22 de abril de 2021
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Nos regocijamos con la monotonía

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de enero de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
31 de enero de 2020

Dicen que la naturaleza se oculta con indiferencia y
que la visión es un regalo deliberado

Annie Dillard

Vivimos gracias a la serie de actos cotidianos y repetitivos que nos marcan un ritmo vital, sereno y tolerable. Esos actos son las murallas, o las fronteras, que impiden que nuestras vidas se desborden y terminen dispersas e informes. No importa incluso si llevamos vidas complejas o desempeñamos oficios especialmente dinámicos, nos procuramos un conjunto de ritos cotidianos y simples, que mantengan a flote nuestra existencia. Dada la incomprensible y compleja urdimbre de nuestro universo interno, construimos una agenda íntima de hechos que cumplimos con pulcritud: el baño cotidiano, la lectura de la prensa, el primer café, la tendida de la cama, el asomo por la ventana que da a la calle. Y luego vienen más: tomar el transporte para ir al trabajo, caminar por las mismas calles de siempre –casi con los mismos pasos–, saludar al vendedor de la esquina o al vigilante del edificio. En fin, una serie de actos simples que, no obstante, constituyen el tejido anímico y vital. Todo lo demás, justamente por extraordinario, son apenas los sobresaltos que nos ilusionan con una libertad, o al menos con un tipo de libertad, que nos es ajena.

Uno de mis ritos en la mañana es dar comida a los gatos, y recoger la que han esparcido por fuera de sus cocas; esas esferas, o cubos, que nos han dicho es comida para nuestras mascotas, y que lejos estamos de saber de qué están hechas. Pero darles comida ha dado paso a un rito adicional, el encuentro con un grupo de Lepismas saccharinas, que huyen despavoridas una vez enciendo la luz y me acerco con el recipiente de la comida. Algunas, más osadas o inmaduras que las demás, prueban quedarse inmóviles a ver si pasan desapercibidas, pero no lo logran dado el formidable brillo de la quitina que las recubre y que provocó su nombre vulgar: pescaditos de plata. El día comienza entonces de una forma mágica. Estos Lepismas pertenecen al grupo de insectos denominados tisanuros –o zygenthomas– que surgieron hace más de cuatrocientos millones de años y que preservan su forma primitiva, así que verlos es como presenciar un grupo de diminutos dinosaurios corriendo por los rincones de la casa. Cada vez me agacho más para acercarme lo máximo que pueda, y ver la estampida de las Lepismas, que seguro habrán pastado a sus anchas, entre los restos de comida, durante las demás horas del día. He descubierto que estos fósiles vivientes son fantásticos: no copulan, sino que el macho extiende su semen en una especie de red parecida a las de las arañas y el cortejo de la hembra sólo busca que ella pase por la red, al hacerlo el semen impregna su órgano reproductor; las hembras, además, sólo pueden procrear un número máximo de crías, de tal forma que llevan incorporado un sistema genético de control de su natalidad; se alimentan de almidón, libros, gelatina y restos de piel humana; y son inofensivas, como difícilmente parece serlo cualquier otro animal.

Alberto Manguel recuerda que, según Chesterton, somos como Dios, “es posible que Dios le diga cada mañana al sol hazlo otra vez, y cada noche a la luna hazlo otra vez”. Nos regocijamos con la monotonía, aunque nos aterre aceptarlo. Huimos hacia adelante convencidos de que la felicidad está detrás de la siguiente curva, pero no hay tal, encontramos apenas mayores angustias.

Esta semana, alguna Lepisma que se quedó inmóvil sobre el plato de comida de los gatos, y que me permitió verla con mayor detalle, me hizo recordar este pasaje, y me sentí profundamente feliz: “Aquella noche interminable, mientras el coronel Gerineldo Márquez evocaba sus tardes muertas en el costurero de Amaranta, el coronel Aureliano Buendía rasguñó durante muchas horas, tratando de romperla, la dura cáscara de su soledad. Sus únicos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían transcurrido en el taller de platería, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro. Había tenido que promover 32 guerras, y había tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad”.

Soy inútil, pensé, haciendo pescaditos de oro, pero puedo dedicarme a contar pescaditos de plata.

Manizales, 31 de enero de 2020