25 de febrero de 2021
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Kafka en Bogotá, Fusagasugá e intermedias

30 de octubre de 2019
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
30 de octubre de 2019

En el centro de Fusagasugá, unas ruinas son el recuerdo de las repercusiones en Colombia de la Segunda Guerra Mundial.

Pocos saben que el lugar fue campo de reclusión de los alemanes e italianos sospechosos de colaborar con las potencias del Eje, detenidos a raíz de la adhesión de nuestro país al bando de los aliados.

Este episodio es relatado magistralmente por Alfonso López Michelsen, presidente entre 1974 y 1978, en la novela Los elegidos. En ella se narra la historia del señor B.K., alemán desterrado de su patria por una presunta filiación judía, quien en realidad profesa un acendrado puritanismo calvinista. Al llegar a nuestra nación entra en contradicciones con su primo Fritz, perteneciente a una rama de su familia radicada de tiempo atrás en el país, y se vincula a los ricos del sector “La Cabrera”de la capital, que ejercen una influencia decisiva sobre los gobiernos(de hecho son el verdadero gobierno), los medios de comunicación y en general en la vida nacional.

Por razones que quedan en la sombra(tal vez una delación anónima, intrigas económicas de competidores o de su pariente, resentido por haberle retirado la representación de sus intereses, la rivalidad en la disputa de los favores de una mujer) el hombre entra en la lista negra de colaboradores del nazismo que hace la embajada estadounidense. K.se convierte en un leproso social y es abandonado por los integrantes del círculo, sus negocios se restringen y  hasta es expulsado de la pensión en que vivía.

Ironía del destino que lo instala en el peor de los mundos: Se le expulsa de Alemania por un nebuloso judaísmo y en Colombia se le segrega por un sedicente nazismo. El único refugio es Olga, joven madre soltera que trabaja en un salón de belleza, cortejada por Muir, el diplomático gringo encargado de hacer la lista negra. La manicurista es su vínculo con las clases populares y se convierte en su bálsamo contra su agobiante soledad de extranjero desterrado.

Las normas contra los sospechosos de colaborar con los nazis se endurecen y el protagonista pierde el manejo de sus bienes, que es entregado a Fritz y luego es confinado en Fusagasugá en un antiguo hotel, destinado a campo de detención de “los enemigos “, a donde van a visitarlo unos pocos amigos cuando bajan a sus fincas de recreo, más por guardar las apariencias de la caridad cristiana que como muestra de solidaridad verdadera, tanto que cuando esas visitas coinciden con la de Olga, ésta debe retirarse discretamente y “no dejarse ver”.

Al final, desengañado de la vida e indiferente a su propia suerte y a todo, se resigna a un final sin gloria.

El autor afirma en el prólogo que el relato es la transcripción del diario privado de B.K., de quien fue su amigo, abogado y confidente durante largos años. Es probable que se haya basado parcialmente en ese documento, pero considero que es más bien un recurso literario para hacer más fluida la historia y especialmente para expresar con mayor libertad y desde la óptica de un observador externo, opiniones sobre la sociedad colombiana, sobre la mentalidad de sus clases altas y del pueblo.

Así B.K. recalca la diferencia entre la concepción calvinista de la vida y la católica, pues mientras para aquélla todo está predestinado por Dios, quien de antemano escoge quiénes se salvarán y quiénes serán los réprobos y el cristiano simplemente debe aceptar y seguir ese plan divino, para ésta la salvación se  consigue por la gracia, es decir, por las obras de la persona y por la fe, secundada por la esperanza y la caridad,  así como con la confesión, que permite arrepentirse. En nuestra forma de ser, menos exigente consigo mismo y en las creencias populares, el germano ve esa mentalidad, expresada en la siempre presente esperanza en el milagro, en que alguna vez se dé el golpe de suerte y esa especie de fetiche nacional que es la lotería.

Igualmente se sorprende con el abismo que separa las clases sociales y con el exagerado sentimiento proestadounidense de la élite, que la lleva a presumir de su conocimiento del inglés. Y eso en que los 40 no habían proliferado los nombres de negocios en ese idioma en nuestras ciudades como ahora (incluyendo mezclas de ambas lenguas: “Big presas”, “calenteishon”, etc), sin hablar de los nombres propios, curiosamente más comunes en los sectores populares en donde abundan las ladies en todas sus variantes, así como los braian, steven, etc.

Ya no hay lista negra propiamente dicha, pero su equivalente puede ser la famosa Lista Clinton de personas o empresas con presuntos vínculos con el narcotráfico y la negación o el retiro de la visa de los Estados Unidos.

Finalmente, es clara la similitud del protagonista y de su historia, con la vivida por el famoso señor K. de la obra El proceso de Kakfa. En ésta se le sindica y condena por un tribunal que actúa en la oscuridad y por una causa que nunca conocerá. De modo similar B.K. sufrió su propio proceso fafkiano en pleno trópico por un hecho que nunca se reveló ni probó.

No sé si el señor L.M. se salve como político, pero como escritor sí se salva con esta obra que nos ayuda a entender nuestra idiosincrasia y que revive un suceso muy desconocido de la historia nacional.