18 de abril de 2021
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Pesadilla

7 de febrero de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
7 de febrero de 2020

Pero por calles soleadas, por calles de urapanes y mayos,
en mi país, donde la aérea  nieve es fábula de viajeros, …                                                                                                
Un recuerdo de Invierno:  William Ospina

Ya no te quedan ganas vive como el árbol que espera                                                                                                          a ser  tu morada final. Canción:  Rafael Urrea Soto

Comenzó a contarme atropelladamente: “Salí muy temprano, como lo hago muchas veces, antes del amanecer. A la primera mirada, vi que iba a ser bella la mañana, pero a poco,  una nube baja, sucia y densa, llamó mi atención como un presagio. No era de anuncio de lluvia. Ni hice caso. Sólo una intrusa en un cielo que comenzaba a despejarse. Comencé mi ejercicio mirando solo al frente, y como no me había sucedido antes, los punticos negros que nublaban mis ojos cuando subía un poco la frente, insinuaron consulta al oculista y trataba de sacudirlos girando la cabeza hacia los lados. Como si hubiera ceniza en el aire, pero a esa hora seguía oliendo a fresco.

Fue al regreso de mi trote que escuché el espantoso ruido de la máquina…. Y al bajar la última curva para llegar a la alameda que llamamos Calle del Pecado, me topé con toda esa maquinaria, y esa gente. Ya habían caído los dos primeros y corrí desesperada. Les grité qué estaban haciendo. Que cómo se les ocurría. Me metí entre los árboles para pararlos de alguna manera. Miré para todas partes y nadie pasaba. O no sé, porque estaba enceguecida de asombro, furia y dolor. Un obrero me quitaba,  me decían ¡cuidado!, que si algo me pasaba me lo estaba buscando. Vi que un funcionario de la secretaría del Medio Ambiente me filmaba con el celular (o era de Corpocaldas, grababan varios, y cada uno tenía el suyo haciéndolo). El Alcalde Cardona, me pareció reconocerlo, estaba más lejos, con los que parecían ser los dueños, los que ordenaban, con esa cara imperturbable de los urbanizadores, uno me miraba con   desprecio, con los labios cerrados hacia adelante. Y hasta comentó. Qué hacemos con esta histérica.

Yo seguía, me metí entre las copas que yacían en el suelo,  me caía y tropezaba, corría hacia adelante para abrazarme a un tronco, pero tumbaban el otro y el de enseguida, no sabía qué hacer, pedía auxilio, asesinos, infames, qué van a respirar nuestros hijos, los de ustedes,  piensen en sus niños, y el de esa mirada de manizaleño entre imperiosa y presumida, de dueño, de poderlo todo, me veía chiquitica, y les hacía uno o que otro gesto, como diciéndoles,  hagan lo que quieran con ella, quítenla.

Y por allá el Alcalde, daba la espalda, o volteaba a mirar riéndose, como si no fuera con él, con el grupo que a todas luces era el de los ingenieros urbanizadores,  porque hasta tienen o me lo parece, una figura física, un aspecto, que es notorio, por el rostro de codicia pragmatista, de no me importa,  de aquí mando yo y  hago lo que me da la gana, muy de los ricos de pueblo y de ciudad de provincia. Y el alcalde  ahí, se sentía entre los suyos.

Solo miraba a donde le indicaban con el brazo estirado los de la construcción, halándome para apartarme, sin importarle lo que hacían conmigo. Fue cuando pregunté por Corpocaldas, donde están, qué hacían, y tres de ellos dirigieron los ojos hacia  a uno de corbata  grande y colorado que estaba con otro, más lejos, impasible.  Y alcancé a escuchar decir doctor …un apellido. Y se fue alejando. Dio la espalda.”

Enredaba algo las palabras en su nervioso relato. Tras un silencio ahogado, más serena, nos dijo “Claro. Fue la pesadilla que tuve la noche siguiente. En verdad, yo me vine fue a llorar. Sólo pregunté, qué están haciendo. No distinguía a los que estaban allí. No los conocía ni los conozco.” Paula sacudió su cabeza, como apenada y agotada. “Cuéntele” le había dicho señalándome, el maestro Jesús Fanco, a esta estudiante de filosofía que conocí con el grupo de jóvenes que asumieron dos años antes la defensa de los urapanes de Milán y recordaba la carta abierta en la que los árboles preguntan al talador alcalde Rojas y a los que le cohonestaban la tala, cuál era su culpa. Ahora fueron los urapanes de La Francia, las nuevas víctimas de la acción depredadora de la inmobiliaria Las Galias. Aterrizada la pesadilla, llegó la inquietud, la zozobra, la indignación, por el regreso de los bárbaros.