20 de abril de 2021
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La caravana de Gardel

27 de abril de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
27 de abril de 2020
Escena de la película la Caravana de Gardel. Imagen You Tube

El título de esta reseña es compartido por una película del director caleño Carlos Palau y por el novelista Fernando Cruz Kronfly. La película se elabora siguiendo los derroteros de la novela y, la novela, optó por la leyenda popular: “…Todo lo que ocurre en la novela es ficción, menos el viaje por ferrocarril, mula y carro, que fue real.”. Al momento de escribir esta nota, no conozco la película, pero, por las noticias, las dos versiones escogen sus propios escenarios y, al fin y al cabo, se deciden por la imaginación que se promueve, en sencilla latría, por los corredores de la fama.

El protagonista es Arturo Rendón: “De joven, Arturo Rendón se había desempeñado como rústico arriero de mulas por los caminos del viejo Caldas”; su emblemático papel lo alumbran su colega de travesía Heriberto Franco, y Luis Gómez Tirado, empresario del transporte, dos mulas bautizadas Bolívar y Manuela, y tres prostitutas que hacen evidente el machismo recreado en lupanares: María Bilbao, “esposa en fuga”, la Leona y la Gata. El objetivo del abandonado: “Ya está decidido –se dijo-, mañana partiré para Umbría. Y regresaré con un pedazo de su sombrero para hacerme con él un relicario…”

Inicialmente se había pensado en conducir la imagen con los baúles desde Pintada hasta Valparaíso en una caravana de berlinas, para en seguida tomar las mulas y empezar a trepar por los caminos del viejo Caldas, pero algunos dijeron que la carretera estaba en reparación a causa del invierno anterior y que desde hacía dos semanas siete vehículos que hacían la ruta permanecían atrapados entre el fango.

Noticia cierta, diríamos hoy: “…todo el mundo tenía conocimiento de que en aquella caja mortuoria lo que en realidad venía era el cadáver de Carlos Gardel, exhumado el día anterior por Horacio Urquijo, mayordomo del cementerio de San Pedro y sepultado seis meses atrás…” La ficción promueve otro recorrido que busca, en el sentido del cañón del Cauca, la ruta de la aventura: Supía, y lo que encuentre por el camino certero, es decir, antes y después de Valparaíso, punto real de referencia, y de ahí a Caramanta y hasta Armenia, lugar donde los rieles, permitirán a Arturo Rendón despacharse en tren, en un arrebato de insatisfacción por la compañía “de transportadores” y llegar a Buenaventura, e inventarse o adivinar la despedida final de Carlos Gardel, en una embarcación sin identificar, y que partió a Panamá, para tomar su propia autonomía de vuelo, por Brasil, Montevideo y Buenos Aires; el que quiera confirmar que si llegó, vaya al cementerio de la Chacarita y visite el Club Boca junior, donde le pueden guiar.

El tratamiento dramático de la novela permite mostrar las formas relajadas de la cultura regional, la que basta para perfilar el tiempo, ese tiempo que el novelista establece en tres lustros definitivos, (1935-1950), momento de descomposición de la arriería simbólica del café y de la apertura de suertes en la minería, la cual, de paso, nos sirve de ilustración, en el afán de explicar lo sicosocial en una especie de talante maniaco depresivo, que se toma los bares y cantinas, en la lujuria furtiva, que ni escandaliza ni excluye: “Y por eso el tango se había apoderado de la calle para recibir a su cantor como uno de los suyos, carne de su propia carne prostibularia”… “música de dolor y destierro, de hombres y mujeres victimados por el prodigioso experimento moderno de libertad”. Son los tangos que se nutrieron del arrabal porteño y que en la erudición del novelista, sorprende en su largueza de inspiración, al darle vigencia en los rincones de la montaña, por la que los caminos permiten atravesar todos los encuentros y desencuentros. Cada canción tiene su remedo en las vivencias que se dicen tan propias y que, a pesar de todo, es la voz deificada de El Zorzal criollo, en el lenguaje de pastos y carreras de la misma tierra de la pampa, que admitía la leyenda de los lupanares en el recreo de la tradición y en los avatares del sufrimiento de los seres urbanos: “…Un niño bien planchado, bien lavado y bien puesto que habría de crecer sin embargo en medio de la sabiduría de la calle y la sensibilidad del arrabal…”.

El personaje Arturo, y Heriberto, jugaron a la profanación del cadáver, en un descuido ya de viaje a Caramanta. De pronto fue antes, ¡no se sabe! La ficción hace pecar a los dos, pero Arturo, tiene tabúes con el cuerpo de los difuntos y es su “colaborador” quien logra semejante odisea en un descuido del “socio”. Cuando el recorrido de Arturo, en los años cincuenta, lleva la fijación de un reclamo que lo llevará hasta Umbría, a reclamar su parte, nos despierta, al final del escrito, con que ya no era un pedazo de sombrero, sino, también, la heredad de las dos bestias que hicieron el enganche para el traslado del féretro, que dijeron ser de una imagen de sacristía para no despertar emociones que alteraran la misión internacional depositada en ellos. Por el camino de Umbría, años después, Arturo se entera de que su socio, con navaja y todo, extrajo piezas de la dentadura, del cabello, del sombrero ni se diga, de la carne achicharrada, en fin, lo que la ficción permitió recolectar para crear museos que se alumbraban o que hacían improvisar bailes de redola.

Toda esta magnificación de Carlos Gardel, mártir del fuego de los malos aires, en el cielo de Medellín, la apoteósica ciudad de la incondicionalidad con difunto personaje, toma, sin insistir mucho, el fatal 24 de junio, el punto de partida del enigmático viaje, hasta el 15 de diciembre en que llega a Valparaíso, donde, en realidad, pasó una pequeña temporada, bajo el cuidado de un joven de 25 años, llamado José de Jesús Rico Villamizar, oriundo de Silos (N. de S.), un ciudadano impecable moralmente y quien, más adelante, fue Profesor y Rector del Colegio Alexander von Humboldt, en Bogotá, calle 68 con Caracas, para mayor detalle. Imagino que Fernando Cruz no alcanzó a conocer a este protagonista, quien, a más de objetivo y documentado historiador, relataba su circunstancia laboral con humor, por haber compartido la habitación-bodega, de acuerdo a su compromiso de vigilancia adquirido con la empresa de berlinas. La vida del profesor Rico Villamizar da para una novela, pues sus primeras aventuras lo llevaron al campo petrolero de Barrancabermeja, donde adquirió paludismo y prefirió renunciar; luego fue a Ocaña, en 1931, donde trabó amistad con el policía liberal, Ignacio Lesmes, a quien conoció por un leve roce en un andén, ante el cual, el nervioso agente, respondió desde la mitad de la calle, temeroso de que fuera un amigo del recién “ejecutado” Patricio Galvis, hombre de acciones intrépidas, por diferentes instancias de la región y, ante la equivocación, el policía pidió excusas aceptadas por el ciudadano y, con ello, surgió una amistad bipartidista, según me relataron ellos mismos, en circunstancias diferentes; también, el profesor Rico fue empleado de una empresa maderera, en Córdoba y, por ello, se contaba entre los fundadores de Tierra Alta; finalmente, fue autor de un importante libro titulado “América, dolor inédito” y alcanzó a ser nonagenario.

Volviendo a la novela, debo destacar que se trata de una novela de la violencia colombiana. La violencia, aquí no toma esos tintes de la difamación partidista sino, del escalofriante testimonio escrito sobre los remolinos del rio Cauca, donde las víctimas van buscando el destino incierto de sus cuerpos desangrados, a quienes “exhumaron” en la corriente, para eliminar rastros o para amedrentar en pleno día, en forma tal que volvieron rutina la amenaza. Una violencia de raíces patológicas que se ensancha cuando el modernismo tocó las puertas de la vida colombiana, con especial sadismo en el occidente, donde el contraste de los valores de la sociedad tradicional se enfrentaba al modernismo, esperando que un tango la retratara: “Y esto a partir de ciertas coincidencias en el desarraigo migratorio y el peso de la culpa, el despojo por la urbanización acelerada y el despliegue defensivo de ambiguos y contradictorios sentimientos antimodernos…”. Todo el sadismo que han dado en llamar “violencia política”, labor propia de encubridores del desastre, en la novela se muestra como pinceladas furtivas escapando a las miradas alarmadas, que registraban las masacres de diferentes pueblos y los escupitajos de los demonios de la venganza.

El tema de buen humor, no lo tomo de la forma en que se recrea la fácil lujuria del personaje, Arturo, domador de potras del camino, sino de la empaquetadura que adquirió para retomar los pasos con destino a Umbría. El hombre por el mundo encontró la forma de vestir con el sombrero, con el traje de dócil y liviana tela, con lo que la salsa recrea…con el estilo de los duros al pasear…con la goma para el cabello…con el espejo calculador de la presencia… para lucirse de efectivo desbraguetado, desposando mujeres ensortijadas con los tangos y dispuestas a establecer los pasos que hacen elegante la levantada de las piernas o la frenada de los tacones. La obra de Fernando Cruz, tiene el sabor del cañón del Cauca y lo reafirma como un destacado de la literatura colombiana.