5 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Los estudiantes se suicidan, los maestros pierden la cordura mental.

Profesor comprometido con la transformación del país a través de la educación. Formado en Lic. En Biología y Química, Mg. En Enseñanza de las Ciencias, Doctorando en Didáctica y constante investigador vinculado a la educación universitaria. Twitter: @DavidAlTama.
15 de noviembre de 2019
Por Omar David Álvarez Tamayo
Por Omar David Álvarez Tamayo
Profesor comprometido con la transformación del país a través de la educación. Formado en Lic. En Biología y Química, Mg. En Enseñanza de las Ciencias, Doctorando en Didáctica y constante investigador vinculado a la educación universitaria. Twitter: @DavidAlTama.
15 de noviembre de 2019

La palabra suicidio se viene naturalizando en los ámbitos educativos; aunque sorprenden los casos, se vuelve común el comentario que señala como “apenas normal que suceda con tanto problema que tienen los muchachos”. En registro simple la memoria evoca el caso de Jhonnier David Coronado, estudiante de la Universidad Javeriana, y para no alejarnos de la comarca está Juanita Correa Valencia de la Universidad de Manizales quien fue asesinada por un compañero de universidad. Los especialistas que estudian la situación anuncian trastornos mentales que se expresan en depresiones y patologías más complejas como la esquizofrenia.

Es inocultable el crecimiento de estadísticas sobre estos hechos en escuelas de básica primaria, secundaria, media y universitaria, por lo cual se hace indispensable prestar atención y generar programas especializados que permitan identificar señales a tiempo y soluciones de fondo.

En contraste con el mundo de los estudiantes, está el de los profesores. Arista diferente es así la de salud mental de los maestros, en su titánica lucha cotidiana con número enorme de estudiantes durante semestres y años académicos en su propósito formativo. Término común en estos ambientes es “estrés” multicausal.

Los ideales de la vida docente de la cual hablan dirigentes de la política pública, contrasta con las historias que narran los maestros de carne y hueso, aquí en Manizales, allí en Chinchiná, más allá en Dosquebradas. Tenemos profesores amenazados por padres de familia y por estudiantes, maestros que pagan “vacuna” para acceder a sus propios sitios de trabajo; directivas escolares que no diferencian la delgada línea entre exigencia y el acoso laboral.

Además de la propia historia personal, el maestro debe manejar con certeza las de sus estudiantes y sus familias, inmersos en mundos de hambre, pobreza aguda, microtráfico, consumo de drogas, pandillaje, abusos sexuales, maltrato, explotación en distintos órdenes.  La sumatoria de sucesos tales termina desencadenando niveles críticos como mínimo de estrés que afectan la salud mental del profesorado; como gota de agua en punto fijo de la roca, con el transcurrir del tiempo, horada, rompe, resquebraja.

La salud mental de los maestros tiene que formar parte hoy de las políticas públicas y ser parte de las reflexiones y acciones consecuentes en la escuela. No se puede enmascarar esta debilidad del sistema educativo con el enunciado romántico de las muchas satisfacciones personales que genera la profesión. Solo si se atiende a tiempo el fenómeno se evitará el paso automático de los maestros, de la escuela a la clínica psiquiátrica.