11 de abril de 2021
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En redes & Enredos

26 de enero de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
26 de enero de 2020

De colmo en colmo

Son casos para Ripley, si les parece. O absurdos, que es igual. Insólitos, al menos. Y ponen en evidencia, sobre todo, hechos irregulares o injustos, cuando no violatorios de la ley, que suelen permanecer guardados, en silencio, para uno evitarse problemas. A cualquiera de ustedes les ha pasado, con seguridad. Son usuales, al fin y al cabo, en la vida cotidiana, como veremos a continuación.

Aquí simplemente hacemos las veces de caja de resonancia, aprovechando nuestra condición periodística que nos recuerda a la don José –El mono-Salgar en su leída columna de El Espectador: “El hombre de la calle”, que tanto extrañamos.

Fotografías a precio de oro

Para mi próximo libro de Memorias –Una vida en olor de imprenta-, que está en proceso de edición, necesitaba varias fotos, las cuales no pude bajar de internet, a diferencia de lo que hacía pocos años atrás, debido al alto riesgo de meterme en problemas, con demandas a bordo, por violar los derechos de autor.

Por eso me vi obligado a buscar la ayuda de periódicos amigos, dos de los cuales me colaboraron a través de sus directivos: El Diario de Pereira y La Patria de Manizales, prueba cabal de su solidaridad con el viejo colega que tanto les debe.

De Bogotá, en cambio, no recibí el generoso apoyo solicitado, en especial por parte de otro periódico (del que por cierto he sido colaborador desde mis lejanos tiempos juveniles), cuya jefa de archivo me remitió la cotización correspondiente, cuyo valor casi me mata del susto: ¡$285.600 por cada una!  Y como eran seis fotos en total, ¡la cuenta superaba el millón setecientos mil pesos, moneda corriente!

¡Es el colmo!

Propaganda oficial… ¡en el Capitolio!

Sigamos con las fotos. Ante la imposibilidad de conseguir, entre mis colegas capitalinos, las fotos que necesitaba, me desplacé a la Plaza de Bolívar para tomar la del Capitolio Nacional, en reemplazo de las que correspondían a cuatro congresistas de otrora, citados en mi libro: Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla, Alberto Santofimio Botero y Pablo Escobar Gaviria (!), a quienes hice referencia en mis Memorias, según consta en la extensa crónica recién publicada, en sus páginas centrales, por el periódico de marras, con el siguiente título: “Cuando Lara Bonilla y Galán se enfrentaron a Escobar”.

Capitolio Nacional en Bogotá

Pero, sorpréndanse ustedes: mis condiciones excepcionales de fotógrafo en ciernes se frustraron por completo ante el aviso enorme, gigantesco, sobre la fachada del edificio, puesto por el gobierno central para promover su Conversación Nacional, tal como quedó registrado en la foto adjunta, la cual saldrá así, como un parche, en mi muy esperada obra autobiográfica.

Se trata del Capitolio, no se olvide; que es Patrimonio Nacional, gústenos o no, y cuya fachada debería permanecer limpia, sin consignas de los vándalos, con quienes no pueden ponerse a competir las autoridades oficiales, entre otras razones porque podrían denunciarlas al menos por contaminación visual.

¡Es el colmo!

¡Hágase operar, aunque no lo requiera!

Y otro caso insólito, ya fuera de Bogotá y nada menos que por la costa Caribe, bajo el radiante sol que cubre a La Arenosa. Sí, aquello comenzó en Barranquilla, hace como cuatro años, cuando fui hospitalizado de urgencias en una moderna y muy exclusiva clínica privada, donde algún médico no tardó en diagnosticarme diverticulitis (inflamación de divertículos en el colon), lo que obligaba -según él- a intervenirme de inmediato quirúrgicamente para evitar el riesgo de romperse un divertículo y complicarse más las cosas. “Estoy al borde de la muerte”, pensaba yo, adolorido.

Pero, no. Me opuse a la operación propuesta, pensando en lo que alguien me había comentado días antes: que por esos lados la corrupción imperaba también en el sector salud, tanto que a él le habían recomendado una cirugía que luego, al trasladarse a nuestra capital para las consultas de rigor, supo que no era necesaria. “Eso de las cirugías se volvió un rentable negocio de algunos médicos para aumentar sus escasos ingresos”, me dijo entonces.

La mía fue una buena decisión, sin duda. Y acabo de confirmarla a cabalidad: ante un fuerte dolor abdominal que padecí la semana pasada, temiendo naturalmente que se repitiera la crisis de Barranquilla, fui a mi clínica favorita, consulté con el especialista y éste, tras revisar después los exámenes que me ordenó, dijo sin rodeos: “¿Divertículos? ¡Usted no tiene nada de eso! ¿Cómo iban a operarlo por diverticulitis?”

Sobran los comentarios.

(*) Escritor y periodista. Ex director del diario La República. [email protected]