1 de marzo de 2021
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Memorias de un glotón

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
22 de octubre de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
22 de octubre de 2019

No encontré una mejor forma de felicitar a los cocineros en su día el 20 de octubre que compartir unas retomadas líneas desde mi condición de glotón de pocas estrellas:

Consumo migas desde cuando empecé a familiarizarme con vocales y consonantes. Me saben tan rico esas migas como el huevo entero que nos daban el día del cumpleaños.

La jurásica receta de Doña Genoveva Giraldo de Domínguez, mi amá, cabe en un “cuasisemiexsuspiro” de servilleta: Arepas más bien dejadas del tren como las solteras prolongadas, huevo y cebolla.

Dios ponía la materia prima y las Empresas Públicas el fuego. Nosotros poníamos las ganas. En esta debilidad gastronómica nos acompaña la antropóloga Lina Moreno de Uribe, esposa del expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez.

Solo conozco un restaurante donde puede pedir migas al desayuno y no lo miran maluco: La Bagatelle, en Bogotá. Me quedo con las de doña Geno.

Las migas les hacen compañía a otros platos a los que les guardo fidelidad canina, como el arroz con huevo, huevo con arroz, o la carne en polvo o molida con su majestad el arroz, otra de las joyas de la carona de la gastronomía sin estrés. Sin renunciar a la calidad, ojo.

Y que me perdonen los que no salen de restaurantes de la guide Michelin pero le como cuento al tinto de celador, ese que se prepara con café instantáneo. La mía es comida para solteros. O perezosos. O divorciados. O todos.

Podría vivir sin el olvido, pero la vida sin arroz no es viable. No acepto cielos ni reencarnación sin arroz. Hasta los que somos negados para la cocina sabemos que con arroz tienes medio almuerzo o comida.

Y el arroz “maridado” con carne molida ni se diga.

Mejor todavía si es del arroz masacotudo que hacía en su casona de Santa Bárbara, Antioquia, mamá Amalita, mi abuela paterna. Cuando tengo tusa existencial o la alhacena está desolada al final de la quincena cuando no hay con qué envenenar una cucaracha, me basta evocar la abundante mesa de mi abuela a las cinco en punto de la tarde. Solo una mesa que vi servida en la película “Antonia” puede igualársele.  (Todavía quedaba pendiente la merienda. Ya habíamos despachado  tragos, desayuno, mediamañana, almuerzo y algo. No vinimos a aguantar hambre).

De pronto, por azar, en alguna cocina ajena el arroz queda masacotudo, como el de mi abuela jericoana, paisana de la madre Laura. La cocinera pide disculpas, “se le pianta un lagrimón”, le provoca asilarse en Venezuela. Y yo feliz.

Esas delicias les hacen eterna compañía a los esquimales de La Fuente, el cofio y el minisicuí que no conoció la generación de internet.

De muchos aguaceros data mi devoción sin arrugas por la papa rellena aunque suelen prepararlas inmensas. Solo se las come un preso. Me quedo con las que prepara mi hermana Lucy del Socorro o las del restaurante Guasdualito, a la salida a Las Palmas, en Medellín: pequeñas como suspiro de monja de clausura, manejables, suculentas como Tatianita de los Ríos. Sirven seis papas bonsái, se engulle usted tres y se lleva el resto pa’l perrito (el perrito es el amo al desayuno).

De amor dormido el pollo que preparaba Alvarito Vasco para los paseos de olla con nuestras bellas amigas de La América. Su pato a la naranja era como para mandar doblar.

Entrado en gastos, mencionaré las colaciones de Támesis versión criolla de las magdalenas de Proust. Ricas las magdalenas que preparan los Londoño en La Petite Madeleine, de El Poblado. En Bogotá se consiguen en la pastelería Philippe de la calle 108. (Escribe Proust: “Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalena, que parece que tienen por molde una malva de concha de peregrino…”).

Imperdible el chocolate solo o con tamal de la Puerta Falsa, al lado del hígado de la Catedral Primada, en Bogotá. Todos los dulces bogotanos se encuentran allí. Los diabéticos pasan por la acera de enfrente para no caer en la tentación. En tiempos del presidente Lleras Restrepo, los ministros que iban para algún Consejo, hacían escala gastronómica en la Puerta.

Otra opción de «no te lo puedo creer» de lo rico que es, es el chocolate con todo de La Florida, Séptima con calle 22.

Ni hablar de los encarcelados del fallecido (?¡) club de ajedrez Maracaibo. Los he vuelto a comer en la panadería de las Palacio de la Avenida Ochenta. La original está en el centro de Medellín.

Es inexplicable, como el misterio de la Trinidad, cómo no detestamos los frisoles si nos los servían diario. Debe ser porque la nostalgia entra por el buche. Y la nostalgia es la segunda primera infancia. Y perdón por lo desperdigado de esta nota. Pero fue con mucha sazón.