione con la naturaleza y el medio ambiente, si están en áreas privadas.

Pensé en Corpocaldas, entidad con la que he cruzado espadas, por su permisividad y complicidades en talas de árboles, como consta en varios de estos escritos. Mas la pérdida de su contacto, y el temor y la sospecha que me dijeran que no era de su resorte sino de la alcaldía, me llevaron a preguntar a dos personas de las que estaba seguro  me darían luz. En efecto, de EMAS acudió al solo pedido, un ingeniero forestal a revisar el roble. El atento, juicioso y muy profesional examen que le hizo el doctor Héctor Bulla, su diagnóstico y sus recomendaciones, que aunque afirman la grave enfermedad que padece el árbol y la provisionalidad científica de su criterio y su disposición a atenderlo, me llenó de esperanza. Y el compromiso del doctor Humberto Posada, gerente técnico de esta empresa, que prometió atenderlo personalmente.

Y el segundo concepto, fue el del arquitecto urbanista Esteban Escobar, que puede leerse en Eje 21, y el que además de despejar mis dudas sobre la irresponsabilidad de la alcaldía municipal respecto a un árbol que da sobre  una avenida y una amplia y muy pendiente calle de abundante tránsito vehicular y excesivos gases contaminantes, es una clara lección para la secretaria de medio ambiente y por ende saber los manizaleños a qué atenernos. Yo, como usted, también me ilusioné con ella señor alcalde.  Los árboles y los que los amamos, lloramos por Manizales