28 de febrero de 2020
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Meterse en la vida de los demás

14 de febrero de 2020
Por Eligio Palacio Roldán
Por Eligio Palacio Roldán
14 de febrero de 2020

Manipulan la religión, la política, la publicidad, el mercadeo y nosotros mismos, cada día, en una infinita batalla por invadir el inconsciente del otro para doblegarlo y hacerlo cumplir nuestros objetivos u obsesiones.

Tal vez quien mejor describe la manipulación de los seres humanos por parte de las clases dominantes ha sido Carl Marx  con su famosa frase: “La Religión es el opio del pueblo”. En efecto, el mismo Dios ha sido usado no solo para aliviar al humano dándole sentido a su sufrimiento, con la posibilidad de una vida mejor, en el más allá, sino para coartar sus libertades individuales.

A pesar del paso del tiempo y la evolución tecnológica, las religiones no han perdido su papel protagónico en la manipulación de la humanidad, a pesar de la gran diversidad de vertientes y del desarrollo de otros instrumentos como los medios de comunicación, la publicidad, el mercadeo, las mismas drogas y la más reciente aparición de las redes sociales. Manipular, según la Real Academia de la Lengua Española, significa “Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares.”

Esta semana se destapó un nuevo escándalo de manipulación con “La Bodega Uribista”. La publicación digital “Las Dos Orillas” la describe, en un titular como “… un ejército de 86 activos tuiteros”; e indica que: “Funcionarios del gobierno, excandidatos del CD e influyentes tuiteros actúan organizadamente para defender el ideario uribista y contrarrestar críticas al gobierno”. (El medio de comunicación denuncia la manipulación pero a la vez manipula con titulares exagerados como “ejército” de 86 tuiteros)

Obvio que con la conversión de la humanidad en una pequeña “Aldea Global” de la que hablara hace más de  50 años Marshall Mcluhan, las estrategias de manipulación al estilo “La Bodega Uribista” se multiplicarán y generarán rechazo o aplausos de acuerdo con los propios intereses, porque en estos tiempos también hay una obsesión  por creerse dueño de la ética a pesar del imperativo, poco noble, de imponer la propia verdad.

Y es que tratar de imponer la propia verdad, manipulando al otro, como escribía en las primeras líneas de esta columna, no es un hecho propio de organizaciones sofisticadas; es nuestro quehacer diario. Todo parte de no admitir la posibilidad de una visión diferente a la nuestra, desconociendo que estamos cargados de lo simbólico y lo imaginario en una distorsión de una realidad que queremos imponer; también, de un ego incontrolable que, paradójicamente, nos acerca a formas de ser como las de algunos dirigentes uribistas a los que está de moda rechazar.

La manipulación, el meterse en las decisiones del otro e imponer nuestra visión de la vida y del mundo es otra forma de esclavitud. Forma de esclavitud que se agrava cuando se tiene alguna posición de dominio de un grupo humano: Estado, gobierno, entorno laboral   familiar e incluso en el ámbito de la amistad.

ANTES DEL FIN

Distorsionar la realidad es, también, no entender lo que el otro pretende decir y tergiversarlo.

¿Por qué en vez de imponer la verdad, no llegamos a un “Acuerdo sobre lo fundamental” como lo pidió tantas veces el líder colombiano del siglo XX, Álvaro Gómez Hurtado?