7 de abril de 2020
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Biografía de tres regiones

18 de febrero de 2020
Por Jaime Lopera
Por Jaime Lopera
18 de febrero de 2020

Aunque los estudios e investigaciones en torno a la colonización antioqueña parecería que estuvieran agotados, en verdad no es así: existe una enorme bibliografía al respecto que cada año se enriquece con los aportes de los historiadores más cercanos al eje cafetero –en especial el blog Historia & Región, y la revista Impronta que los caldenses han venido editando con una perseverancia digna de mejor causa.

No obstante, de tanto en tanto surge una nueva luz que un acucioso investigador ha venido rastreando y es así como los hallazgos de algunos historiadores con frecuencia ofrecen nuevas agudezas con respecto a tan importante etapa del desarrollo del occidente colombiano. Sin lugar a dudas que James J. Parsons fue quien abrió esa caja de Pandora y su rol como geógrafo no disminuye en nada la contribución de su hito, La Colonización Antioqueña, que ha sido la fuente de muchas bifurcaciones hacia la investigación y de muchos juicios sobre su alcance[1]. Sin embargo, como decimos, quedan aún muchos espacios vacíos que, poco a poco, se llenan con las averiguaciones de aquellos insatisfechos con la idea de que la historia es redonda e irreductible. Uno de ellos es Gonzalo Valencia quien ha decidido irrespetar la ortodoxia (y los lugares comunes) para sugerir un novedoso enfoque de interpretación de los episodios colonizadores[1].

Eso de que “el Cauca puso la tierra, Antioquia puso la gente y Caldas puso el café”, no es ningún atrevimiento para ubicar a la región del Quindío en el marco histórico que se merece, sino una síntesis completa de lo que, a grandes rasgos, le corresponde a nuestro territorio: es más, dicha descripción más bien merece figurar como una cabecera del libro porque con ella parecería que fuera innecesario continuar en la lectura, así de fresca y nítida se percibe esa descripción a simple vista. Es un tipo de preámbulo que, al decir de los medios actuales, puede volverse viral en poco tiempo.

Con fundamento en una consulta bien apoyada, la primera aclaración de Gonzalo Valencia es la diferencia entre las denominaciones de poblamiento y colonización que la legislación agraria del siglo XIX estableció como parte del estímulo a la ocupación de tierras baldías que había en todas partes. El contraste se marca de entrada con el hecho de que el poblamiento, según la política caucana, fue muy diferente al proceso de colonización antioqueña “en cuanto que este último era una respuesta para hacer productivas las tierras ociosas de las concesiones” (página 41). Si los migrantes caucanos preferían la posesión legal de la tierra antes que su explotación, allí había una condición de estabilidad que le daba al asentamiento productivo la posibilidad de vivienda en sus labranzas y de permanencia en el poblado. Mucha parte de la legislación agraria, desde Santander hasta Alcántara Herrán, se orientó hacia el occidente del país cuando los flujos migratorios de los antioqueños se pusieron en marcha con intenciones de preferencia cultivadoras.

En abono de esta clasificación de Gonzalo Valencia (pobladores y colonos), habría que añadir que a ellos también se los debería caracterizar por los dos roles que señalaba el historiador francés, F. Braudel[1]: de nómadas, porque carecían de un lugar estable para vivir, porque iban de un lugar a otro sin establecerse en forma permanente; o de trashumantes porque estaban en continuo movimiento y cambiaban periódicamente de lugar. La condición de estabilidad se aplica entonces a los asentamientos más que a los colonos, y solamente un censo específico de unos u otros podría ilustrar mejor dicha circunstancia. En este momento me asalta la certeza de que el fundador de pueblos, Fermín López, en algún momento fue un nómada y luego, al llegar a  Santa Rosa de Cabal, se asentó en definitiva. Igual cabría pensar de Roman Maria Valencia, el fundador de Calarcá, que regularmente venía desde Pereira a cazar mariposas, hallar nuevas especies botánicas y comprar guacas en Filandia, hasta que se sosegó con su familia en el asentamiento de aquella villa legendaria gracias a su amistad con Segundo  Henao[2].

La parte segunda del libro, donde se indica que en Antioquia nació la avalancha migratoria, es un panorama detallado del movimiento de colonos y viajeros, algunos extranjeros, que pasaron o desembarcaron en Caldas y el Quindío[1]. Ese flujo inesperado de migrantes condujo a la enumeración de las diferentes instancias jurisdiccionales que se diseñaron como Provincias y luego Departamentos, como una muestra de las muchas disputas territoriales que se daban en la capital de la República para ordenar la geografía colombiana –muchas veces al gusto de intereses de políticos sobresalientes como los de Rafael Reyes. Pero en la siguiente parte, al traer a cuento la idea del “poblamiento inducido”, la acción gubernamental queda al desnudo al mostrar la vigencia del pensamiento del argentino Alberdi quien hablaba de que gobernar es poblar como el propósito de una politica demográfica que lleva a la civilización y el progreso.

Concluido el análisis del poblamiento caucano y la migración antioqueña, Gonzalo Valencia aborda la incorporación de la economía cafetera en el proceso de fundacion de pueblos en el eje cafetero. El cultivo se desplazó del oriente santandereano al occidente con una progresión no vista antes y el posicionamiento productivo de Caldas se alcanzó precozmente. Esta interesante etapa va unida el ocaso de la arriería, la aparición del ferrocarril y una incipiente navegación por el rio Cauca cuando era imperioso activar estos transportes y bajar los costos agrícolas ensanchando los tiempos de colocación en los mercados del exterior. En este periodo es notable asimismo el inventario de capitales extranjeros que se vincularon a Caldas no solamente en el campo de la infraestructura (cable aéreo de Mariquita) y del financiero (Banco de Caldas), sino también en las trilladoras exportadoras de ingleses y norteamericanos. El café como “factor de expansión” contribuyó a la articulación de todos esos poblados, todos los del eje cafetero hasta Trujillo y Restrepo en el Valle, que fueron creciendo a la velocidad las notables divisas en la bolsa.

Un aparte esencial del libro que comentamos es el mensaje sugerido en el subtítulo, «la pérdida de  los mundos: apegos y desarraigos en el poblamiento de la Provincia del Quindío» donde aparece una apreciación del autor sobre los factores emocionales de afectos y separaciones que a su juicio fueron inherentes a todo el proceso de las migraciones, en especial dada la fuerza de los latifundistas para erradicar a los “invasores” de sus tierras y dispersar las familias no obstante las ayudas que los gobiernos daban. Ese factor emocional de arraigo sufrió varias dificultades (v.g., con la declinación de la guaquería y la arriería) pero en especial cuando se vino la Violencia al Quindío con toda su tragedia partidista que, por cierto, produjo de contragolpe un vertiginoso fenómeno de emigración hacia las grandes ciudades como Cali, Medellín y Bogotá. Durante dicho periodo mucho capital humano abandonó esta comarca y supongo que, por ello, alguien podrá hacer un inventario de quindianos en el  exilio. Hay mucha tela para cortar con esta extraordinaria apreciación de Valencia, pero aún carecemos de un intérprete que satisfaga el conocimiento de aquella reconocida realidad.

Más adelante, Valencia incorpora unos relatos de viajes en los inicios del siglo XX, como los de Tulio Arbelaez y Rufino Gutiérrez, sino también los cuadros de costumbres de Cornelio Moreno sobre Filandia que, sumados a las narraciones de los viajeros extranjeros que pasaron por aquí en el siglo XIX, darían lugar a un proyecto editorial bastante rico para complementar la bibliografía existente y refinar las noticias históricas que esta región viene presentando. Cabe señalar finalmente que el prólogo, el preámbulo los reconocimientos, el glosario y la toponimia distraen al lector al principio del libro cuando podrían ir al final dejando más espacio a los importantes y maduros conceptos del autor que,  con todo, se revela aquí como un investigador muy congruente para esta época.

Febrero  2020

[1] Parsons, James J. La colonización antioqueña en el Occidente de Colombia. Versión castellana, prologo y notas de Emilio Robledo. Imprenta Departamental, Medellín, 1950.
[2] Valencia Barrera, Gonzalo Alberto. Relatos, Fundaciones y Primeras Descripciones de los Pueblos del Quindío. Historia, Biblioteca de Autores Quindianos, Armenia, 2019.
[3] Braudel, Fernand. Escritos sobre la Historia. Alianza Editorial, Madrid, 1991
[4] Por cierto que Roman Maria Valencia fue uno de los primeros conocedores del tesoro de los quimbayas de cuyas piezas se ocupó para negociarlas cuando las vio en Filandia.
[5] Complemento parcial del formidable trabajo de Vicente Fernán Arango Estrada, recién fallecido, cuyo libro sobre la endogamia en las concesiones antioqueñas es una investigación inigualable.