20 de abril de 2021
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Ocaña: la ciudad colonial

29 de marzo de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
29 de marzo de 2020

El ostentoso título de “ciudad” es una expresión de la dominación imperial y un juego de intereses de los Cabildos. Llamarse ciudad significaba disponer de una prebenda fiscal y ganar en el manejo político administrativo, para beneficio de los vecinos, en la efectividad de la ocupación. El Rey cedía en algo, el centralismo, a cambio de evitar los contratiempos de los problemas inmediatos y cercanos del nuevo reordenamiento territorial, impuesto a las malas a los aborígenes y con la seguridad de confundir los errores humanos con los requerimientos de la evangelización. Fue tan amplio el poder de las ciudades, que llegaron a confundirse con los de las Gobernaciones y solo muy pocas se fundaron si las circunstancias extraordinarias (como la minería, las distancias o la defensa) no la hubiesen patrocinado.

La Plaza Mayor constituía el centro de poder, con suficiente imposición en la voz de los recién llegados, debidamente jerarquizados por la adhesión al Rey y por los aportes personales y familiares en la empresa realizada. La construcción de la Plaza Mayor destacaba su propia prestancia, según la reglamentación de Felipe II, y construía sobre dos cuadras a los lados, en reconocimiento de la importancia inicial, o de una cuadra cuando la topografía no lo permitía. Hubo casos de ciudades fundadas, con todos los requerimientos propios de la ocupación de fronteras que fueron autorizadas a construir Plaza Mayor grande pero, con el tiempo, al no mantenerse la importancia, ni las condiciones en el reordenamiento territorial, fueron invadidas por los vecinos o por la maleza.

En el marco de la Plaza se construía la Iglesia Mayor, cuando los aportes y la estabilidad del vecindario lo creyeran necesario. Esta forma de la devoción resultaba de una jerarquización social, que buscaba expresión de su papel social y de su solvencia económica en el entorno. Estar cerca del altar, era considerado una conveniencia asociada a las plegarias.

La observación del diseño urbano de las ciudades, fundadas con posteridad a 1570, muestra bien la organización de cuadrículas, adaptándose a la topografía y dejando en claro que se trataba de un aporte de la civilización europea. En el caso de Ocaña, el damero urbano logró definirse, lentamente, a medida que adaptaban a las condiciones iniciales de la ocupación. Por lo general, el complemento del diseño inicial, lo daban las calles serpenteadas que surgían de las adaptaciones topográficas de las pendientes o de las formas organizadoras de los caminos en sus puntos de servicio a la arriería.

En el caso que nos ocupa, los grandes encomenderos se establecieron en el entorno de la Plaza Mayor, según la costumbre, para fijar sus hogares. Los nombres de Juan Quintero Príncipe, de Antón García de Bonilla, de Gaspar Barbosa de Marís y otros, estuvieron inscritos durante los primeros decenios de la colonia, en los entornos de la Plaza Mayor. Quienes llegaron un poco tarde al avecinamiento, encontraron en la Calle Real, similar prestancia para sus locales y residencia.

Las calles establecidas por la distribución de los solares, al momento de la fundación, respondieron, como hemos mencionado, a la aplicación de las recientes normas de urbanismo, las cuales, exigían el damero con cuadras de cien metros de lado. La primera capilla fue la de San Francisco, en manos de los conventuales encargados de la evangelización de indígenas y de los servicios del altar al resto de la población; La segunda fue la ermita de San Sebastián, de la cual se harían cargo los conventuales agustinos en el siglo XVII, situada en los extramuros de entonces, atendiendo a las comunidades indígenas del norte de la ciudad. La construcción de la Iglesia Mayor fue iniciada en el segundo decenio del siglo XVII, con un plano de construcción de tres naves, mantenido después de muchas reformas, como es natural en esta clase de trabajos, patrocinados por donaciones.

La evolución urbana se sometió a los caprichos de la topografía. De las calles organizadas primero, siguiendo “la hamaca” entre las dos Iglesias iniciales, sobretodo, en el entorno de San Francisco mantuvieron, la cuadratura hasta donde fue posible. Al ocupar la Calle Real, las adaptaciones fueron importantes y, generaron la calle de retorno que, también, rozaría la Plaza Mayor, sirvió de escenario para la llamada Semana Mayor, llamada Calle de la Amargura, para referenciar el dramatismo de la didáctica religiosa.

Por todos los puntos cardinales, los caminos marcaron sin contratiempos, el urbanismo. Por el occidente, la Calle del Tejarito comunicaba desde los finales del siglo XVII, con el camino de El Cauca y con Pueblo Nuevo, desde luego. Igual, la Calle de Villanueva comunicaba con los pueblos indígenas de Sinuga y con los caminos al sur occidente, buscando el valle del Magdalena y Simití. Por el oriente, la calle de La Piñuela se construyó bordeando el riachuelo con inmuebles destinados al servicio de los arrieros y con locales comerciales. Hacia el norte, la salida de la ciudad se orientaba por la calle de Los Altillos y seguía la del Llano Echavez y Las Llanadas, para tomar el rumbo de Venadillo y el Alto de la Camarona. Por lo general, el urbanismo referenciaba el modelo de la Plaza Mayor, pero cedieron a las necesidades urgentes de construcción de modestos inmuebles y volvieron convencional su ubicación en los arrabales de la época.

Mucha incidencia tuvo, desde entonces, para la ciudad, la limitada disponibilidad de tierra para la construcción de vivienda, debido a las dimensiones de los primeros solares. Las medidas legales concentraban el terreno por los derechos de la misma ocupación. Los blancos pobres y los mestizos, empezaron a instalarse en los alrededores del marco urbano, fijando su casa de acuerdo a las características de las huertas y no de las normas exigidas.

Al momento de exigirse claridad en los linderos, la ciudad tuvo problemas de convivencia con los ocupantes “de facto” en las vecindades. Los enfrentamientos entre los pobladores, llevaron a pleitos interminables y a choques personales, surgidos por esta clase de posesiones. El Alcalde Ordinario y Alférez Real don Francisco del Rincón, en 1731, promovió la solicitud de una solución legal en la Real Audiencia, ante … el crecido número de vecinos que tiene… se han introducido a ser inmediatos a la ciudad estancias de Ingenio de trapiches, padeciéndolo el vecindario en el carecimiento de maderas para fábricas de casas y la leña que cada familia necesita para el gasto diario… y por los clamores que los vecinos dan sobre ello por las continuas discusiones que se les ofrecen con los vecinos que tienen sus hacienditas inmediatas a la ciudad…

El Cabildo de 1732, continuó con el proceso iniciado para redefinir los ejidos de la ciudad porque de “los que se señalaron en su fundación con claridad no se ha hallado razón”… y “procurando la pacificación de unos y otros” se pretendía dar cuenta a Su Alteza en la Real Audiencia. Se tenía en cuenta … que cuando fue poblada esta ciudad se le señalaron ejidos y pastos comunes como consta del primer libro capitular que se formó en ella por auto proveído por el muy magnifico Señor Francisco Fernández teniente de Gobernador, capitán y justicia mayor que fue en esta dicha ciudad en catorce días del mes de diciembre de mil quinientos y setenta años que se tiene presente y con el transcurso del tiempo estando dudosos los linderos de dichos ejidos por no constar medidas siendo cierto que los que por conjeturas se juzgan serlo estar en tan corta distancia que apenas se pueden graduar de Rabales de la ciudad de que se siegue notable perjuicio al vecindario especialmente a los pobres por no tener de qué disfrutar maderas y leñas para el beneficio de sus casas porque la duda de dicho ejido ha dado motivo a que algunas personas tengan ocupados los que prudentemente se deben considerar ejidos con labranzas y trapiches que aún no distan media legua de esta ciudad.

Esta situación bien pudo originarse en los contactos iniciales, antes de la fundación, entre los pobladores de origen hispánico y los aborígenes, los cuales, se iniciaron cerca del río Grande del Tejo, en los barrios Villanueva y La Costa.

El primer intento de fundación se registró en 1561, como parte de un afán de la ciudad de la Nueva Pamplona, por establecer jurisdicción en la proyección del Lago de Maracaibo y para efectos de impresionar, con la presentación geográfica y competitiva, llamaron al río Tejo, río Grande del Tejo, siendo, como es, un afluente menor del río de Los Carates o Catatumbo. Según lo advertían los primeros historiadores, Don Ortún Velasco “dio comisión a Pedro Alonso y a Juan Trujillo (1561) para que establecieran una población con el nombre de Alcaldes, a orillas del río Catatumbo, que lleva las aguas al lago de Maracaibo.” Los problemas de jurisdicción neutralizaron la fundación, lo cual deja la idea de ocupación y asentamiento convencional, debido a que el territorio formaba parte de la Gobernación de Santa Marta, desde que el capitán Antonio de Lebrija estableció limite en el río que lleva su apellido y porque la jurisdicción era respetada para evitar que la ciudad de Santa Marta entrara en decadencia definitiva, ante la limitación de los recursos mineros y de fuertes centros demográficos indígenas sometidos, lo cual, justifica también, el permanente celo jurisdiccional, por parte de los samarios.

Mayor información de este tema, se encuentra en los libros “Ocaña Colonial” y “Los Borbones y la Región”, disponibles para la venta en la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero.