25 de febrero de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El regreso de los bárbaros

14 de febrero de 2020

Se ha muerto un árbol
en la acera solo.
No hay pájaros cantando
su tristeza.
Solo silencio y coches
y ningún muelle en el que atracar
esta inigualable melancolía.
Se ha muerto un árbol : Luis de Pablos

Y esa magnífica alfombra
¡Oh tierra! ¿quién te la dio,
Y árbol tanto y fresca sombra?
-Y dice la tierra: Dios
.
Dios: Rafael Pombo

Hernando Salazar Patiño

Los dolientes de los urapanes derribados en el barrio La Francia por la urbanizadora Las Galias, fueron proyectando su pesadumbre en versiones de diversos matices. Al  escuchar la pesadilla de Paula,  comentamos lo mucho de  imaginación, de acento en los semblantes  psicológicos –estudia también psicología- y de orden narrativo con los que nos la había comunicado, pues es natural que al contar un sueño lo organicemos con ilación más consciente. La poeta Gilma de los Ríos, que estaba de visita y quien fue la primera en darme la triste nueva, el arquitecto y crítico de arte Alberto Moreno, el pintor Alberto Betancur, el espíritu alerta de María Elvira Escobar que delató en carta a La Patria la desaparición de la alameda, reunidos en la acogedora casa del maestro Franco que hizo de anfitrión con su esposa, la maestra de música Oliva Manchola, fueron desgranando su pena por la mutilación de los trece árboles cuyo abanicado  rumor, era la melodía cómplice de los enamorados que se estacionaban en esa calle romántica.

“A este barrio han llegado los bárbaros de nuevo”, comentó alguno que adujo la coincidencia de los nombres históricos otra vez enfrentados. El de los residentes en La Francia, los francos, los “libres”, y el de los invasores armados con motosierras y cemento, los galos de Las Galias, decapitando árboles los modernos constructores como cabezas los antiguos seguidores de Vercingetorix, quienes debieron inspirar su bautizo jurídico.

La joven Paula,  enlazó cintas moradas alrededor de los  pocos árboles sobrevivientes en la otrora hermosa y arbolada calle. Todo lo quiso significar con esa simbolización, no solo el duelo por los hermanos árboles caídos, sino para quitarles el miedo a correr su misma suerte, para darles apoyo y hacerlos visibles en la declaración de estado de emergencia, conectada como está “con los impulsos musicales y artísticos” de los que la rodean y la sensibilidad trastornada de los que íbamos llegando con nuestro inútil rechazo.

De haberse dado esta inimaginable noticia en los medios:

“El último arboricidio, de una bárbara urbanizadora que se llama Las Galias, en La Francia, es el postrer trofeo que entrega el alcalde Cardona a los jerarcas del cemento”, los defensores de los árboles no nos sentiríamos tan inítiles. Pero no fue el último. También el del barrio Los Tejares, a donde no me he asomado por salud, porque esta enfermedad de Manizales nos enferma a muchos. Y les hincha el bolsillo o la vanidad política a los infectados de la peste taladora.

No fueron las más recientes. El último alcalde no solo pasó en silencio todas las talas, sino que estimuló y apoyó a todos los arrasadores o las ordenó. Las de la Avenida Santander hacia el oriente para abrir un paso innecesario con cemento,  como que fueron 43 árboles, si es que no me quedo corto, los que asoló junto al Viaducto. Cuántos mordiscos y desgarramientos le dio o le debió dar a la naturaleza en su propósito de hacer las nunca urgentes megaobras en la Avenida del Río, que causaron derrumbes y endeudarán quién sabe en qué suma al municipio, si es que se terminan felizmente. Y como que la acción roedora con el verde llegó hasta La Cabaña.

Fue la oportunidad en que se hizo mención a las tres “cartas abiertas” que le escribí esperanzado a Octavio Cardona por provenir de esa vereda y en las que le llamé “poeta, por ello. Con las risas vino el análisis psicológico, no porque les pareciera insólito el gesto de no responderlas o pronunciarse, o de dar el frío agradecimiento de cortesía usual, para que el corresponsal sepa que le llegaron, sino el que ni siquiera acusó recibo por intermedio de cualquier funcionario de último rango. ¿Analfabetismo? ¿Nadie que leyera y contestara por él? ¿Soberbia? La tesis freudiana se impuso. Valluno, costeño o llanero son denominaciones que dan identidad a los de tales regiones. “Montañero”, que es la nuestra, por el lastre de un anacrónico clasismo citadino, se consideraba un término despectivo que denotaba inferioridad. Rebasado y olvidado hace años, pudo quedar el complejo, y el impulso de enterrarlo bajo toneladas de cemento, que es lo urbano -no la urbanidad- por excelencia.