19 de abril de 2021
Directores
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Olga González Ríos

Por Hernando Salazar Patiño
25 de enero de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
25 de enero de 2020

En Olguita González la música fue vocación y familia, profesión y enseñanza, dación y amistad, convocación y alegría. Desde su infancia creció en la música, viendo y escuchando a su tío, el legendario Francisco Pacho González, dirigir, e interpretar la bandola, el tiple y la guitarra. Pero era el piano lo que quería tocar de niña, quizá porque ya sabía de Mozart o de Chopin. Por la dificultad de conseguir un piano, su tío y primer maestro le sugirió el tiple, pero por un concurso de bandoneón de entonces con atractivo premio, en Trasmisora Caldas, la estimuló a aprenderlo y en efecto, Bajo los puentes de París, Sobre la olas y Las aves, se oyeron bajo sus dedos noche tras noche con la maestría de un virtuoso, y se le declaró fuera de concurso. Esto la llevó a estudiar el acordeón por cinco años y con apenas doce años, Olguita ya dictaba clases del instrumento.

El piano ya no daba más espera y el maestro Pacho González la llevó al Conservatorio de Música de Bellas Artes. La Orquesta Sinfónica de Caldas que estaba en su plenitud, se enriqueció con el aporte de músicos europeos que llegaron después de la segunda guerra. El pianista, Emilio Parachini, italiano de Trieste, fue su profesor. La musicalidad y destreza de la alumna lo llevó a tenerla consigo por ocho años. Exenta de matrícula por tiempo indefinido, recomendada para dar clases particulares, becada y monitora, un duelo le impidió asumir la cátedra, para la que llamaron a Teresita Gómez, que fue siempre su amiga y con la que quiso aprender más. Con otra maestra suya, Isabel García de Corzo, cada una en su piano, interpretó Olguita obras de Juan Sebastián Bach en un concierto presentado en el Teatro Fundadores.

Por su maestría y entrega, la buscaban tanto como maestra de piano, que por esta labor a la que se dedico desde 1972, suspendió su carrera de solista. Pero durante cinco años, madrugó diariamente a las 4 am. para practicar en el piano del teatro hasta las 8 de la mañana. Llamada para docente de planta por la Universidad de Caldas, permaneció 20 años dando todo de sí a incipientes alumnos, varios de ellos brillantes ejecutantes a nivel nacional e internacional: Olga Lucía Cañas y Paula Andrea Jaramillo, transmiten hoy sus conocimientos en nuestra Universidad, Juan Humberto Gallego y Katia Ximena Bonilla, en la Tecnológica de Pereira, Ana Cristina González en la Javeriana de Bogotá, Andrea González Castaño en la Fundación Tecnológica de Puerto Rico, Francisco Paolo González en Francia y Juan David Molano en Suiza.

En todos, pero en éste último, hoy un maestro, director y concertista de gran prestigio, su selecto alumno, su amado sobrino, puso Olguita todas sus complacencias. Fue su mimado de los dioses y tuve el privilegio de estar con ella, sus hermanas y su familia, en la inolvidable noche del primer concierto que dio Juan David, muy niño. Olguita lo miraba expectante, radiante, con una permanente comunicación de luz hecha sonido que regresaba sonido hecho luz. Desde Ginebra, él mismo, expresa en agradecido, conmovido e inmejorable mensaje, lo que su tía, su maestra, le significó:

“Mi tía, mi maestra a quien le debo mis primeros pasos en la música nos ha dejado… Su huella es profunda. Te doy gracias porque me abriste las alas para volar por los espacios de la música. Recibí tu paciente instrucción bajo tu mirada aguda, esa misma que solo poseen los que también pueden leer la partitura del alma. No solo aprendí la música y el piano, me enseñaste a abrir los ojos al mundo y a asistir al concierto de la vida misma. Mi pasión sigue tan viva como el primer día en el que me llevaste a tu salón de clases a descubrir el instrumento que con tanta inteligencia y sensibilidad nos enseñaste a tantos e incontables alumnos: el piano. Espero llevar siempre en alto el estandarte que lleva tu sello de artista y de persona incomparable.”

Mirada aguda para el arte y para las almas, fue la que tuvo Olguita González. De ello me percaté desde la primera vez que entré en su acogedora, florecida y luminosa casa del barrio San José, llevado por otro maestro de piano, su colega y cómplice Gabriel Camargo Restrepo, heredero de otra familia musical que como la de Pacho Gonzalez, hizo de Manizales un emporio del arte, la Camargo Spolidore.

Ir donde las Pablas (hijas de Pablo González), no era una visita sino un acontecimiento. No alcancé a conocerla pero se evocaba a Judith, polifacética desde su centro de apertura, de la vida, del transferir y de la música. Me tocaron sí el apunte oportuno y la gracia de las narraciones de Samaria, el suave aterrizar y la mesurada claridad de Gloria, la espontánea irrupción del lorquiano vozarrón de Laura, y el convite intermitente de sobrinos, de sus hijos, de los hijos de esos hijos, de amigos, de vecinos, que se conjugaban en la devoción de los días de Navidad, cuando los actos del compartir y el repartir goces y gozos, recibían su consagración en los cantos, los rostros y las sonrisas de los niños de los cercanos y humildes barrios que de la munificente sala salían paladeando los dulces, los regalos y su suerte en las rifas. De ello, disfrutó mi niña en sus primeros años, junto con el paródico humor, la musicalidad y los matices de la voz de Humberto González.

Recordando la novela de Edith Wharton, la de Olguita González, donde también conocí al maestro Guillermo González Arenas, fue la casa de la alegría, del expandirse, de la conversación, de las preguntas, en la que todos éramos de algún modo “sobrinos” puesto que el sobrinazgo fue su primordial mecenazgo.

Que “Talento, tenacidad, sensibilidad y pasión, definieron la personalidad artística y humana de Olga María González Ríos. La facultad de Humanidades la condecoró en 1978 por la calidad de su pedagogía musical y el Instituto Caldense de Cultura en 1993 por su trayectoria nacional y su proyección internacional. Con su maestría, fue su talante personal, los modos de superar su limitación o los rigores cotidianos, con una mirada transversal de la vida, que como decían las abuelas “no la dejaba caer”, lo que reflejó hasta poco antes de su muerte, cuando desde su mismo su lecho, escogió las canciones que debían acompañarla en su funeral y que la definían por completo: Alfonsina y el mar, Cuando un amigo se va, A mi manera, Desde el alma, las que interpretadas por el maestro Humberto González y un gran organista, nos dieron la dimensión de la discreción y la modestia de una pianista manizaleña excepcional, que nos dejó el 9 de enero.