6 de marzo de 2021
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“Dejad que los niños vengan…” ¡matrículas abiertas…!

10 de noviembre de 2019
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
10 de noviembre de 2019

Doloroso y difícil resulta abordar el tema de esta ocasión, en este caso, el lamentable incidente que ha causado tanta alharaca, pedaleada por  congresistas y respetables comentaristas de los medios de comunicación que de una y sin tapujos condujeron a la censura y renuncia forzada del señor Ministro de la Defensa y de paso, dejaron abierta una siniestra caja de Pandora de consecuencias futuras y amenazas inmediatas impredecibles. Porque, no nos digamos mentiras, el debate desatado contra el saliente ministro, contra el accionar de la fuerza pública y contra el gobierno del presidente Duque, pareciera ser parte de la cuota inicial de un muy amplio espectro de propósitos y tendencias desestabilizadoras como las que se han visto en Chile, Ecuador, Perú, Argentina y México, tal como lo anunció a voz en cuello un exultante Diosdado Cabello, siniestro personaje, segundo en el escalafón del patético régimen  venezolano. Tal pareciera que los promotores de esos movimientos, encabezados en nuestro medio por  gelatinosos parlamentarios y dirigentes de izquierda, secundados por movimientos sindicales de maestros, servidores de la Rama Judicial, comunidades de estudiantes e indígenas y otras hierbas semejantes, añoraran con inusitada fruición las “libertades” de las que se disfruta en Cuba, la “abundancia y los progresos” que ha logrado la revolución del Siglo XXI en Venezuela, la “esplendidez democrática” de Nicaragua o la “transparencia electoral” de Bolivia.

Dichas intervenciones han alcanzado lo que hasta ahora parecía absurdo y carecía de sentido. Como por arte de magia y en un dos por tres, lograron revertir la fealdad de una conducta criminal como ha sido internacionalmente reconocido el reclutamiento forzado de menores por grupos armados al margen de la ley en una posición decente y aceptable y en un valioso escudo al servicio de los delincuentes para utilizar de ahora en adelante y sin restricciones de ninguna especie a niños, transformar y corromper sus inocentes vidas campesinas convirtiéndolos en carne de cañón y en criminales, extorsionistas, asaltantes, secuestradores y asesinos y a niñas y jovencitas para prostituirlas sometiéndolas a vejámenes incalificables mediante la servidumbre sexual obligatoria. Y de paso, y en su papel más valioso para sus propósitos criminales, tornarlos en dóciles escudos humanos, sensibles e intocables.

Extremadamente triste y lamentable resulta para toda persona con sentido común y una pisca de humanidad el sacrificio de vidas que hasta ahora están en sus inicios como sucedió en el caso de los 23 jóvenes cadetes sacrificados en el infame atentado contra la Escuela de Cadetes de Policía General Santander o en el de los 48 infantes que entre el total de 79 muertos, cayeron destrozados por los “tatucos” y cilindros rellenos de metralla lanzados contra la iglesia de Bojayá, todos ellos tan injustamente sacrificados como lo fueron las víctimas juveniles resultantes del reciente ataque de las Fuerzas Militares a la guarida de “Gildardo Cucho”, cabecilla de las disidencias narcoterroristas de las Farc. Su injustificada presencia en ese lugar es una irregularidad atribuible única y exclusivamente a los reclutadores irresponsables y desalmados que sacaron a la fuerza a los menores del seno de sus familias para exponerlos a tales riesgos, tal como le aseguró a su madre la niña Angela María Gaitán Pérez de 12 años, una de las víctimas, cuando, obligada, se alejó de su hogar:

Mami yo me voy porque me toca, no hay de otra…”

No se puede perder de vista que la tarea de sembrar minas “quiebra patas” o llevar permanentemente al hombro los casi cinco kilos de peso de un fusil de asalto Kalashnikov AK-47, de fabricación rusa, preferido por la gran mayoría de movimientos subversivos del mundo, arma que en manos de un adolescente campesino, acostumbrado a las rutinas agrícolas de su entorno pastoril, luego de un breve entrenamiento, tiene la misma letalidad y capacidad de daño que si estuviera sembrada o el fusil empuñado por un avezado delincuente adulto, tal como ha quedado demostrado hasta la saciedad en testimonios de víctimas y victimarios. El incalculable perjuicio que tales obligaciones siembran en las mentes y almas de tales jovencitos, es de proporciones inconcebibles y efectos irreparables. En la frescura y fragilidad de sus conciencias se implanta el corrosivo germen del crimen ya que se les enseña a odiar y a perderle el asco al acto de matar a un ser humano a tiros, puñaladas o machetazos, conducta que no tiene perdón de Dios ni redención fácilmente alcanzable. En eso radica la perversión de esa clase de vinculación y tal clase de adoctrinamiento.

Y si de contera le sumamos ahora el reconocimiento de la calidad de blancos protegidos, que alguien diga, cómo diablos debe proceder la Fuerza Pública para poder cumplir con sus deberes constitucionales de combatir las cuadrillas de tales delincuentes, proteger la soberanía nacional, la integridad del territorio y la vida, honra y bienes de todos los colombianos, sin afectar a los menores que contra su voluntad, han formado, forman y seguirán formando parte de sus filas como combatientes, esclavos sexuales y escudos humanos. ¿Será preciso que antes de actuar legítimamente contra un grupo de delincuentes, se les deba pedir la cédula para comprobar la mayoría de edad de los transgresores armados presentes en cada ocasión? ¿O solicitarles previamente que, antes de cada proyectada embestida de las fuerzas del orden, se sirvan retirar y trasladar a sitios seguros a los menores que puedan estar presentes en sus enclaves y campamentos?  Tales reflexiones suenan tan absurdas como absurdo es el reconocimiento que ha resultado de la “cristianización” del reclutamiento forzado de menores de edad por parte de los grupos al margen de la ley.

Muy reconocidos con la diligencia del regreso a su antiguo estatus y a la conquista del reconocimiento, adecentamiento y “legalización” de su acostumbrado escudo de seguridad deben estar los grupos de narcoterroristas, disidentes y criminales que han recibido patente de corso para refrescar sus filas con la apertura lograda por licencia gestionada y obtenida a tan bajo precio y con tal urgencia, gracias a la efectiva intervención de sus generosos agentes y patrocinadores. ¡Acérquense muchachos, vengan niños, matrículas abiertas..!