15 de noviembre de 2019
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Un vértice fantástico

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
8 de noviembre de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
8 de noviembre de 2019

Soy chestertoniano y sigo esperando el día en que la iglesia católica decida santificar a Gilbert Keith Chesterton y entonces pueda ir a comprar una estampa de San Gilberto, o mejor dos, una para llevar en la billetera y otra para poner en un altar que tengo en la casa. Aunque la causa parece más o menos extraviada, pues el obispo de Northampton, Monseñor Peter Doyle, ha resuelto, por lo pronto, archivar el proceso de canonización, para tristeza mía, y obviamente de dos de sus principales postulantes, Juan Manuel de Prada y Juan Esteban Constaín. Triste noticia, insisto, ahora que podría yo contribuir en algo al proceso, con la testificación del acaecimiento de un suceso extraordinario que no puede tener origen en alguien diferente al creador del Padre Brown, a quien debo además la firme convicción de que los milagros existen. Porque, evidentemente, el mero hecho de que algo ocurre rara vez, en circunstancias extrañas y sin que dentro de nuestro conocimiento tenga una explicación, no constituye una prueba de que vaya en contra de la ley natural. Podríamos aplicar esta afirmación a los gemelos siameses, a un nuevo cometa, o al elemento químico radium… Todo el mundo sabe que de las calabazas salen calabazas. Lo que nadie sabe es por qué de las calabazas no salen elefantes o jirafas”, escribió Chesterton.

Así que aquí va la historia del hecho extraordinario, porque un suceso tan sorprendente y único creo que debe calificarse como tal, sin importar la importancia o espectacularidad del evento o las repercusiones materiales del mismo, es decir, no creo que todo milagro deba tener como objeto la curación de alguien y mucho menos que deba ser previamente pedido. El caso es que hace unos días llegó a Libélula un Señor compuesto y buena gente, con cara de paisano común y corriente. El hombre era Ignacio Peyró, el escritor español de Comimos y bebimos (notas de cocina y vida) publicado en 2018 por Libros del Asteroide. Puede explicarse su presencia gracias a la invitación de alguien o a la promoción del libro, pero aún así no deja de ser asombroso que un día y una semana cualquiera, el escritor hubiera terminado caminando por las calles de una ciudad andina, se hubiera detenido en la librería y hubiera decidido firmar y dedicar el único ejemplar de su libro que había llegado, y que yo tenía guardado entre mis libros separados. Peyró llegó, preguntó por su libro, le dijeron que alguien lo tenía reservado y entonces ofreció dedicarlo a ese futuro lector, escribiendo: “En la complicidad de los —- (ilegible) que unen comedor y biblioteca“. A mí me parece algo maravilloso la conjunción de múltiples órbitas, imposible de explicar: el escritor Peyró, un día cualquiera, Libélula, su libro, mi demora en llevarlo, en fin, un vértice fantástico; así que atribuyo tal maravilla al gordísimo Chesterton, glotón, bebedor y fumador empedernido; justamente por tratarse del tipo de libro que es Comimos y bebimos, y porque se me ocurrió que así es, otro signo inequívoco del milagro.

Pero habrá quien, incrédulo, y seguro conocedor de las leyes naturales que rigen sucesos como el narrado, considere el hecho algo menor; lo que no podrá en tal caso es negar la felicidad que entraña lo sucedido. Una felicidad que para colmo se ve multiplicada con la lectura del libro de Peyró que casi comienza así: “La cocina es una de las mejores maneras que los hombres hemos encontrado para cortejar la felicidad y –por eso mismo– la cocina es también una de las mejores maneras de bendecir la vida y celebrar el acto gratuito de existir. No hacen falta largas cogitaciones para comprobarlo…”  Chesterton dixit; casi.

Hubiera querido conversar con Peyró, a quien aunque escuché en una charla en Pereira no quise molestar cuando ya parecía que lo apremiaba su viaje, de haberlo hecho me hubiera gustado contarle que por la misma fecha de su visita a Libélula yo había encontrado en un librito que recoge las recetas de Neira, un pueblo al norte de Manizales, otro portento, uno además que resume sus querencias, las mías y una agradable negación de lo políticamente correcto o del supuesto buen gusto. En el mínimo cuadernillo los autores incluyeron un plato denominado “Empedrado”, la siguiente es la receta: se ponen a remojar los fríjoles en agua desde la noche anterior; se hace un hogao con cebolla y tomate; se asa el chicharrón; luego se pasan los fríjoles a una olla, se adiciona el hogao y se deja hervir; cuando los fríjoles comienzan a estar blandos, se agrega el arroz previamente cocido, el chicharrón asado, los plátanos y la papa picados; se deja entonces hervir con la olla destapada hasta que el agua se evapore; cuando está seco se pone la tapa y se deja a fuego lento. La gracia tal vez no esté en el “Empedrado”, aunque habrá desayunos en los que bien estaría, sino en que es la receta de la antigua cárcel municipal, y el pueblo entero la añora.

Manizales, 8 de noviembre de 2019