18 de abril de 2021
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La gripa y personajes de la carta (3)

1 de mayo de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
1 de mayo de 2020

III. POLÍTICA  Y SALUD DE LA ÉPOCA.

Laureano Gómez hizo parte de la “Generación del Centenario”, con Luis López de Mesa, Eduardo y Enrique Santos, Alfonso López, Roberto Urdaneta Arbeláez, Enrique Olaya Herrera, Fabio y Carlos Lozano y Lozano, Alfonso Villegas Restrepo, Luis Eduardo Nieto Caballero, Mariano Ospina Pérez, Armando Solano, y otras, las más destacadas figuras de la política y el periodismo, sin mencionar las de la literatura, en la primera mitad del siglo XX.

El nombre de “centenaristas” se debió a que su iniciación en la vida pública coincidió con la celebración del primer centenario de la Independencia, en 1910. La beligerante irrupción de estos jóvenes, se dio un año antes, en las jornadas del 13 de marzo de 1909 cuando los estudiantes encabezaron una multitudinaria marcha en contra del general Rafael Reyes, quien, entre otros excesos, pretendía firmar con Estados Unidos un tratado de punto final a lo de Panamá, e intentaba prolongar su poder.

Pese a que se persiguió a la oposición, las manifestaciones siguieron por varios días. En ellas, recibieron su bautizo de tribunos, dos jóvenes, uno recién regresado de su especialización en Bélgica, becado, curiosamente, por el gobierno de Reyes, Olaya Herrera. Lanzó su arenga ante los jefes liberales y conservadores que estaban con la multitud.  Y el otro, Laureano Gómez, estudiante de  ingeniería civil, improvisó en la Facultad una tremenda requisitoria contra la dictadura, y sus compañeros admirados lo alzaron en hombros. La policía lo encerró, pero salió porque se decretó la amnistía. Nació el orador. Tenía 20 años. En julio de ese año, se graduó con todos los honores en la Universidad Nacional. Dos meses después, se reunió con unos amigos para fundar un  periódico. José Arturo Andrade, el destinatario de la carta, estuvo allí. El 2 de octubre de 1909 apareció La Unidad. Nació el periodista.

Ese año reapareció La Gaceta Republicana, de Olaya Herrera, fundado y suspendido meses antes, para hacerle campaña a Carlos E. Restrepo.  En 1911, Villegas Restrepo fundó El Tiempo. Ese mismo año, Enrique Santos compró en Tunja La Linterna, fundado en 1909, y El Nuevo Tiempo, entonces el diario más influyente y de mayor circulación, pasó a la muerte de su propietario, el pensador Carlos Arturo Torres, a las manos del poeta Ismael Enrique Arciniegas, que lo volvió conservador.

Tanto el partido liberal como el partido conservador, estaban divididos. Después de la derrota en la guerra de los Mil días, y por su colaboración, como la de muchos otros liberales eminentes, en el gobierno de Reyes, el general Rafael Uribe Uribe se había ganado el odio de muchos de su partido. El principal, del jefe el general Benjamín Herrera, que no lo podía ni ver, y periódicos como El Republicano, del salamineño Ricardo Tirado Macías, antiguo compañero de armas en la guerra y vocero suyo, lo fustigaban a diario. Los conservadores venían divididos desde finales  del siglo XIX, en nacionalistas e históricos. Fue surgiendo otro partido, La Unión Republicana, de elementos conciliadores,   decepcionados de ambos partidos, y que vencieron en la Asamblea, llevando a la presidencia al candidato lanzado por Olaya Herrera y por el mismo Benjamín Herrera:  Carlos E. Restrepo. Fueron también republicanos, Villegas Restrepo, Eduardo y Enrique Santos, Aquilino Villegas.

En el gobierno de José Vicente Concha, se fueron reintegrando a sus partidos de origen, por el peso de los sus dirigentes, Uribe Uribe, del llamado Bloque Liberal, y Marco Fidel Suárez, de la Concentración Conservadora. En su gobierno, por medio de un decreto, Suárez acabó con ellos definitivamente.

¿Y la Salud? Los afanes de ciertos médicos por la experiencia vivida en la guerra de los Mil Días, los llevó a crear dos servicios de ambulancia, uno para Santander y otro para Fusagasugá. Se dio la iniciativa de crear la Cruz Roja del país  y se instaló después de manera oficial en 1915. La Internacional ingresó en 1920

Las Memorias Médicas del doctor Jaime Mejía, que son  bastante ilustrativas, cuentan que los estudiantes no se lavaban las manos para su prácticas. Se aplicaban métodos tradicionales, el papel del laboratorio no lo entendían muchos, una innovación fueron las cátedras de patología interna y fisiopatología para buscar la explicación de las enfermedades, que introdujo el doctor José María Lombana Barreneche, quien también se enfrentó a Suárez en 1918 para la presidencia.

Las recomendaciones que acataban los gobiernos provenían de la Junta Central de Higiene, que elegía los miembros de ternas de la  Academia de Medicina. Pero casi no la atendían, ni la subvencionaban, según el mismo doctor Lombana. Era más una estructura burocrática. Desde antes de 1910, el doctor Martín Camacho recalcaba sobre la importancia de la bacteriología y se quejaba del desdén que profesores y médicos en Bogotá, daban a las nuevos métodos de investigación clínica. El recién fallecido doctor José Félix Patiño, decía que antes de ese año la medicina en el país era más arte que ciencia.

A partir de este año fueron cambiando las concepciones médicas clínicas y diagnósticas.  En 1913 el médico Gabriel Camero en un congreso de Medellín, insistió en que “hay que hallar el agente causal… y hay que encontrar el correctivo” que detenga y elimine la acción de su daño. La capital antioqueña ya contaba con dos laboratorios  y el Hospital San Vicente. En 1917 se creó el Laboratorio Samper Martínez, que fue en la práctica, el “eslabón importante entre de la investigación médico-clínica y la salud en Colombia”. En 1915 apareció la Revista Médica de Bogotá, con un artículo sobre el famoso Informe Flexner que desnudó las fallas de la educación médica norteamericana, provocando con él una revolución. La que  mejoró  admirablemente por la guerra.

Hay que  tener en cuenta que Colombia era un país campesino, que los lejanos municipios no contaban con servicios de salud y no tenían carreteras. Que en Bogotá la población se mantenía en un desaseo lamentable y casi la mitad  vivía en las faldas de los cerros. Los bogotanos no supieron qué era bañarse hasta después de 1950. Así fue como los cogió la letal pandemia de gripa bajo el gobierno de Marco Fidel Suárez