27 de febrero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

PELICULA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de noviembre de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de noviembre de 2019

Cuando lo llevaron por primera vez a ver cine, quedó como encantado. No entendía lo que había visto. Al frente suyo pasaban cosas y contaban historias de una manera casi real. Esas personas, esos animales, esos espacios, esos tiempos eran tan reales como los que le correspondían.  Salieron de cine y le pidió a sus padres que volvieran a entrar. Le dijeron que no valía la pena porque volverían a ver exactamente lo mismo que acababan de ver. Que era repetir.  Cuando le hablaron de repetir lo visto, le llamó mucho más la atención. No entendía. En la vida nada se repetía, ni los tiempos, ni los espacios, ni las personas, ni los hechos, ni las cosas. Ahora con mayor fuerza insistió en que regresaran a la oscura sala para volver a ver lo mismo. Los padres lo aceptaron y reingresaron a la sala.  Se aburrieron mucho. Observaban al niño y seguía tan atento como la primera vez. Eso para él era algo que no lograba imaginar.  Salieron. Los padres aburridos, el niño con el entusiasmo de que volvieran a ingresar, ante lo que ya hubo un no rotundo  de sus progenitores. Se fueron a casa, pero en la mente del menor seguían dando vueltas muchas de esas imágenes que veía como ciertas. No entendía.

Al domingo siguiente pidió nuevamente lo llevaran a cine. Seguían presentando la misma película, pues para esa época no era mucho el cine que llegaba a Cali. Los padres  le dijeron que no. La nana que lo cuidaba se ofreció a llevar al niño. Le advirtieron  que iban para ingresar una sola vez.  Se lo recalcaron a la empleada, sin embargo, de manera  subrepticia la madre, le dio un poco más de dinero a la trabajadora y le advirtió que el niño seguramente querría ver la película dos veces.  Y efectivamente fueron otras dos veces viendo la misma película.  El niño trataba de comentar el contenido de la proyección con su cuidadora, pero esta no pasaba de respuestas monosilábicas de afirmación o negación. Nada que pudiera dar inicio a un diálogo de intercambio de opiniones. La muchacha se divirtió, porque nunca tenía esa oportunidad, ni menos de ver dos veces esos hombres tan guapos, con sonrisas tan brillantes y esas mujeres deslumbrantes, con miradas  de grandes ojos y unos paisajes que nunca habían estado ni siquiera en su mente. Desde ahí la vida se le convirtió al niño en una película.  La muchacha siempre estuvo dispuesta a acompañarlo, mientras fue  necesario, pues en la medida en que se hacía adolescente ya lo dejaban ir solo.  Los padres aceptaron que se trataba de un gusto  que le iba a pasar alguna vez, que era cuestión de caprichos de niño y de pronto hasta de adolescentes, pero que cuando se fijara en las mujeres, eso le haría olvidar las salas oscuras de proyección de ficciones.

Lo que con el paso del tiempo no pudieron establecer los padres fue que las películas, la ficción y todo aquello que tuviera que ver con eso que comenzaba a denominarse séptimo arte, se iba a convertir en la vida misma de sus dos hijos, uno de ellos se dedicaría a protagonizar  papeles de personajes diversos y el otro estaría en la plena disposición de la creatividad  de lo que veía y era capaz de llevar a imágenes, todas ellas en blanco y negro en los comienzos y luego con mucho color y tecnología, para que esa realidad trasladada a una pantalla grande, o chica, fuese más creíble.

El creador  se convirtió en una figura referente del cine colombiano, que comenzó a hacer cosas  cuando nadie lograba entender que en nuestro medio se pudiera intentar hacer lo que se hacía en una gran industria en países desarrollados. Con empeño, con tesón, con ganas, muchas ganas, y una gran capacidad creativa fue haciendo realidad  lo que todos consideraban como un sueño de locos, de peludos de pantalones bota campana, de camisas de colores fuertes con el pecho descubierto y colores fuertes,  con un cigarrillo en los labios, algunas veces apagado, otras encendido y dejando caer la ceniza al piso.  La casa paterna, de grandes dimensiones y comodidades de ricos, se fue llenando de afiches de cine, de toda clase de películas, de  fotos de estrellas del momento, de anuncios de presentaciones, de pequeños proyectores de juguete, que siempre fueron sus preferidos. Y de muchos rollos de celuloide, en blanco y negro, rescatados de la basura de los teatros locales. No tenía como proyectarlos, pero guardaba la esperanza de que algún día lo podría hacer. Y hablaba con sus amigos más cercanos de cine. Iban a cine juntos. Comentaban, mientras se fumaban entre todos un gran cigarrillo de marihuana. Fueron formando un grupo de hecho, que luego llegaría a ser representativo de la cultura de la capital del Valle del Cauca.  Esos muchachos  amigos  del hijo aficionado al cine, no iban a la casa a hacer uso de las delicias de una hermosa piscina al aire libre, bajo los soles brillantes de Cali, sino a sentarse en esos amplios corredores de la mansión a hablar de lo mismo, de cine y de cine y de cine. Eran obsesivos.  No valía la pena escucharlos, todo el tiempo hablaban de lo mismo.

La vida fue avanzando  y llegó la formación a hombres. Cursaron sus estudios  de secundaria en los mejores colegios de Cali y comenzaron a construir sueños locos, que solamente cabían en sus cabezas, porque a esas ideas nadie les veía futuro en un país donde nadie había hecho cine, y el poco que se había hecho era porque habían llegado productores extranjeros a aprovechar las locaciones y algunas historias, pero no con permanencia en las ciudades donde trabajaron. De todos fueron aprendiendo un poco. Su actividad favorita y casi exclusiva  era ir a cine. El teatro San Fernando, en el sur de la ciudad, cuando ese barrio era el de más alto estrato, se volvió como la casa de ellos y el portero los conocía tanto que muchas veces se hizo  el que miraba para otro lado, cuando detectaba que no tenían para la boleta de entrada.  Se volvieron  casi abonados de una sala que no tenía abonados. Y esa sería la casa donde esos sueños se comenzarían a volver realidad. La película de su vida se iba a construir desde ese espacio, en el que dejarían saber de sus inquietudes.

Fue una generación  de muchachos de clase alta de Cali, que terminaron comulgando entre si con una idea común: el cine podía ser el todo.  De ahí surgió con lo que se llegó a llamar el Caliwood, del que hicieron parte muchos  de quienes luego llegaron a ser consagrados intelectuales. Fue la iniciativa de otro cineasta y escritor, a quien se le agotó la vida, cuando la vida le aburrió del todo, sin arribar a los 25 años y al considerar que ya había hecho  lo que tenía que hacer y no valía la pena seguir viviendo en un mundo que no lograba entenderlo.  La idea fue de Andrés Caicedo, el escritor que con el paso de los años se consolida con sus historias de muchachos rebeldes, rumberos, irresponsables, innovadores, geniales, con hechos tomados de la realidad y en los que ni siquiera se tomó el trabajo de cambiarles la identidad. También estuvo Carlos Mayolo para quien una cámara de cine, un guión, una filmación eran como el conjunto de un acto de amor. Fue gran director. Y también  estuvo Eduardo Carvajal, a quien siempre han llamado “La rata”, para quien una cámara en sus manos es como un pincel para un pintor o un cincel para un escultor. Y estaba Ramiro Arbeláez, quien iba por esos mismos caminos del cine, y al final terminó en ellos, pero desde la academia, desde la formación de grandes figuras que ahora hacen el buen cine colombiano. Y allí, como un ícono, con su figura delgada, desgarbada, de gran talla, de pelo abundante, siempre con gafas oscuras, sus manos grandes y de dedos extensos, estaba Luis Ospina Garcés, el que ha llegado a convertirse en una especie de símbolo de lo que fue, ha sido, es y será el cine nacional. Bien puede decirse que el cine tiene un antes y un despumes de Ospina. Se fue de la vida en octubre 27 de 2019, pero se dio el lujo de dirigir la versión once  del Festival Internacional de Cine de Cali, FIICALI;  que ha llegado a convertirse  en uno de los más importantes del continente y es de respeto en el mundo. Lo hizo trascendente la presencia de Ospina, quien desde el 2009 fue su director artístico y luego pasó a ser su curador y director general.

Bien puede decirse  que Luis Ospina pasó a convertirse, incluso en vida, en la representación misma del cine colombiano. En este arte lo fue todo. Fue actor, guionista, productor, editor, coproductor, director, creativo, ninguno de los elementos  propios del cine le fueron ajenos. Nació en Cali el 14 de junio de 1949, en el barrio Juanambú, un sector exclusivo del norte, en casa de don Alfonso Ospina, el gran creador del mercado de los productos para piscinas en Colombia, con la mayor modernidad, y una de las hijas de la familia Garcés, también de tradición  de poder económico. En un comienzo su padre nunca estuvo de acuerdo con las inclinaciones artísticas de su hijo, pero luego no dudó en apoyarlo, incluso para que cursara estudios en Universidades americanas.  No le molestó que su casa se la convirtiera en una especie de estudio de cine, donde había una pequeña sala de proyecciones, películas en celuloide regadas por todas partes, afiches, fotos y  promociones de las grandes producciones cinematográficas. La  casa de los Ospina se convirtió en una especie de casa de locos, donde se hablaba todo el día de cine, lejos de las habitaciones de los padres que se aislaban de ese mundo de muchachos  de ojos saltones que seguían incondicionalmente a Luis.  Fue la casa del cine. Y allí se idearon proyectos como el Cine Club de Cali, en el Teatro San Fernando, dirigido por  Andrés Caicedo, al que acudían los jóvenes y los adultos aficionados al cine culto, de selección. Y lo bueno de esas proyecciones era el foro que al final de las proyecciones se hacían, con el fin de someter a duras críticas  lo visto.  Y allí mismo se ideó Caliwood, una especie de meca pequeña de producción de cine, especialmente de corto metrajes, con los que se retrató más de una realidad  de la ciudad. Todo eso fue posible por la existencia de esos irreverentes muchachos a quienes  solamente les llamaba la atención lo nuevo, lo revolucionario, pero especialmente lo contestaría. Y eso fueron en su vida.

Desde niño Luis Ospina supo que su vida sería de película. Y fue una película. De Luis se va a hablar por muchos años, en la historia del cine de Colombia y del mundo, porque supo dejar una huella cierta. Vale la pena traer aquí unas pocas de las pala bras que su compañero de vida, el profesor de la Universidad del Valle Ramiro Arbeláez, escribió en una revista, insertada como suplemento del diario El País, que fue planeada, diseñada y programada por el mismo Luis Ospina antes de morir, con motivo de la apertura del XI Festival Internacional de Cine de Cali, realizado en los primeros días de noviembre, que al salir a circulación, cosas del cine, apareció como un homenaje póstumo al director que se acababa de ir de la vida:

“Desde mi punto de vista, la obra de Luis transmite todo lo contrario que uno esperaría de un cineasta que ha hecho documental y ficción. Usualmente uno encuentra en la ficción aquello que atribuye a lo más hondo del espíritu de un director, mientras que el documental usualmente habla de la realidad, de unos seres distintos al director, de los que él quiere dar cuenta. Entonces sucede todo lo contrario: su obra documental es autobiográfica,  habla de su ciudad, de la memoria de unos seres y de una ciudad que se transforma o desmorona, pero  desde su mirada personal,  desde su nostalgia, desde su testimonio, su voz es su  mirada y esto se vuelve protagonista. Mientras que su ficción es de referencias cinematográficas: su tres largo metrajes de ficción están atravesados  por  su cinefilia, el cine de terror, de vampiros, el cine negro,  el de detectives, hay una conciencia  de la pasión de su vida, pero eso apenas es una partecita de él, con el documental está más entero a pesar de hablar de los otros, del otro. 

Y agrega más adelante:

“En los últimos once años combinó su labor de películas con la dirección artística y conceptual del Festival Internacional de Cine de Cali,  que creció rápidamente con su prestigio,  con su criterio,  con su gran conocimiento y con su popularidad,  porque era una persona querida en muchos lugares del mundo, donde su obra y su persona siempre fueron muy bien valorados. Más que ser de Cali, el Festival era de Luis,  que con su entrenado Ojo siempre nos trajo películas de vanguardia, las que están cambiando el cine en  el mundo. Va a ser muy difícil reemplazarlo en esa labor, el mayor costo era asumido por sus amigos del mundo que lo invitaban permanentemente a sus festivales y muestras, o a rendirle homenaje que afortunadamente pudo disfrutar en vida”. 

Describir mejor a Luis Ospina que uno de sus amigos más cercanos, imposible. Ramiro hizo parte de esa generación de creadores que creyeron en el cine, que se dedicaron al cine y que hicieron posible que  en la Escuela de cine de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad del Valle se formaran y se sigan formando los nuevos directores, esos que ahora ganan festivales internacionales, como los que ganara Luis Ospina. Ya esa escuela es un referente nacional. No se puede hablar del nuevo cine colombiano, sin pasar por esta escuela de formación. Es parte de la obra de Luis Ospina.

Queda una huella que está en imágenes, en documentos, en su libro “Palabras al viento: mis sobras completas”, en las que cuenta muchas de esas experiencias  que en un comienzo aparecían incoherentes, que no llevarían a ninguna parte. Tres de esas figuras precursoras del cine nacional, Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina, se han ido  y permanecen con todos  en sus enseñanzas, en su obra, en los numerosos documentos que dejaron grabados. Nunca les llegará el olvido. En las artes no se construyen olvidos, sino memorias constantes, de esas que hacen que la vida se renueve y se sepa que ayer fuimos unos y ahora somos otros, distintos, ni mejores., ni peores, distintos, por la fuerza creativa de los que se atrevieron a creer en ellos mismos, cuando los demás nunca creyeron en nada de lo que hacían, a lo que siempre le dieron el calificativo de locuras de muchachos. Las locuras si mantienen vigencia en el tiempo, pasan a ser parte de la memoria.  El mundo no seria lo actual, de no ser por tantos locos geniales que van por ahí, al desgaire lanzando ideas y realizando proyectos por el gusto de hacer algo distinto. Lo distinto que hace la gente es lo que cambia la vida. Luis Ospina fue uno de esos constructores de cambio de vida de las artes colombianas. La tecnología impedirá  que su obra se borre. Ya está guardada en celosos archivos culturales, porque lo que hizo es una huella de creador.