12 de agosto de 2020
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GOTA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de diciembre de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de diciembre de 2019

Todos los días el viejo reloj despertador suena a las dos de la madrugada. José Aníbal hace a un lado su vieja y rota cobija, busca en la oscuridad sus chanclas de baño, que tienen más años que él, enciende la luz de la pequeña habitación, camina por un pasillo extenso hasta el baño, mientras oye los ronquidos de los demás inquilinos que duermen con la noche. Se baña. Soporta el frío. En ese lugar imaginar una ducha caliente, o al menos tibia, es un imposible que lo borró de sus deseos desde hace muchos años. Se seca con esa vieja toalla que alguna vez fue blanca  y que ahora se confunde con los colores  de su cuerpo.  Busca uno de los dos pantalones de jeans que tiene, se pone una camiseta que alguna vez fue roja, se calza sus gastados zapatos, se abriga con esa chaqueta que alguien le regaló y le queda grande. Sale a la calle y comienza la caminata de tres cuadras que lo separan de la galería, a donde llega a las dos y media de la mañana. Se hace en el mismo sitio de siempre. Hasta allí llega a los pocos minutos el hombre de la moto, quien sin saludarlo le indaga cuanto va a necesitar ese día. José Aníbal le dice que apenas cien mil pesos porque las ventas están muy malas y ayer casi no logra conseguir los ciento veinte mil para pagarle en la noche.

Va hasta el puesto de venta de verduras y hortalizas al por mayor. Compra lo que le alcanza con esos cien mil pesos. Los echa en un costal de fique y se acomoda nuevamente en el puesto que tiene sobre el andén externo  de la galería.  Organiza despacio, con mucho tiempo, las cosas de vender y espera a que pase la señora que camina con bastón y lleva termos con tinto y café con leche. Compra un tinto de quinientos pesos  y su cuerpo recibe algo de energía. El bienestar  que la poca cafeína que contiene esa bebida le imprime ánimo para seguir con vida. La oscuridad en las madrugadas frías  es un poco más lenta en el transcurrir del tiempo. Los compradores posibles no llegarán antes de las cinco de la mañana.  Y deberá permanecer en ese sitio hasta bien avanzado el día, a la espera de vender todo lo que tiene disponible, pues sabe que a las seis de la tarde llegará nuevamente el hombre de la moto, quien sin cruzar palabras espera que le entregue ciento veinte mil pesos, los cien mil del préstamo  y los veinte mil de los intereses por disponer de lo que José Aníbal llama  el capital de trabajo.

Siempre ha pagado cumplidamente. Muchas veces la venta solo ha alcanzado para pagar lo que le prestan a la madrugada y se ha quedado sin un peso para comer algo y además ha acrecentado la deuda con el inquilinato donde vive y paga el hospedaje por días. Ya le advirtieron que si se atrasa cinco días más, le va a tocar buscar donde dormir, porque no le pueden dar tanto crédito. A sus 65 años no tiene para donde irse y además necesita vivir muy cerca de lo que llama trabajo y con lo que se rebusca el mínimo sustento de un ser humano. José Aníbal sabe de la venta de verduras y hortalizas porque en sus mejores años tuvo un pequeño supermercado.

Era como uno de los potentados del barrio. Comenzó con una pequeña tienda. Fue creciendo poco a poco. Los proveedores comenzaron a visitarlo con frecuencia. Un Banco le envió a uno de sus agentes de comercialización y lo invitó a que abriera una cuenta, para que fuera haciendo un nombre financiero y tuviera acceso al crédito.  Que dejara de pagar las cosas en dinero en efectivo, que era más seguro hacerlo con transferencias bancarias o en el peor de los casos con giro de cheques, pero que manejara  lo menos que pudiera billetes y monedas, porque podría ser víctima de los atracadores. Le dijo que lo dotaban de chequera, de tarjetas y que todo se le facilitaría. Lo que ese agente no le dijo fue que todos esos productos bancarios tenían un costo, incluso si quería saber que saldo tenía en el banco, debería pagar unos valores que se los iban descontando de sus propios depósitos, que los cheques eran exageradamente caros, porque los Bancos  cobran por esos conceptos lo que quieren, porque al fin y al cabo de alguna manera han participado en la elaboración de las normas financieras que les permitían hacerse billonarios en muy poco tiempo, manejando los recursos ajenos y llevándolos por el camino fácil del crédito.

Cuando le abrieron la cuenta bancaria, le dieron chequera, le entregaron tarjetas débito y crédito, se sintió importante. Le enseñaron que cuando  fuera a algún lado pagara con las tarjetas que en todas partes se las recibían y no debería cargar dinero en efectivo.  El mundo se le hizo  más fácil. El negocio fue creciendo poco a poco. Ya no era la tienda de don Aníbal, era el supermercado de la esquina, donde se conseguía de todo. La clientela crecía y los viejos amigos le pidieron crédito. Se sintió lo suficientemente fuerte para darle crédito a sus amigos y a mucha gente del barrio. En un comienzo todos pagaban cumplidamente  el día de la quincena. Muchos se fueron quedando sin trabajo  y comenzaron a darle excusas y excusas.  Mientras tanto para mantener la prosperidad  de su establecimiento de comercio, que debió legalizar y asumir el pago de la cascada de impuestos nacionales, departamentales, municipales,  de fomento, de apoyo,  de las estampillas habidas y por haber, acudió al endeudamiento bancario. Le prestaron lo que pidió. El cupo de la tarjeta de crédito fue amplio.  Pagaba cumplidamente sus obligaciones. En la medida en que su deudores se iban quedando  sin con que pagar lo que le debían, de la misma manera  se fue viendo  en dificultades  para atender las obligaciones con los bancos.  En cierta ocasión por poco le dio un infarto cuando le dijeron el acumulado de la deuda con la tarjeta de crédito. Era muy dado a usarla, especialmente cuando salía a hacer vida social con las mujeres lindas del barrio, que en él encontraron un coqueto generoso y romántico, a quien le gustaba la buena vida. Supo que el dinero  da mucho estatus y  lo quieren mucho  si es generoso.

Un día los bancos  le dijeron que debía ponerse al día de inmediato o de lo contrario, estarían  en “la penosa necesidad” de entregarle esa cartera a las oficinas externas de abogadas que manejaban sus cobranzas.  Por muchos esfuerzos que hacía  no alcanzaba a cubrir todas las obligaciones crediticias que había ido adquiriendo sin control, pues le prestaban y la fiaban  sin ninguna dificultad. Quienes le prestaban, especialmente los Bancos, no medían el riesgo, y mucho menos él, que era un hombre elemental, que con su trabajo personal había logrado  un medio de  supervivencia.  Y le llegó la carta seca, ofensiva de una oficina jurídica en la que le dijeron  que la orden era pagar, ponerse al día.  Que se pusiera en contacto con tales teléfonos.  Lo hizo. Lo citaron a una oficina, donde lo atendieron muy bien. Le dijeron que la deuda vencida era del orden de los cincuenta millones de pesos y que si pagaba de una vez  le cobrarían 65 millones de pesos,  por los intereses de mora y los honorarios de abogado. Que le aconsejaban pagar de inmediato para que esa deuda no siguiera aumentando y para que recuperara su buen nombre comercial. Pidió unos días de plazo. Le dijeron que con mucho gusto, pero que entendiera que cada día que pasara esa deuda iba a seguir creciendo y los honorarios del abogado también, pues se liquidan sobre la totalidad de la deuda, a la que se le suman los intereses moratorios  según los días transcurridos.

Al cabo de cinco días logró reunir veinte millones. Hizo las cuentas imaginarias y pensó que si hacía ese abono, quedaría debiendo 45 millones. Llamó a la oficina de abogados. Dijo que iba a abonar  esa suma. Le recibieron con expresiones de servicio. Le hicieron el recibo  de abono a la deuda. Le hicieron una nueva liquidación y le reiteraron  que seguía debiendo, a partir de ese momento, 52 millones de pesos. Indagó porqué y le explicaron que lo abonado se aplicaba primero a los intereses de mora, que era la utilidad del Banco y a los honorarios del abogado. Por tanto no alcanzaba a cubir ni una sola parte del capital y quedaba adeudando  intereses moratorios en parte. Ingenuamente pregunto  en que plazo podría pagar ese saldo. Le dijeron que  mientras más pronto pudiera pagar, mejor, porque a partir de esa fecha los intereses moratorios  se aplicarían al saldo y los honorarios del abogado se volvían a aplicar a lo que no había alcanzado a pagar.

Cuando salió de la oficina jurídica su cabeza le daba vueltas. No lograba entender el asunto. Se subió a su modesto vehículo de segunda. Mientras llegaba al negocio, iba pensando  en vender el carrito. Con lo que le dieran haría un nuevo abono, porque tenía que salvar el negocio. Seguir haciendo lo que sabía hacer. Efectivamente mal vendió el carro y lo que dieron fue a la oficina de abogados, donde de nuevo le ofrecieron café, que ya no quiso aceptar, porque comenzaba a entender  la hipocresía del profesional del Derecho que lo atendía muy bien, pero que en las cuentas, en las sumas, en las restas, en las multiplicaciones  sacaba unos resultados que no correspondían con las tablas de multiplicar que tan cuidadoso fue en aprendérselas, y todo los resultados eran a favor del banco y en su favor, porque el capital no mermaba, siempre se abonaba a intereses y a honorarios.

Las provisiones del negocio  tuvo que hacerlas con pagos de contado. Ya nadie le daba crédito. Había que sostenerse. Cerró el crédito a los vecinos. Cuando un contador le hizo la cuenta de lo que le debían, era una suma mayor a esa suma fantasmal  que le hacía en todas las veces el abogado. Por poco se pone a llorar. O sea que si los vecinos le pagaban, sería capaz de pagarle al Banco. Pero ninguno de sus vecinos le podía pagar. Muchos de ellos se habían ido del barrio y ni siquiera sabía donde estaban ahora.

En medio de su angustia un amigo lo invitó a relajarse, a olvidarse un momento de esos problemas. Que fueran a tomarse unas cervezas. A oír música. Que pensara en otras cosas. Le contó en detalle lo que le pasaba. Pragmáticamente el amigo le dijo que nadie estaba obligado a lo imposible, que si no podía pagar, el problema era del Banco, que en ese Banco eran unos irresponsables que le iban dando crédito a la gente sin saber si tenían con que pagar.  Que no hiciera nada. Que estaba quebrado, que dejara  que los bancos actuaran y vinieran a llevarse lo que quedara. Al poco tiempo le llegó un oficio  de un juzgado  en que le notificaban que estaba embargado en todos sus bienes, que concurriera a hacerse parte en el proceso o de lo contrario se procedería a la ejecución de todas sus deudas. Siguió trabajando, vendiendo las últimas cosas que le quedaban. Después llegaron de una inspección de Policía, a hacerle un secuestro de los bienes. Venían unos señores a los que les decían peritos y al lado de la inspectora estaba el abogado que le había dado tinto en su oficina y quien intentó saludarlo, pero José Aníbal apenas le dijo: “Rata hijueputa, me dejaste en la calle, seguí enriqueciendo a tu puto Banco”.  Atendió la diligencia. La inspectora le dijo que le entregara las llaves del negocio al secuestre y que este sería el administrador  de ahora en adelante, sin que le tuviera que rendir cuentas a él, que se las rendiría al juzgado de conocimiento.

José Aníbal se fue temprano a casa.  Ya debía un mes de arrendamiento. Llamó al arrendador y le dijo que para no aumentar la deuda, mejor le desocupaba y que le diera un plazo para pagar lo debido. Al salí de esa casa supo a conciencia plena que estaba en la ruina y que debía  comenzar una nueva vida, cuando ya pasaba los sesenta años.

Pensó en que hacer. Se fue a la galería y hablando con sus amigos, estos le dijeron que había mucha gente que se rebuscaba el sustento vendiendo en la calle al menudeo, cosas de las que se  distribuían allí.  Fue como encontró su nueva ocupación, vender pequeñas cantidades de verduras y hortalizas en el andén externo de la galería. Pero necesitaban un mínimo de capital. Habló con otros vendedores de la misma modalidad y estos le dijeron que ellos trabajaban créditos gota a gota. La palabra crédito lo estremeció. Le hizo sentir una corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo. Era como si le hubieran hablado de algo que causa pánico. Pero no había alternativa.

Pidió que le explicaran muy bien  como funcionaban esos créditos. Le explicaron que a la madrugada llegaban con el capital en efectivo. Y en la tarde recogía el capital y los intereses. Pagaría capital e intereses con los mismos  rendimientos de las ventas. Argumentó que no tenía patrimonio para respaldar una deuda y le dijeron que no se preocupara, que esa clase de deudas se garantizan es con la vida. Que si no pagaba un día, podía tener la seguridad de que al otro día, un hombre en moto lo iría a buscar donde estuviera y le dispararía hasta  verificar que estaba muerto.  Que por eso le prestaban a cualquiera.

Ese día vendió en el andén externo  de la galería zanahoria, remolacha, cebolla cabezona y plátanos verdes. Al atardecer le quedaban algunos productos. Les bajó de precio para venderlos todos, pues no le admitían devoluciones, al llegar la noche hizo las cuentas de las ventas y tenía en el bolsillo ciento veinticinco mil pesos. Los ciento veinte eran para pagarle al hombre de la moto y no poner su vida en riesgo. De los cinco mil restantes debía pagar tres mil por el arrendamiento  del cuarto del inquilinato donde dormía. Le quedaban dos mil para buscar algo de comer y no acotarse con tanta hambre.  Hasta ahora es un sobreviviente del sistema gota a gota, en que se dan todas las facilidades del crédito y se cobra a los deudores a sangre y fuego. Mientras estuviera vivo, aún tenía  una garantía para que todos los días a las dos y medida de la madrugada le siguieran prestando los cien mil pesos.

José Aníbal es uno de los deudores  del sistema gota a gota, la manera más criminal de financiar pequeños capitales de trabajo, en el que no actúan como administradores de cartera los abogados  bancarios, sino los sicarios que sólo saben de muerte, porque carecen del más mínimo sentido de respeto a la dignidad humana y mucho más de la vida de los demás. Cumplen órdenes de una organización llena de dinero en efectivo, que se ha expandido por toda América Latina, sin que nadie haga algo, pues los Estados han puesto la legislación financiera al servicio de los Bancos que en Colombia ganan 18 billones de pesos al año, generando pocos empleos y automatizando procesos, cobrando por todos los servicios de manera ilimitada e incontrolada.  Si los llegaren a controlar, seguramente no volverán a financiar campañas políticas.