20 de abril de 2021
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Destrucción

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de febrero de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de febrero de 2020

No entiendo  porque viene usted a preguntarme por mi niñez. Es una pregunta que se queda como en el vacío, que no logro entender ni bien ni mal, sencillamente no la entiendo. Me explica usted que todos los seres humanos han tenido infancia y por tanto fueron niños.  Eso dice usted, seguramente porque ha estudiado mucho y las teorías son muchas para llenarles la cabeza a los estudiantes en la Universidad y poderles cobrar  una matrícula cara. Es que yo ni siquiera conozco una Universidad por dentro. He pasado por el lado de algunas, pero no me interesan en lo más mínimo, nunca me han interesado, porque desde siempre supe que jamás alcanzaría un centro de esos. Usted puede que entienda eso de que todos los seres humanos han sido niños, yo no lo entiendo, definitivamente.

Le veo la cara de extrañeza por lo que le digo, pero más extraño es para mí que me hablen de algo que jamás pude vivir. Yo no he sido niño, nunca. No me dejaron. La niñez mía fue un desastre, una época que solo me produce ganas de olvidar. Es que cuando trato de acordarme de ella, lo normal es que termine llorando o con mucha rabia y cuando me da mucha rabia, tengo miedo de hacerle daño a alguien, seguramente para cobrarle  al que tanto daño me hizo, pero es que ese sujeto ya no está, ya se fue, se le acabó la vida, no porque yo se la haya acabado, y ganas nunca me faltaron, sino porque se enfermó con el paso de los años y se le vinieron todos los tiempos encima, que lo aplastaron y se lo llevaron a una tumba, que no se donde queda porque yo fui hasta la misa, pero no quise ir al entierro, por temor a que ese muerto se levantara y me siguiera haciendo daño.  Lo único  que pienso de esa muerte, es que siquiera se murió, ojalá se hubiera muerto mucho antes.  Yo no fui niño, porque no me dejaron, pero me obligaron a ser hijo.

Con la cara que me está poniendo, veo que no me está entendiendo nada. Y es que eso no es fácil de entender. Casi todo el mundo se queda aterrado. Todos miran con sorpresa y hacen comentarios  muy serios, que a mi me tienen sin cuidado, porque cuando lo necesité nadie me ayudó.

A ver, déjeme, yo trato de organizar las ideas, si es que soy capaz, porque no tengo estudio, hablo muy poco y no soy nada sociable, me cuesta mucho trabajo comunicarme con las personas. A mi me gustaría saber quien fue que le contó lo mío para que viniera a entrevistarme y a que le diga esas cosas. Yo sé que usted no me lo va a decir, pero eso que me pide que le cuente es muy duro. Trato de ordenar las ideas a ver por donde sale algo que le  pueda servir para que escriba, pero con un favor muy especial, nunca me lo vaya a dar a conocer. No me interesa. Va ser la primera y la ´última vez que lo cuente  y  no tengo interés en que los demás lo conozcan, que cada quien lleve sus penas y sus vergüenzas como suyas. Las mías son mías y no creo que a nadie le interesen.

Yo vivo convencido de que historias como la mía son muchas en este país, donde apenas se habla de derechos de los demás hace poco. Uno se  queda aterrado que la gente de ahora tenga derechos y los de antes no hayamos tenido ningún derecho. Ahora hasta defensores de los derechos hay, eso lo escucha uno. Es que, según lo que concluyo, los seres humanos de antes no éramos seres humanos, sino cosas puestas como propiedad de alguien.  Yo apenas oigo hablar de derechos ahora. Eso para mi es un cuento chino, como ese de la coronavirus que ojalá llegara pronto para que me coja a mi y me lleve cuanto antes, pues nunca he tenido ganas de vivir, ni me hago ilusiones con nada, es que eso es algo que tampoco conozco: las ilusiones. Las ilusiones no se que son, nunca las he tenido. También me las mataron muy pronto.

Hablo y hablo y nada que comienza la historia que usted quiere que le cuente. Oiga, y que pasa si no se la cuento?  No, mejor se la cuento, a mi me dijeron que usted era buena persona y que escribe libros y cosas de esas, de las que yo no leo, porque tampoco me han gustado los libros, es que para decirle la verdad, a mi no me gusta nada, la vida me parece una mierda. Ya me estoy poniendo grosero.  Mejor, empecemos.

Yo nací en Cali, por allá por el año de 1945, o sea que ya tengo más de setenta años y que lo que me queda por vivir, afortunadamente, es poco. El problema es que he sido como aliviado, no me da nada. Lo único es el guayabo cuando bebo mucho,  pues cuando bebía, porque ahora ni eso me gusta. De un momento a otro le fui perdiendo el gusto a la bebida. Yo todos los días  me tomaba mis aguardientes, era como la forma de mantener en el olvido tanto dolor.  Claro que no he sido un borracho  de malas maneras, me dicen que me vuelvo abrazador, especialmente con mis hermanas que han sido los únicos seres humanos a quienes no les tengo desconfianza y  con quienes me he logrado entender, a pesar de que ellas siempre me han regañado, que por falta de juicio.  Es que parece que la oveja negra, como llaman, de la familia, he sido yo. Nunca he cometido un crimen –sin que nunca me hayan faltado ganas-. Solo que no quise, o será mejor: no pude. Nunca pude estudiar y  desde siempre me ha gustado el licor.

Siempre hemos sido una familia muy humilde. Mi madre, una mujer sumisa y sometida, que sólo hacía lo que mi padre le decía o mandaba, mis tres hermanas, dos mayores que yo y una menor, que ha sido la gran protectora y de pronto a quien le debo que haya sobrevivido, al punto de que alguna vez le reclamé por no haberme dejado matar. Ya estuviera  podrido y comido por los gusanos y no comido por esta vida que nunca he disfrutado.

Mi padre era la fuente económica de la familia. Trabajó en muchas cosas. Le tocaban jornadas largas y difíciles. Ganaba poco, pero mantenía todos los gastos de la casa. Mi madre siempre estuvo al frente de la casa. Si por mi padre hubiera sido, hubiéramos sido muchos hijos, pero mi mamá  se hizo cortar las trompas de Falopio cuando nació mi hermana menor, nunca se lo contó y de esa manera no hubo más hijos. Que tal que hubiéramos sido  más hijos? Si pasamos las verdes y las maduras con apenas cuatro, ninguno de los cuales tuvo la oportunidad educativa más allá  de dos o tres años de bachillerato, con la fortuna de mis hermanas que dos de ellas se casaron  con sus novios y tuvieron hijos. No es que les haya ido muy bien, pero en algo mejoraron la vida. Mi hermana mayor y yo si permanecimos  en la casa con la madre y el padre.  Cuando comenzamos a trabajar, algo ayudábamos en los gastos de la casa. Al final  terminamos viviendo en la casa mi hermana mayor, la menor cuando se separó del marido, que era un borracho empedernido y agresivo y adem, me parece que eso no es nada.

os y recordando lo mano se pued imaginar. Algunas veces me siento con mis hermanas a ver telenás le mataron un hijo en un atraco en el norte de Cali, un muchacho muy brillante, que ya se  había graduado en la Universidad y era una verraquera de hijo, pero es que lo bueno no dura. Su hija se fue al exterior hace muchos años y le ha ido bien, aunque en lo afectivo ha sufrido mucho en sus relaciones de pareja, es que eso es muy jodido.  Hoy día en la casa quedamos mi hermana mayor, mi hermana menor y yo. Mis padres ya se fueron, se murieron, se les acabó la vida, como se nos tiene que acabar a todos. Lo que pasa es que a los que no queremos vivir, se nos hace más larga.

Bueno, vamos al grano, creo que estoy dando muchas vueltas.  Mi padre era un hombre muy autoritario. Estaba muy orgulloso de sus hijas mujeres, pero del único hombre de la casa  como que se sentía avergonzado, extrañado, angustiado, amargado. Yo no recuerdo a mi padre en el menor gesto de cariño, de acercamiento hacia mí. Toda la relación  se desarrolló desde el maltrato. Todos los maltratos que un ser humano se pueda imaginar. Algunas veces me siento con mis hermanas a ver telenovelas y muestran maltratos de niños y recordando lo mío, me parece que eso no es nada.

MI padre nunca me habló, siempre me gritó y me trató con términos de menosprecio, soeces, me decía de todo, sin ton ni son, sólo porque se le daba la gana. Yo era un niño –si a eso se puede llamar niño- normal, que quería saber muchas cosas, que procuraba estudiar, pero que  al menor error de inmediato era corregido por mi padre de la peor manera.  Si no sabía escribir una letra, me cogía la mano y me daba en ella con un palo. Una vez me quebró dos dedos, me tuvieron que enyesar la mano.  No podía hablar, porque todo lo que hablaba era malo, me reprendía, me regañaba, me insultaba, me ofendía y yo ni siquiera podía mirarlo feo, porque de hacerlo de inmediato me mandaba una bofetada que me tiraba al piso. Yo era más lo que permanecía  en el piso como efecto de los golpes de mi padre, que  de pie.

Alguna vez regresaba de la escuela, había llovido. Varios compañeros dijeron que nos metiéramos a los arroyos que se formaban contra los andenes, a chapucear y lo hicimos. Nos divertimos mucho. Cuando llegué a casa mi padre estaba allí, al ver el estado de mis zapatos entró en furia. Me cogió de manera brusca, me llevó hasta la parte trasera de la casa y  de un árbol, con una manila, me amarró y le prohibió a mi madre  que me diera alimentación ese día, que ni agua me llevara. En la tarde hizo mucho calor. El se fue a trabajar y regresó casi a las siete de la noche. Yo lo vi venir hacia mí. Se quitó su correa de cuero, me pegó una gran pela mientras estaba amarrado y luego me desamarró y me dijo que me fuera a bañar y a dormir, que no se me fuera a ocurrir pedir comida, ni siquiera agua. Yo me bañé y tomé mucha agua de la ducha. Estaba que moría de sed y hambre. Me acosté. Las piernas y los brazos me amanecieron morados, e incluso tenía un  moretón en el lado derecho de la cara, donde me había alcanzado con la hebilla de la correa.

En otra ocasión, ya no recuerdo porque causa, me pegó muy duro, me tiró al piso y se paró encima de  mí, dizque para que me muriera y yo por dentro me quería morir, porque eso que estaba llevando no era vida. Pero no me mori, estuve mucho rato sin respiración, pero no me morí.   Por todo me pegaba, por lo bueno, por lo regular, por lo malo.

Cierto día me estaba dando con un palo, yo tenía unos ocho o nueve años, me pegaba y me pegaba y me insultaba, cuando apareció mi hermana menor Aura Laura y se le puso al frente y le gritó que me estaba matando, que parara o llamaba a la policía. Yo pensé: también le va a pegar a mi hermanita. Pero paró. Aura me abrazó, se puso a llorar, lloramos mucho los dos juntos y él salió y se fue. Al poco tiempo llegó a donde estábamos mi madre y nos dijo que perdonáramos a mi padre,. Que él era así, pero que era un hombre  honrado, trabajador y muy responsable con su hogar.

Yo no sé si mi hermana lo perdonaría. Yo nunca lo perdoné. No le he perdonado, no lo voy a perdonar y ahora no me da pena decirle a usted, que vino a preguntar,  que en más de una ocasión lo quise matar. Fueron muchas veces que me desvelé pensando en como podría matarlo, pero calculando que no fuera a fallar, porque donde yo fallara, él si me iba a matar a mí. Pero nunca tuve los huevos necesarios para hacerlo. Siempre he sido un cobarde, él me volvió un cobarde, un sometido, un humillado, un pobre pendejo.

Cuando mi padre se enfermó gravemente, toda la familia se preocupó, menos yo. Yo hacía cuentas cuantos días le quedaban de vida, no como esperanza de vida, sino como esperanza de muerte, como ansias de muerte, de la muerte de ese maltratador que acabó con mi vida desde cuando esta apenas empezaba. Uno no puede destruir a alguien de esa manera. Hizo de mi un don nadie, que no le gustó el estudio y además él no estaba dispuesto a gastar plata  en mi, que nunca he confiado en nadie, que a todo el mundo miro con recelo y siempre estoy esperando lo más malo de los otros. Yo no creo en la bondad, creo que no existe. No hay nadie bueno, de pronto mis hermanas, de resto, todo el mundo anda buscando como hacerle daño a los demás.

Nunca me casé. Tuve relaciones con mujeres. No me atrevo a decir que fueron amores, es que creo que no me enseñaron a amar, y eso como que se aprende.  Yo no tuve de quien aprenderlo.  En una relación de esas, una muchacha quedó embarazada. Me dijo que nos fuéramos a vivir juntos. Le dije que no, porque estaba seguro de que sería el peor marido del mundo y no sabría ser padre, porque yo no tuve padre, sino maltratador de cabecera y que seguramente así iba a ser yo también, y no quería hacer sufrir a nadie más de lo que me hicieron sufrir a mi.  Es que quedé marcado para sufrir, para dañar, para hacer daño. Para destruir.

Ella tuvo la niña. Yo respondí por todo. Nunca falté a mis deberes económicos –mi padre tampoco, según lo que decía mamá-, pero no conviví  con ellas ni un solo día. Luego mi  hija tuvo una hija y yo tuve una  nieta y por primera vez como que sentí alegría de vivir, pero la nieta murió muy pronto y volví a la amargura de esta vida de mierda que me ha tocado vivir.

Mis hermanas lo han sido todo para mí.  No soy ambicioso. Me dedico a oficios varios, es decir a lo que saben hacer los que no saben hacer nada.  Hago de todo y me propuse, por encima de todo, ser una persona honrada. Tomé mucho licor, me emborraché muchas veces, pero no soy de amigos y menos de muchos amigos. Hoy día llego temprano a casa, a ver TV con mis hermanas y a esperar a que se acabe esta joda  que llaman vida.  La mayoría de los seres humanos viven la vida, algunos hasta se la gozan, pero en mi caso simplemente la he tolerado, la he soportado, pero por encima de todo, la he sufrido con mucho dolor.  Y a mi no me venga a hablar de niñez, ni mucho menos de esa teoría chimba de que todos los seres humanos tuvieron infancia, yo no la tuve, porque mi padre se cagó en ella y la destruyó completamente y por ahí derecho me destruyó la vida.

Le quiero decir una cosa, no me siento bien contándole  éstas cosas. Nunca las he contado. A nadie le interesan. Solamente le digo que me llamo Henry y no tengo ganas de hablar más, porque es como sembrar lágrimas con cada vocablo. Ya no más. Que le vaya bien y le agradezco que se haya interesado por mí. Podía haber hecho una entrevista más útil.