28 de febrero de 2020
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Ella reclama lluvias y neblinas

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
14 de febrero de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
14 de febrero de 2020

La mejor plegaria es la observación desinhibida y desinteresada de la naturaleza, es también la mejor forma de meditación. La naturaleza logra que alcancemos un alto nivel de abstracción y que abandonemos nuestro yo, aunque sea por unos instantes.  Igual puede suceder con el arte, pero es un tanto más difícil, y en tal caso se requiere de cierto nivel de experiencia o conocimiento. Frente a la naturaleza, en cambio, nuestro ensimismamiento es genuino y primario. El mismo que se evidencia cuando observamos a un niño perplejo ante un fenómeno natural o una criatura que desconocía.

De niño, me tendía en las mañanas de vacaciones en un jardín enmontado que rodeaba el edificio en el que vivía –le decíamos la manga–, a ver pasar las nubes. Me emocionaban aquellas masas blancas que iban moviéndose a veces rápido y a veces lento. Sabía, claro, que de un momento a otro podían desprenderse en una leve llovizna o en aguaceros ruidosos y formidables. A veces, también, y esto era más emocionante aún, bajaban, tal como eran, hasta el suelo, y envolvían todo en un manto suave y blanco. Entonces, no me tendía en el prado, sino que corría con la boca abierta, intentando que la neblina se colara en mi cuerpo. Esos días era tan feliz, y quedaba tan embelesado, como cuando llovía a torrentes y salía a sumergir mis pies entre el agua que corría por las bermas. Luego venía –cuando haberme mojado provocaba un estornudo–, el olor del vick vaporub y el calor de un buzo viejo sobre la camisa de la piyama.

Nunca me pregunté por el fenómeno físico de las nubes o la neblina, me bastaba con constatar y gozar de su existencia. Ahora entiendo un poco, porque, sin ser un mal alumno, nunca fui bueno para la física. No quise, ni quiero, comprender los fenómenos de la naturaleza que me emocionan.  ¿Para qué? Por eso lo que vimos un amigo y yo, una tarde que conversábamos de algún asunto menor en la terraza de las oficinas donde trabajábamos, cuando mirábamos hacia un cielo azul absolutamente limpio, me parece una epifanía: de un momento a otro, sobre aquel azul traslúcido, fue surgiendo poco a poco, pero de manera rápida, una nube blanca que se fue extendiendo hasta alcanzar un tamaño considerable, y luego, casi valiéndose de nuestro asombro, comenzó a desaparecer hasta volver a dejar el cielo tan terso como antes. Estúpidos, quisimos registrarlo en un video que no dice nada de lo que sentimos. No recordé en aquel instante, lo hago ahora, los versos de Borges: “Somos los que se van. La numerosa/ nube que se deshace en el poniente/ es nuestra imagen…

Ahora que casi todos los cielos tienen ese azul, busco sin éxito el nacimiento de una nube, que restablezca de alguna forma mi espíritu reseco por cuenta de la falta de lluvias. Nuestra alma sigue también, afortunada o desdichada, la suerte de nuestro cuerpo, y en interminables días de verano siento que se sobrecoge tal como si se estuviera deshidratando. Ella reclama lluvias y neblinas, cielos grises y aguaceros sonoros, torrenciales, bruscos. Leo entonces, ante la promesa de más días despejados y secos, a John Muir, con la esperanza de convocar mi buena suerte, que haga nacer nubes: “otro día esplendido en la sierra, de esos en los que uno parece disolverse y ser absorbido e impulsado no se sabe hacia dónde. La vida no parece ni larga ni corta, y no nos preocupamos de ahorrar tiempo ni nos apresuramos más de lo que puedan hacerlo los árboles y las estrellas. Esto es verdadera libertad, una especie de inmortalidad práctica. Allá arriba se levanta otro cielo blanco. Con qué nitidez se dibujan sobre sus suaves bóvedas blancas los chapiteles de los pinos amarillos y en las copas similares a palmeras de los pinos de azúcar. ¡Y atención! Las grandes nubes de truenos retumban de un risco a otro, seguidas por el fiel chaparrón”.

Pero nada, no hay alternativa a seguir esperando, sentado junto al magnifico –y olvidado– Jorge Santander Arias; él que supo reclamar esos instantes de humedad y frío que son Manizales, y que escribió mejor lo que he intentado decir antes:  “…Me he acostumbrado a soñar con mi ciudad, a través de un cristal de nieblas adictas. Allí detrás de ese traslúcido espacio, que a veces empaña las cabalgatas de cierzo de las seis de la tarde, la contemplo como entre gasas nupciales. Hermosamente friolenta, aterida…”.

Manizales, 14 de febrero de 2020