8 de agosto de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Hacia una década de oportunidades

14 de enero de 2020
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
14 de enero de 2020

Cada vez que inicia un nuevo decenio tendemos a mirar hacia atrás para hacer el balance del que culmina y proyectar lo que deseamos lograr en el siguiente, entonces nos fijamos metas y asumimos desafíos.

De ahí que 2020 sea algo así como el año del pistoletazo de partida de una era en la que el debate sobre una nueva agenda de desarrollo y las políticas públicas para su ejecución está a la orden del día, pues los desafíos que plantea la tercera década del siglo XXI para departamentos como el Quindío son radicalmente diferentes a los afrontados en los últimos años. No obstante, un buen punto de partida para trasegar por esta senda es reconocer los logros alcanzados e identificar las limitaciones que aún persisten, esas que se evidencian en brechas sociales, económicas y ambientales.

Opino que es arriesgado focalizar las opciones de futuro en las expectativas que suscitan proyectos de infraestructura tales como: la doble calzada Ibagué, Calarcá y La Paila, el túnel de La Línea, la ampliación y modernización del aeropuerto internacional El Edén, la recuperación del Ferrocarril de Occidente y una eventual plataforma logística, pues estos proyectos, si bien demandan un gran esfuerzo de lobby por parte de la dirigencia local ante el gobierno central para su ejecución, no dejan de ser iniciativas de la nación que la región recibe sin mayor desvelo para planearlos y menos para realizarlos. Así que el desarrollo no nos va a llegar si continuamos insistiendo mayoritariamente en la estrategia de exigir obras de infraestructura, que por sí solas no son portadoras de progreso, y no en la tarea de construir opciones de futuro.

En consecuencia, es imperativo buscar ideas fuerza que maximicen las oportunidades regionales, ideas que ahonden en el aprovechamiento de los proyectos mencionados para incentivar el fortalecimiento empresarial, la atracción de inversión, la creación de empresas, la retención del talento humano, la generación de empleo de calidad, el mejoramiento del ingreso per cápita y cosas parecidas. Ideas fuerza fundadas en el conocimiento y en ciencia, tecnología e innovación; cimentadas en la competitividad y productividad; enmarcadas en la globalidad. No de otra forma podremos encontrar la senda de la prosperidad.

Hay que avanzar sin vacilaciones hacia un ejercicio de reflexión que nos dote de una visión de futuro de mediano y largo plazo. Una visión renovada y oxigenada, innovadora y disruptiva, que refresque los agotados paradigmas del presente, que sea estructurada, realista y transformadora. Una visión que vaya más allá de una simple reproducción del pasado y una extrapolación lineal del presente. Una visión que considere el futuro como un blanco móvil.

Por tanto, llegó el momento de ser osados, de explorar alternativas de cambio de nuestras estructuras políticas, económicas y sociales. No le tengamos miedo a soñar con una década de oportunidades inmensas, pero sin divagar en quimeras y fantasías, sin distraernos en debates políticos estériles. Este proceso se debe basar en una lectura realista que atienda los debates intelectuales contemporáneos y los paradigmas de la Cuarta Revolución Industrial, que considere las oportunidades de la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la automatización, el big data, las ciudades inteligentes, la industria 4.0, la agricultura de precisión y demás adelantos tecnológicos.

Este debate sobre el desarrollo y el bienestar se debe ocupar del tránsito hacia una sociedad y una economía del conocimiento, sin lo cual no podríamos entender el mundo moderno. Entonces, si estas son las premisas, ¿Cómo cambiar la forma de hacer política, el modelo de administración pública, la estructura productiva, el sistema educativo, el uso de la ciencia y la tecnología, la apropiación de la innovación y la organización social?

Como el desafío no es de menor calado, nuestra visión de futuro, cualquiera que ella sea, la deberíamos orientar por ideas fuerza que integren, entre otros, los siguientes elementos:

  • Elaborar una agenda de ruptura basada en el desarrollo productivo y la innovación, en la competitividad y la productividad, con un nuevo arreglo institucional y dotada de incentivos.
  • Privilegiar la educación y la CT+i, y en especial la sostenibilidad ambiental y la lucha contra el cambio climático.
  • Adoptar una estrategia de crecimiento orientada a transformar las ventajas comparativas en competitivas.
  • Avanzar hacia la especialización inteligente del territorio con cadenas de valor y clústeres locales integrados a los flujos globales del comercio.
  • Estimular los emprendimientos de base tecnológica.
  • Conformar centros de pensamiento que se focalicen en ejercicios prospectivos y planteen a la sociedad alternativas de futuro por escenarios.
  • Pensar y actuar sistémicamente y ver la competitividad y la innovación como un instrumento de progreso, calidad de vida e inclusión social.

Como el desafío es enorme y el manual de procedimiento no está escrito, empecemos por apartar de una vez por todas las visiones de futuro conservadoras que solo reproducen un estado insatisfactorio de las cosas. Hay que apostarle a proyectos innovadores, plausibles, pertinentes y coherentes; hay que aprender de nuestros propios aciertos y errores; hay que consensuar visiones de futuro y formular políticas públicas para hacerlas realidad; hay que tener las mentes abiertas y los espíritus inquietos; hay que ser inconformes y rebeldes con el estado de las cosas; y, sobre todo, hay que ser osados y ambiciosos y para avanzar hacia mejores estadios de progreso y bienestar.

 

Armando Rodríguez Jaramillo