18 de noviembre de 2019
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Aguas de Manizales. Banner octubre de 2019.

PAYASO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
18 de octubre de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
18 de octubre de 2019

Desde siempre quiso ser un gran comediante. Muchas veces se imaginó en un escenario, frente a miles de personas, a quienes hacía reír a carcajadas  y al final de la función se deshacían en aplausos atronadores. Siempre pensó que su risa era el instrumento esencial para ser un gran comediante. Le ocurría con frecuencia que cuando se reía inconteniblemente, la gente comenzaba a reírse con él, de una manera tímida al comienzo y luego en forma abierta. Se sentía gracioso, humorístico, sensible a que la gente  se riera con él.  Nunca quiso ser nada distinto  en la vida, mucho menos  si su madre, postrada en una cama de tiempo atrás, le repetía que podría serlo. Pensaba, soñaba, vivía, planeaba la existencia como  comediante, no de otra manera y se sentía un hombre bueno, que no le hacía mal a nadie, capaz de reírse con los mismos chistes malos de sus programas favoritos de televisión y de los espectáculos  de humor a los que asistía al teatro.  Quería que su vida fuera una comedia. Así la sentía, así la percibía, así la proyectaba. Nunca imaginó nada distinto que hacer reír a la ente.

Mientras llegaba la oportunidad de un escenario, de una tarima, de un espectáculo en el que pudiera ser la gran estrella del humor, era necesario que buscara un trabajo  en el que se pudiera ganar unos pesos para llevar comida a casa, pagar la renta del humilde apartamento, adquirir los medicamentos que constantemente requería su madre. Se mantenía preparado para cuando le resultara la oportunidad de comediante y por eso ensayó tantas veces su disfraz de payaso, hasta encontrar ese modelo  de labios rasgados y ojos desorbitados, debajo de una horrible peluca de colores, con unos zapatos muy grandes que golpeaban el piso en la parte delantera haciendo ruido gracioso al caminar.  Muchas fueron las sesiones frente al espejo para  lograr el gesto  de atracción ante cualquier espectador, para lo que se rasgaba la boca con los dedos de las manos.  Se miraba  en el cristal y se reía, pensando siempre en que era el más gracioso, el más chistoso, el más humorístico de todos. Sería el gran hazme reír de millones de personas. Lo iba a lograr.

Mientras llegaba ese día le ofrecieron trabajo  con un megáfono de calle, al pie de un negocio de dudoso comportamiento, anunciando cualquier cosa.  Su labor era la  de llamar la atención con su estrambótica figura y reírse con frecuencia para que la gente se riera con él.  Quería ser un gran payaso y de pronto lograba entender que todo gran payaso en proyección, primero debía pasar  por el ejercicio de exposición ante el público para ser un simple atractivo. La gente reía con él y se convencía de ser muy gracioso.

Se puede pensar en ciertos momentos que ese payaso medio estrambótico  ensaya con frecuencia sus sesiones de risa inducida, hasta cuando se logra saber que no es más que el desarrollo de una grave enfermedad mental, propia de epilépticos, que se manifiesta en episodios de risa incontrolada. Es el denominado síndrome de Angelman, que lleva el nombre del medico pediatra  Harry Angelman, quien fuera su descubridor y autor del diagnóstico  en sus estudios de 1964, cuando pudo establecer que se trataba de una dolencia genética y que en el lenguaje común se denomina la enfermedad de la risa.  Sencillo: quien se ríe incontroladamente no es más que un enfermo mental y no otra cosa era  Arthur Fleck, ese aspirante a comediante divertido, que no cesaba en su sueño de ser un gran actor  de la comedia. No era que ensayara su risa. Sencillamente cuando el ataque de risa le llegaba  su cuerpo no lo podía evitar y se reía a carcajadas, algunas agudas y otras sordas,  que a quienes le rodeaban les provocaba el contagio de quien se ríe con muchas ganas. Los que lo miran no sabe de que se  ríe, pero ante el entusiasmo de quien lo hace, terminan por contagiarse y se forman coros de reidores incontrolados, sin que ninguno sepa de que se están riendo. Arthir reía con ganas y no se detenía por mucho tiempo. No dependía de su voluntad. Eso solamente lo controlaba su cerebro dañado.

En cierta ocasión un grupo de muchachos pasaba frente al payaso de calle. Se rieron ante su risa. Se burlaron de él y para ello se apoderaron del cartel de publicidad  del almacén a cuyo servicio trabajaba. Arrancaronn a correr por las calles con ese cartel amarillo. El payaso siente que lo ultrajan  y los persigue en una loca carrera, en la que por poco se le sale el corazón. Cuando está casi vencido, los muchachos se devuelven y le tiran el cartel en la cabeza, lo quiebran y se van  en medio de sus burlas  dolorosas ante un payaso completamente agotado y angustiado.

Regresa a su trabajo con el cartel hecho pedazos. Su jefe no logra entender  la justificación de ese gran esfuerzo en defensa de un elemento de poco valor económico. Lo ve indefenso e inofensivo. Le entrega una bolsa plástica con un regalo. Cuando el payaso observa el regalo es un arma de fuego. No entiende para que le ha regalado eso. No conoce la violencia. Trata de devolverlo y el patrón le indica que lo conserve, que nadie sabe cuando va a necesitar defenderse de algún peligro serio, no exactamente de lo que le ha pasado.  Lo guarda. Lo contempla. Lo mira. Lo observa. Lo detalae y finalmente lo guarda.  Lo lleva consigo a todas partes.  No sabe para qué, pero casi es su único objeto de valor, su patrimonio mínimo.

Un día al salir del trabajo, vestido de payaso se sube al sucio metro, se sienta de lado. De un momento a otro comienza a reírse incontroladamente. Muchos lo observan con curiosidad. Luego  comienzan a reírse con él. Tres hombres jóvenes y fuertes lo agreden, lo golpean, lo atropellan con el fin de que pare de reírse. Lo despojan de su peluca de colores. Lo tiran al piso. Lo patean. Lo humillan. Cuando piensan que lo tienen vencido, desde el piso manda su mano al cinto, saca su arma y le dispara a uno de ellos que cae. Los otros dos corren. Los persigue de vagón en vagón. Los caza. Los mata a los tres. Se apea en la estación del metro que le corresponde. Llega a casa. Le da la comida y los medicamentos a su madre  y se va a dormir, tranquilo, sin ataques  de risa.  En ese momento el desconcierto es general. No era lo que todos estaban esperando ver.  La sorpresa es total.  Es difícil pensar que sigue de ahí en adelante.

La vida de Arthur Fleck  sigue igual. Con las mismas aspiraciones de comediante. En sus delirios su madre le cuenta a manera de confidencia  que su padre es el gran empresario del espectáculo  de Ciudad Gótica y es como si se le abrieran de manera automática las puertas de ese mundo al que siempre ha aspirado. No duda en buscar  en su residencia suntuosa a ese empresario, llega hasta las enormes rejas de seguridad, conversa con el hijo menor de quien busca, lo acaricia y le hace gestos de payaso, mientras con sus dedos le estira las comisuras  de la boca al niño, para tratar de encontrar un parecido con su propio rostro. Cuando es sorprendido  en esas conductas, termina expulsado casi a golpes y  con la amenaza de que si vuelve a arrimar por esos lados lo van a matar. El empresario le cuenta la verdad de su adopción y de las dolencias mentales de toda la vida de su madre, quien no fuera más que una trabajadora doméstica de esa mansión.  Todo no es más que una mentira más de esas muchas de las que han servido para construir su vida de payaso fracasado.

Su gran  ídolo  en los programas de comedia de televisión  es Murray Franklin, a cuyo espacio ha concurrido como espectador, logrando captar su atención por sus expresiones ingenuas que hacen reír y las risas que salen de su cuerpo con enorme facilidad.  Logra que alguna vez lo inviten  a ese programa disfrazado de payaso y considera que será la gran oportunidad de mostrarse al mundo, por lo que no duda en ingresar ante las c ayer, una serie tres filmes, Amigos de armas, Nace una estrella, Aquellas juergas, autor, bajo cuya conducci que alguna vez lo ámaras  con el mayor histrionismo posible, aunque desconcierte a quienes ya han llegado como otros invitados.  El conductor del espacio no logra entender que va a pasar  en el mismo, pero  sabe que algo muy diferente va a pasar y pasa.

Todd Phillips es en esencia, o lo ha sido, un director del denominado cine de autor, bajo cuya conducción hemos podido apreciar cintas como Que pasó ayer, una serie tres filmes, Amigos de armas, Nace una estrella, Aquellas juergas, Todo un parto, Viaje censurado,  Proyecto X, Escuela de tontos, en las que ha asumido posiciones personales con capacidad de transmitir poderosos mensajes a los espectadores.  Cuando se anunció “Guasón”, siendo este uno de los personajes de la saga de fantasía del hombre murciélago (Batman), muchos pensamos que no valía la pena perder un poco más de dos horas viendo otra invención de mero entretenimiento  y de pronto asistimos más por la curiosidad  de ver la caracterización de su actor protagonista, también distinguido por sus  representaciones  impecables, algunas de las que le han merecido que en tres ocasiones haya sido candidato al Oscar de la Academia. Era ver al actor portorriqueño Joaquin Phoenix haciendo fantasía.  La enorme sorpresa es que esta película no tiene nada de fantasioso, diferente a tomar los referentes de la  creación  de ese poderoso personaje a quien  lo agrede ese Guasón.  Lo que se encuentra es una de las mejores películas de las que han llegado a Colombia en este año, que ya ha ganado el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, que ya es candidata como mejor cinta al Oscar y que sorprende de principio a fin.

No es una película de fantasía. Es una representación de la vida de un enfermo mental, que padece la enfermedad de la risa y que disfraza su dolencia en los deseos de consagrarse  a la comedia ante grandes multitudes en la convicción de que esa risa lo va a llevar muy lejos, sin  que logre saber en ningún momento que no es más que un pobre enfermo mental, a quien le dañan la vida con un torpe regalo , de quien cree que la violencia solamente es posible combatirla con más violencia.  La que se desata fácilmente en manos y comportamientos de un  demente.

Ciudad gótica (representada en oscuras y sucias calles de Nueva York), no es más que un referente para el nombre del personaje principal, pero el guión se aparta por completo  de esa historia de fantasía y nos mete en un desarrollo de dolorosas realidades, en las que  se va de un asombro a otro asombro, con no pocos estremecimientos, a veces hasta con ganas de ayudarle a ese pobre payaso torpe que no sabe que es su vida, ni mucho menos la vida de los demás.

Y esos asombros no se alejan de la gran sorpresa que genera la extraordinaria actuación de Joaquien Phoenix, el actor nacido en 1970 en San Juan de Puerto Rico, nacionalizado y residente en Estados Unidos desde siempre, a quien no fue fácil convencer de aceptar el papel, porque tuvo los mismos prejuicios de quienes pensamos que el cine debe ir mucho más allá del mero entretenimiento y que debe asumir un compromiso de mostrar la realidad, para convertirse en testimonio de los tiempos por venir.  Fueron muchos los intentos que debieron hacer con Phoenix para que al menos leyera el guión de la cinta.  Finalmente aceptó entrevistarse con Todd Phillipis, el director,  quien le impresionó gratamente, le explicó en detalle la trama  del largometraje y le hizo ver que no se trataba de un juego de simple diversión, sino  que sería otra cinta de autor, pero con muchos más espectadores por el atractivo  de la creatividad que se usaría.

Una vez leído el guión, Phoenix supo que con el peso que tenía a comienzos de 2018 no podría encarnar al personaje, que era delgado, ágil, frágil y muy dócil en sus movimientos. Debió someterse a dos procesos de transformación de los más difíciles que peuda afrontar un actor: bajar de pesos, tanto como 23 kilos en un mes, mediante  una dieta hipocalórica, con sólo vegetales y con el consumo de apenas 500 calorías diarias y además estudiar  la enfermedad del síndrome de Angelman, con extraordinarios ejercicios para aprender a reírse con la capacidad de risa del personaje a encarnar.  No fue fácil, pero ambos  objetivos los logró y le hemos visto la mejor actuación a este poderoso actor, quien de nuevo es candidato al Oscar como actor principal al Oscar de la academia, que se confía en que le sea otorgado por mera justicia. Es un personaje difícil, complicado, complejo que no cualquiera está en capacidad de representar. Lo merece de sobra.

Calificar la actuación de Phoenix en Guasón, o Hoker, sólo puede hacerse con un solo adjetivo: extraordinaria.  No se percibe al ctor en ningún momento. Al frente, en la pantalla, en todo momento, está el personaje, que nos lleva por una montaña rusa de emociones, en las que se nos maltrata, para tranquilizarnos al final y dejar de sufrir con todo lo que le pasa a Fleck, de lo que somos conscientes los espectadores, pero de lo que ni siquiera se entera el protagonista. Es necesario tomar un poco de aire cuando termina la cinta, antes de ponerse de pie, para ser consciente de lo que se acaba de presenciar.  Una película con una extraordinaria imagen, un bello iluminado, un sonido extraordinario y una música compuesta para profundizar efectos. La gran sorpresa de la cartelera de este año.

Fue una película de bajo costo, para la calidad de la producción, pues apenas costó 55 millones de dólares, que contó con la producción del gran  hacedor de la fantasía en el cine, como es Steven Spielberg,, que en las tres primeras semanas de proyección en las salas del mundo ha logrado recaudar más de 600 millones de dólares. Uno va a verla con la prevención de disipar unos minutos, pero cuando percibe  que lo han puesto a sentir emociones a torrente, no deja de sorprenderse. Y además con una actuación de calidad como actor principal de Robert de Niro.   Es presenciar en primera fila  esos dramáticos episodios  de crisis de epilepsia gelástica, que no es más que la llamada enfermedad de la risa, conocida como síndrome de Angelman, que apenas padece un 0.2% de la población mundial.  Es una pena que con las enormes ganas que uno tiene en determinados momentos de ayudarle a Fleck, no pueda hacerse nada.  Una obra maestra que se ha convertido en fenómeno de taquilla mundial.  Si no fuera tan angustiante, valdría la pena volverla a ver.