4 de marzo de 2021
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Reencuentro Marín Vargas 2019

1 de noviembre de 2019
1 de noviembre de 2019
Doctor Ramón Marín Vargas, padre de los Marín Ocampo, marcó una época en la región cafetera por su inteligencia, gran cultura, vocación gobernante y dotes periodísticas.

Alvaro Marín Ocampo

La fama es vapor; la popularidad un accidente;
la única certeza terrenal es el olvido”.

Mark Twain.

¡Qué bien se está aquí! Estas palabras fueron pronunciadas originalmente en el célebre monte Tabor, por allá en la baja Galilea, según se ha podido establecer en las crónicas y en las coordenadas de la época; con esta exclamación Simón Pedro, el terco pescador de Tiberíades, le propuso a Jesús, su maestro, levantar tres tiendas para acampar indefinidamente allí con Moisés y con Elías quienes habían descendido —o, mejor dicho, caído—  de improviso.

Pero, la idea es esta: Qué bien se está aquí en la casa de Óscar y de Beatriz transformada hoy, providencialmente, en cálido punto de encuentro que posibilita la recuperación de instantes familiares extraviados —como la paz— en el laberinto de los siglos, en la noche de los tiempos; en fin, no hay nada tardo ni prematuro, solía decir mi padre.

Y ya que estamos aquí, recordemos que asistimos al derrumbe del sentido común, al exterminio de los principios rectores de la civilización y convivencia pacífica, a la consolidación del feudalismo apuntalado en la politiquería, a la sistemática destrucción creativa propulsada por los nuevos bárbaros, a la dictadura de la tecnología que desborda los sentimientos, al imperio de la moral relativa o de manga ancha que es lo mismo; ahora que estamos postrados ante el siglo de las siglas en el que lo único auténtico es lo artificial, en cuya trivialidad es más sencillo ser famoso o crítico o traqueto que ser honrado,  donde la codicia y las ambiciones son las virtudes de la nueva narcocultura de las apariencias, en la que la incertidumbre se cierne sobre el porvenir de un conglomerado individualista subyugado por el poder del dinero fácil y deslumbrado por la importancia superflua de la actual política cosmética y corrupta, en el preciso momento en el que la guerra parece entusiasmar más que la paz, obviamente, porque es un negocio más atractivo…

Qué bueno estar aquí porque a cambio de la dureza de esta modernidad sin alma, sin Dios ni ley, hoy es posible volver a oír voces familiares, acentos inolvidables, y reencontrarnos con ademanes conocidos, evocar fechas y lugares que desbordan la memoria del olvido. Qué bueno volver a asomarse al río que viene de la infancia para recuperar el lenguaje universal de la nostalgia y la calidez de los mejores recuerdos.

De la mano de Camila, de Clara Elena, de Fabiola y de Fernando podemos reabrir las páginas amarillas repletas de devociones ancestrales y repasar en el viejo álbum la textura de los antiguos retratos cuyos tonos sepias retienen el semblante amable e indeleble de nuestros mayores, de los maestros de maestros.

Empecemos, entonces, por el padre Santiago: allí está custodiando en Chinchiná el colegio Mitre y su basílica en crecimiento. Lo recordamos con sus diálogos precisos llenos de certezas y después a bordo de la flamante Willys capitaneada por Otoniel.

Aparece Mercedes con sus ojazos garzos y tristes y un corazón monumental en donde había espacio de sobra para todos.

Llega Gabriel, el gran benjamín ocurrente, oportuno, espontáneo, inmenso en su solidaridad, vibrante en los afectos. Se fue demasiado pronto.

Aquí tenemos a Pepa una cajita de música infatigable, el colmo de la alegría y la espontaneidad auténtica. Nadie sabía que la dicha de tenerla iba a durar tan poco.

Distinguimos a la inconfundible Fabiola la inseparable compañera de siempre, la tutora de autoridad serena y entrañable; aún conservamos sus acuarelas y su estampa familiar.

Atisbamos a Inés colonizando la calle 100 de la capital y en medio de sus largos silencios, oímos su cátedra de dignidad y resistencia como de las matronas bíblicas.

Evocamos a Clara Elena, irreemplazable anfitriona de ojos cosmopolitas que a la vuelta de las Nieves en Bogotá, mantenía encendido el calor del hogar para los viajeros.

Cecilia y Camila, almas gemelas portadoras de la llave maestra indispensable para construir familias y consolidar el gran magisterio de la ilustración. Las dos tenían muy claro que para crear hay que creer.

Llegamos a Fernando el dueño absoluto de las voces graves y contundentes, siempre matizadas con sentencias lapidarias.

Silvia, mi madre, no puede quedarse por fuera de este recuento hecho a la luz de un relámpago nostálgico. Ahí está, sin alardes, con su soledad inmensa y su reguero de muchachos. Esperó todas las tardes el regreso de mi padre y un día se apagó como una lámpara esperanzada siempre en un milagro.

Cruzan de repente otros nombres familiares llenos de magia, luces y algarabía, como el de las fincas Bengala y La Busaca que constituyeron marcas registradas de encuentros navideños gozosos e interminables. Naturalmente, fue una época también propicia para los amores platónicos e imposibles —aunque suene a pleonasmo—, mediante la idealización de esa prima primorosa de bellos ojos gigantescos o de la otra prima espigada con piernas interminables, largas como las noches del olvido.

Dejemos que sea mi padre el que trace las últimas líneas de esta parrafada del alma. En su Oración de gratitud a Chinchiná —en 1964— puntualiza la filiación espiritual y humana de los Marín Vargas en estas palabras: 

(…) a la sombra vigilante de estas colinas que tienen la dimensión y el calor de la ternura materna (…) evoco la austeridad de mi casa, la alegría que arropaba como un manto suave nuestra pobreza, la satisfacción íntima y el orgullo de ser honestos, la confianza en Dios y en las propias fuerzas, el optimismo para saludar los días difíciles, el coraje para recibir los infortunios, el desvelo en el servicio de los intereses comunes, cuando, en fin, reconstruyo en la memoria fiel el marco humilde, rústico, pero sólido de lo que fue nuestro hogar (…). 

Profundo agradecimiento a Óscar y a Beatriz, toda la gratitud para ustedes queridos parientes por darle sentido, contenido y emoción a este feliz encuentro y gracias a la vida que, pese a todo, nos ha dado tanto.

La Florida, Villamaría, 31 de octubre de 2019.