12 de abril de 2021
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Antón García de Bonilla

9 de febrero de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
9 de febrero de 2020

OCAÑA 450 AÑOS (1570-2020) (V PARTE)

La leyenda de Antón García de Bonilla parece diluirse en nuestros días y no por olvido, pues, bien vemos que integra una comparsa en el Desfile de Los Genitores, celebrado con rutina burocrática en los primeros días del año, cuando el presupuesto lo autoriza. El mismo desfile surgió de uno similar, en Manizales, para destacar los buenos resultados del trasteo antioqueño, pero sin la contundencia de la particularidad histórica con la que se pretendió en Ocaña. En la misma Ocaña, si bien se disponía de unas crónicas al respecto, su validez dependía del carácter lustroso exigido, de por sí, a un desfile para alegrar la conmemoración festiva carnavalesca. La cual imitaba en parte y en fechas no coordinadas, los eventos del caribe colombiano.

Las comparsas ofrecían la didáctica parcial de la historia regional y agregaba algunos elementos decorativos. Lo normal, la de los aborígenes, la llegada de los conquistadores, la de don Antón García de Bonilla, la de Bolívar y Santander, los Colorados, la Gran Convención, la Columna de los Esclavos, la llegada de los sirios y libaneses, y hasta una comparsa de gallos finos y unos soldados medioevales. Todo valía en la intención de la representación histórica más exigida en arte o en espíritu fiestero, que en la misma historia.

De pronto, algunas personas, empiezan a comentar sobre el aspecto poco creativo del desfile que, como advertí, se alimentaba de crónicas. Así las cosas, las novedades no se notaban sino en los bellos rostros de los voluntariosos participantes. La repetitiva misión de ilustrar sobre la historia fue cediendo y los presupuestos exigentes, también, se atravesaron para semejante intento que quiere mostrar costosos vestidos, buenas bestias, en fin, el costo de la vistosidad que todo lo justificaba para el caso.

Quien me narraba sobre las dificultades del desfile, en sentido de innovar, le recordé que faltaba la comparsa sobre la paternidad bolivariana, destacar los personajes representativos no solo por ir al Congreso de la Republica, sino por algún virtuosismo o lo contrario, con tal de provocar algún mensaje histórico, porque, de lo contrario, sería competir con un costoso desfile de carnaval o algo parecido, lo cual, tendría costos altos. Mi libro sobre el Hijo de Bolívar es sustentado históricamente y puede se representado en una comparsa, y la biografía del General Quintero Calderón puede mostrarse en comparsa, si se lee, o la vida del rebelde sacerdote Buzeta, quien jugó mucho papel en la organización de la Campaña Admirable, en 1813 y, de paso, se recupera como acontecimiento relevante opacado por la Campaña definitiva de 1819. La renovación del desfile no depende de costosos vestuarios sino del recurso de la historia.

Como contribución a la aclaración de la leyenda de Antón García de Bonilla, recurriendo a la historia, es decir, a la explicación, quiero dedicar unas líneas. En varias publicaciones he tratado el tema, pero no han llegado a donde debieran llegar como, por ejemplo, “Antón García de Bonilla” (Novela Histórica) o “La Tierra de Don Antón” (Monografía sobre Aguachica colonial). No está demás explicar el caso con afán divulgativo, para el caso del desfile de Los Genitores.

En primer lugar, la crónica habla de un conquistador y su hijo homónimo y quien los presentó fue el cronista Alejo Amaya, con sus conclusiones al revisar los documentos notariales. Esta información es incompleta y, para no entrar en discusión amplia por el espacio de la columna, se hace referencia a un argumento de simple cronología. Si el primer Antón, el conquistador, estuvo en la fundación de Nueva Pamplona, en 1549, y el segundo Antón, murió en el último decenio del siglo XVII, estamos ante un espacio de tiempo de casi dos siglos, si pensamos que el participante de la fundación tendría mínimo veinte años. Los derechos de mayorazgo daban de herencia nombres, apellidos y bienes, y en este caso sirvieron de confusión.

Otro aspecto tiene que ver con el primer Antón. En el inventario de la Nueva Pamplona aparece un Antonio García, a quien, se supone, es el mismo Antón que llegó a Ocaña, en 1570. Se supone, advierto, porque no hay noticias amplias al respecto, debido a que la encomienda de la Loma y otros bienes, se heredaron de doña María de Simancas, no de don Antón y, eso, da para suponer que habría alguna confusión diferente a la de los mismos sucesores, al menos de tres generaciones. De doña María hemos dicho que era hermana del Obispo Simancas de Cartagena (1554) y que por autoridad delegada a la Iglesia, adjudicaron encomiendas en zonas de evangelización.

En mi investigación a partir de 1576, he encontrado tres generaciones que llevan el mismo apellido y se trasmiten la encomienda de La Loma de González; de ello di cuenta en el libro “La Tierra de Don Antón”, ampliamente divulgado en la región, lo cual, me dirán, no garantiza la lectura colectiva, pero el esfuerzo se hizo. ¿Por qué advierto el año 1576? Se trató del primer año del Cabildo y Ayuntamiento y allí aparece el Capitán Antón García de Bonilla, como encomendero de la Loma y con su proyección socioeconómica a la ribera del Magdalena, donde tuvo excelentes negocios con la región minera de Zaragoza y Remedios. Este Antón, por lo menos, tendría treinta años o menos, ya que la encomienda se originaba en la progenitora y no en el primer Antón.

La siguiente hipótesis puede tener presente que el primer Antón es de Bonilla, es decir, originario de un pueblo que pueden ser en Castilla y en Andalucía y, por esa razón, me inclinó a que se trata de un andaluz que logró el amor de doña María, en tiempo anterior y en la ciudad de Córdova. Algo más, pudo estar con alguna vinculación en la minería al sur de Cartagena, al igual, por ejemplo de don Juan Quintero Príncipe, quien deja sus raíces en Ocaña como encomendero “pamplonés”, lógica de la ocupación del área comprendida en el acuerdo fundador de Ocaña. El primer Antón, bien pudo estar ausente de la fundación de Pamplona y, más, no haber visitado a Ocaña, pues, no aparece en los documentos, lo cual, explica el joven Antón cabildante, su hijo, en 1576.

Resumiendo. La leyenda menciona a un galán suertudo que construyó una ciénaga, en Patiño (toponimia actual), tomando un brazo de agua y cuyos rastros, aún, pueden notarse en un extraño muro (¿De contención?) para que su esposa doña María la disfrutara. Esta ciénaga se conoce como de doña María. A don Antón se le atribuyen cualidades artísticas y buena estampa varonil. Se mencionan dos hijas enfermas, por cuya salud dedicó a Santa Rita de Casia, una capilla “a cambio” de la mejoría. Se dice, además, que todas las noches salía a recorrer sus “entierros” y sus haciendas como un condenado. Este muestreo nos basta por el momento.

¿Qué pudo servir de inspiración popular a la leyenda? En primer lugar, fue adinerado como el que más, hasta se puede afirmar que era la más abultada fortuna del siglo XVII en la Nueva Granada. En segundo lugar, el último Antón, quien fallece en 1696, no tuvo hijos, era casado con María Téllez, hija del Alférez Real, y para purificar “su alma” hace donación de su fortuna a la Compañía de Jesús, para que crearan la fábrica de Colegio, la cual, terminó distribuyendo sus esclavos a otro colegio y dejando parte de las tierras casi abandonadas, según se desprende del libro del padre Pacheco sobre los jesuitas. Como hemos advertido no eran dos Antón, sino cuatro y cada uno pudo engrosar la fortuna, con los tratados de abastecimiento a la región minera de Remedios.

La fama de afortunado con las mujeres pudo basarse en el beneficio matrimonial del primer Antón, con doña María de Simancas, hermana de un Obispo Católico, algo que debió facilitar muchas operaciones comerciales. La fama de devoto con Santa Rita pudo ser del segundo o del tercer Antón. En la misma leyenda se admite un rumor de avaricia.

El alma en pena es la de un avaro. ¿Qué quiere decir esto al menguar el lujo legendario? Pues resulta que el cuñado del cuarto Antón, era el Alférez Real Capitán Luís Téllez Blanco, encumbrado descendiente de la nobleza de Burgos, quien en una de las emergencias bélicas de España, a mitad del siglo XVII, fue descubierto como moroso en el pago de los derechos sobre encomiendas y, a su vez, por supuesto desfalco al erario, lo cual lo llevó a juicio y fue condenado. Su apellido salió del notablato y merece una crónica, más adelante.

La familia pretendió que don Antón, cuñado y primo, cubriera las deudas y, entonces, “los oídos sordos” de don Antón, dejaron resentimiento implacable. Al final, don Antón y doña María, en común acuerdo, para suprimir pleitos de “herencia”, optaron por la donación total a los afamados educadores de la época colonial. De esa donación no se beneficiaron los habitantes, porque el colegio, después de varios intentos, fue abandonado y la fortuna de don Antón, se fue de la ciudad dejando un rencor en la memoria, no solo por sus limitados afectos familiares, sino por la envidia muy alimentada, por estas fortunas.

Los libros mencionados están disponibles para la venta en la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero.