10 de abril de 2021
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Volvió “el Caimán”.

24 de enero de 2020
Por Rubén Darío Arcila - Rubencho.
Por Rubén Darío Arcila - Rubencho.
24 de enero de 2020

“Se va la vida, se va y no vuelve”… “Cuántas promesas galanas cantaron graves campanas en las floridas mañanas de mi dorada ilusión”.

“Se va El Caimán, se va y no vuelve”. Se fue Turrón Álvarez, viajó Miguel Calero, pasan los días, pasan los años, es fugaz la alegría, quién la detiene si ni Dios la sujeta. Lo mejor es gozarla y largar las penas a rodar”. Así cantaría Efraín Sánchez aquel tango de 1929, también en la colección de su querido hermano “El Patón” Sánchez, gloria del béisbol costeño y gardeliano a morir, ahora haciéndole compañía en el Arco Celestial.

El Caimán ya caminaba lento sobre sus 94 años, despacito, avanzando con microscópica velocidad matusalénica hacia al gran salón de los inmortales donde siempre permanecerá su nombre en letras de oro macizo como para evocar aquella “dorada ilusión” del San Lorenzo de Almagro en su “florida mañana” con el fútbol argentino. Andrés Salcedo, apegado a la bacanería y cheveridad de la jerga barranquillera contaba del refinado estilo del Caimán: “De algo estoy seguro, es el único costeño que no dice groserías.”

En el muro de este gentleman del área también aparecen entre los palos de la gloria, gigantes como Pedro Zape, René Higuita, Oscar Córdoba y Miguel Calero (QPD). Auténticas leyendas bajo la red.

Muy pocos están preparados mentalmente como El Caimán para pasear de la mano con sus recuerdos por las soleadas alamedas de la ancianidad. Lúcido hasta el final y puntual en fechas y nombres llenos de historia, gozaba de un estado de ánimo envidiable. Campeón con el DIM en el 55 y 57 al lado del Charro José Manuel Moreno quien le gritaba: “Negro, cuando entrás a la cancha sos igual al obelisco de Buenos Aires”.

Volvió el Caimán a nuestra memoria con motivo de su fallecimiento, refrescaron los noticieros la dimensión de su brillante carrera y cantamos con devoción la Misa de Once, de Gardel, en su recordación.

Esa Puerta de Oro, abierta de par en par, pierde al portero preferido – el de las infaltables rodilleras- y la hidalga presencia de uno de sus mejores hijos: Efraín “El Caimán” Sánchez…vuela de nube en nube…de rodillas se va…se va a la eternidad.