11 de diciembre de 2019
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Nuestra red vial (4)

1 de diciembre de 2019
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
1 de diciembre de 2019

Nuestra historia vial es muy decepcionante. Hubo hazañas extraordinarias, como la construcción del Ferrocarril de Caldas o la de cable aéreo a Mariquita. Pero un sino maldito determinó que esas dos empresas grandiosas terminaran en nada. Cuando los pereiranos levantaron los rieles que cruzaban esa ciudad por la que ahora irónicamente llaman Avenida de Ferrocarril, sellaron el destino de esos dos importantes emprendimientos que tan decisivos fueron para el progreso comercial e industrial de nuestra ciudad.

Miremos lo que escribía el galeno Diego Rosselli, autor del extraordinario libro Historia de cien ciudades − crónicas de un viaje fascinantes por Colombia (Intermedio editores Ltda., 2010, pp. 58,59) en relación con el desarrollo de Manizales a principios del pasado siglo: En los años veinte, Manizales era una ciudad próspera. En sus casas abundaban los lujos europeos y los hijos de las buenas familias se formaban en universidades del Viejo Mundo. Las compañías de teatro, de tango y de ópera −nacionales y extranjeras− la incluían siempre en sus giras (…). 

Su principal problema eran los caminos. Llegar o salir de Manizales era parte de la aventura de conocerla (como debe tener presente cualquier viajero varado en el aeropuerto de La Nubia). Arrieros osados con recuas de mulas o yuntas de bueyes llevaban a las personas y mercancías, ya por el camino del Valle, para salir a Cali y al Pacífico, ya por esas inacabables montañas sucesivas del largo trayecto hasta Medellín. Pero el peor de todos los caminos era el que remontaba la cordillera para buscar el paso de Letras y bajaba luego a las tierras llanas de clima infernal del valle del Magdalena, en Tolima. Era una ruta imposible, en la que no resultaba inusual que murieran de frío recuas enteras o desaparecieran para siempre viajeros solitarios. 

En los años veinte empezaba apenas el diseño de la red vial y se iniciaba en el país el transporte aéreo. Fueron esos los mejores años para Manizales. Imprentas, bancos, teatros y colegios habían surgido en todas partes. Y además de la imponente estación del ferrocarril y las líneas férreas que permitían la salida del café a Buenaventura, la ciudad lucía con orgullo ante el mundo otra gran obra de ingeniería: el cable aéreo que la unía con Mariquita, y así con el Magdalena y con los mercados del mundo. Con 72 kilómetros de longitud, más de cuatrocientas torres y cerca de ochocientas vagonetas, fue en su momento el cable aéreo más largo del planeta. 

Hoy no existe el ferrocarril. Desapareció el cable aéreo. El desarrollo de las carreteras ha sido lento y desarticulado. La historia del aeropuerto es triste. La gran esperanza era la Carretera Panamericana, que nació de una idea de la SMP con el lema “Colombia por Caldas al mar”, y que por fin parecía concretarse con la “Autopista del Café”, causante, sin embargo, de otra frustración: es cierto que nadie prometió que habría una doble calzada integral entre Manizales Pereira y Armenia. Pero, ingenuos que somos, y faltos de información, la idea que nos formamos fue esa: una vía moderna que conectara las tres ciudades sin soluciones de continuidad. Y que, de paso, uniría a Manizales en doble calzada con el gran corredor Buenaventura−Bogotá. Vale decir, con la red vial de autopistas de doble calzada que se está completando poco a poco en la parte central del país. El nombre de “Autopistas del Café” con el que de manera tan optimista se bautizó ese proyecto, así como las obras del tramo inicial de la vía, incluido el imponente viaducto de La Estampilla, nos reafirmaron en esa falsa esperanza.

Por supuesto, el tramo de “Autopistas del Café” entre Manizales y Chinchiná es una gran obra. Pero este enclave de buena calidad, del que podemos disfrutar cuando viajamos entre las dos ciudades, está bastante aislado. Ese fue el contentillo que nos dieron para que contempláramos tranquilos cómo el resto de la red vial del país progresaba, con problemas y dificultades, es cierto, pero con esperanzas de desarrollo que a nosotros se nos niegan Es un anhelo legítimo aspirar a que Manizales no se quede, como está ahora, aislada de la malla vial del centro del país. Hoy, la realidad a la que hemos despertado es que el nombre de “autopista” solo lo merecen ese tramo hasta Chinchiná y la vía entre Pereira y Armenia. Los dos sectores en calzada sencilla bidireccional, entre Chinchiná y el estadio de Santa Rosa y, sobre todo, entre La Romelia y El Pollo, son una gran desilusión; el primero puede que tal vez se solucione: el Presidente Duque ha prometido que se completará ese par vial; quisiera creer que sí, sobre todo porque también se han comprometido las intenciones de la RAP y las del Concesionario de “Autopistas del Café”; pero lo verdaderamente insufrible que es la variante La Romelia y El Pollo, no va a tener solución. Esta vía, que parecería haber sido diseñada por alguien interesado en desestimular el turismo hacia Manizales, es un tapón insoportable, deteriorado adrede, además y por si algo faltara, con un nutrido reguero de “policías acostados”. Los quince o veinte minutos de tortura que significa, si se está de buenas,  el conducir por esa carretera, y que a menudo, en momentos de gran congestión, pueden llegar a convertirse en una hora o más, son un suplicio suficiente para hacerle olvidar a uno todo el placer del resto del viaje.