28 de mayo de 2020
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Un trágico episodio del periodismo caldense

16 de febrero de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
16 de febrero de 2020

Por Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

(Fragmento del libro “Una vida en olor de imprenta” -Amazon, 2020-) 

A comienzos de los años 80, William Bedoya era periodista del diario La Patria de Manizales, donde fungía como redactor judicial.

Entonces tenía menos de treinta años, empezaba a incursionar con éxito en los medios informativos más importantes de la capital caldense, y por ello, seguramente con el apoyo de destacadas personalidades políticas que nunca faltan en nuestro oficio, fue nombrado por el procurador general de la nación, Carlos Jiménez Gómez, como su secretario privado.

En realidad, dicha designación sorprendió a muchos de sus amigos y colegas, los cuales nunca imaginamos que él tuviera condiciones para ocupar ese cargo, ni entendimos por qué abandonaba, de buenas a primeras, la carrera de comunicador que podía llevarlo muy lejos.

Fue así precisamente, en su flamante condición de funcionario público, como volvimos a vernos en Bogotá, en los pasillos del Capitolio Nacional, donde nos trasladamos a la cafetería para tomarnos un tinto y compartir, sonrientes, nuestros tempranos éxitos profesionales en la capital de la república: el suscrito, como asesor del presidente de la Cámara de Representantes, César Gaviria Trujillo, y él, como secretario privado del Procurador, posiciones destacadas que no soñamos siquiera varios años atrás, cuando compartíamos puestos de redactores en La Patria.

Luego nos despedimos, confiados en que pronto departiríamos de nuevo. Pero, nunca más nos topamos otra vez. No. Recordemos por qué.

Escándalo nacional

Cuando volví a saber de él fue porque todo el mundo en Colombia lo supo al revelarse, al parecer por parte del Movimiento Latino presidido por Carlos Lehder, la grabación, contenida en un casete, en la que William hablaba con el poeta Luis Fernando Mejía, en compañía de un periodista de La Patria, Mario Escobar Ortiz, acerca de su posible mediación en la procuraduría para frenar la extradición de Lehder a Estados Unidos como narcotraficante, labor por la que debían pagarle veinte millones de pesos.

Carlos Lehder – Foto cortesía de La Patria

Se trataba de un chantaje o soborno de marca mayor, sin duda. No es de extrañar, entonces, que aquello se convirtiera de inmediato en gran escándalo nacional, entre los mayores del año. Citemos tres razones, a modo de pruebas.

Lo fue, ante todo, por el asunto en cuestión, donde se puso en evidencia la corrupción imperante, además de ser ilegal a todas luces, con las debidas consecuencias jurídicas y cárcel a la vista, que eran de esperarse.

En segundo lugar, por tener como escenario a uno de los máximos poderes del Estado, encargado paradójicamente de fiscalizar a la administración pública para enfrentar fenómenos de corrupción en el país, que se veía enfrentado ahora a una situación tan vergonzosa.

Y, en tercer lugar, por aparecer implicadas figuras representantivas como un importante empleado estatal (William Bedoya), un periodista (Mario Escobar), un escritor galardonado con el Premio Nacional de Poesía (Luis Fernando Mejía) y un reconocido narcotraficante (Carlos Lehder).

De hecho, el propio Cartel de Medellín estaba comprometido porque Lehder cumplía a cabalidad las instrucciones de su jefe, Pablo Escobar Gaviria, quien tenía casada una pelea con el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, a quien condenó a muerte de tiempo atrás en su flamante condición de representante a la Cámara en nombre del santofimismo, grupo político orientado por el senador Alberto Santofimio Botero.

Salvado de milagro

Era un asunto, pues, para alquilar balcones. Tanto la prensa como la radio y la televisión hacían su agosto, con una amplia audiencia, incluso internacional, que no se perdía nada, absolutamente nada, de los pormenores que se venían divulgando.

Mario Escobar

Yo estaba, además, al tanto de todo eso. Con mucha tristeza, además. Al fin y al cabo Mario fue mi mejor amigo en Manizales y, aunque lo llamaran El maloso, era un hombre bueno, a quien mucho le debía.

William, por su lado, fue también compañero de trabajo en La Patria, a quien admiraba como periodista, augurándole un futuro próspero en tal sentido, y Lucho, por último, era el poeta más respetado y querido en Pereira, con quien había compartido en Manizales una que otra jornada literaria, como la que tuvimos alguna vez en casa de Jorge Eduardo Vélez y su esposa, Isabelita Mejía.

Yo recordaba, por cierto, cómo Mario, dos años antes, me había invitado a escribir en el periódico de Lehder, cuya dirección estaba a cargo de Lucho, por lo cual daba gracias al cielo tras haber rechazado tan generosa propuesta, con buen pago a favor, y librarme de caer, de una u otra forma, en las garras del narcotráfico y la corrupción, a diferencia de mis queridos amigos, cuya difícil situación presenciaba con dolor, con angustia insoportable.

Entrevista fatal

Los hechos mencionados ocurrieron entre el martes 20 y el miércoles 21 de marzo de 1984, cuando fue divulgada la grabación y se desató el revuelo periodístico, el cual alcanzó su punto crítico cuando en el programa “6 a.m. – 9 a.m.”, de Caracol Radio, le hicieron una entrevista telefónica a William, quien estaba en su apartamento, sin que, por lo visto (u oído), tuviera plena conciencia de las graves circunstancias que atravesaba.

Jorge lo escuchó en aquel momento, notándolo desesperado como nunca, confundido, sin saber qué decir ni qué camino coger, acorralado por las preguntas que le lanzaba Yamid Amat, su famoso colega de origen palestino, hasta que, en medio de la confusión, cortó en forma abrupta el diálogo, como si admitiera tácitamente su culpa a pesar de estar proclamando, en vivo y en directo, su inocencia.

Al día siguiente, jueves 22 de marzo, William fue hallado en su habitación, sin vida. Simplemente se había suicidado, incapaz de hacerle frente a las implicaciones del error cometido en complicidad con Mario y Lucho o, lo que es más probable, en la trampa puesta por las mafias del narcotráfico para desacreditar a la procuraduría y al mismo gobierno nacional en su afán por aplicar la extradición.

Lehder y Pablo Escobar se habían salido con la suya.

(*) Escritor y periodista. Ex director del diario “La República”