27 de febrero de 2021
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Despedida para Sarita, nuestra mascota

3 de octubre de 2019
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
3 de octubre de 2019

Su llegada a la casa cuando apenas tenía tres añitos fue motivo de alegría para toda la familia. Mis hijos la recibieron en la puerta, extendiéndole los brazos, ofreciéndole un cariño inmenso, dándole amor desde el primer día. Sin embargo, ella se mostró esquiva. Venía de una casa donde le sobraron los halagos. No mostraba gusto con el que sería de ahí en adelante su nuevo hogar. Entró a la sala mirando hacia todos los lados, oliendo las paredes, hurgando en los rincones. Lo hizo sin ladrar, calladamente, un poco prevenida, como diciéndonos que estaba en donde no debía estar. Aunque todos en la casa la llamábamos por su nombre, sentía que estaba en el lugar equivocado. Necesitó ocho días para acomodarse en su nuevo espacio.

Se llamaba Sarita. Era una Golden Retriever de hermosa estampa: pelo largo, dorado, cayéndole por el cuerpo; ojos abiertos para expresar alegría, copioso pecho blanco, orejas grandes caídas sobre la cabeza, cola siempre en movimiento, olfato inquieto. Hablaba con la mirada. Sus oídos, siempre despiertos, le servían para regodearse con palabras amorosas. Cuando se le brindaba una caricia, alzaba la cabeza como para decir “gracias por darme felicidad”. Sensible a los mimos, bastaba con que le pusieran la mano encima para sumirse en una placidez relajada. Hacia movimientos de ola cuando se le pasaba la mano por el lomo, y se esponjaba patas arriba cuando se le acariciaba el vientre. Meneando su cola, expresaba el orgullo de sentirse parte importante del hogar.

La recibimos como un miembro más de la familia. Corretona en su juventud, con los años se fue convirtiendo en una criatura vulnerable, que requería de cuidados. Ya no podía saltar ni correr por las calles del barrio. Cuando tenía tres años se saltaba las escalas, y llegaba a la cocina en tres brincos; a los trece le empezó a dar dificultad para desplazarse por los corredores. Teníamos que ayudarla. Un año atrás había sufrido una displasia en la cadera, que le impedía brincar con la agilidad de antes. Cuando la vio, el veterinario dijo que por la edad no se le podía hacer ninguna cirugía. Recomendó que se le dieran calmantes y, sobre todo, que se le evitaran las caminadas largas. Tuvimos que acostumbrarnos a los paseos matutinos sin su compañía. Sin embargo, con su mirada parecía decirnos “llévenme”.

Consentida y amorosa, cuidaba de sus posesiones afectivas. Frente a ella no se le podía dar cariño a otro animal. Si veía que alguien de la familia era especial con otro perro, se le acercaba y, con el hocico, escarbaba en sus manos para que fuera a ella a quien le brindara las caricias. Casi que obligaba a que se dejara de ser cariñoso con el otro animal. Puede decirse que, en este sentido, era egoísta. Sin embargo, a los únicos que les prodigaba ternura era a los miembros de la familia. Tanto, que reconocía cuando alguien estaba triste. Lo demostraba porque se le acercaba y, en un coqueteo meloso, empezaba a buscarle juego, como queriendo contagiarle su alegría. En las reuniones familiares siempre se hacía en el centro, como para que todos se dieran cuenta de que esos eran sus dominios.

Todas las mañanas, a las seis, después de abrirle la puerta del patio, subía a la pieza de cada uno de los integrantes de la familia para, con susurros leves, despertarlos. Era como si les estuviera diciendo que era hora de levantarse. Luego, moviendo la cola con ansiedad, bajaba a la sala, y subiéndose a una poltrona miraba por la ventana hacia la calle para ver quién pasaba. Si veía un perro cruzar, los latidos obligaban a abrirle la puerta para que saliera al antejardín. Ese era su espacio preferido. Le gustaba que la gente, al pasar, se le acercara a consentirla. Respondía a los mimos con una mirada agradecida. En el barrio todos la querían. Era la compañera de los niños en los juegos callejeros. Si lanzaban lejos un balón, corría a recogerlo, y regresaba jadeante, feliz de haberlo hecho.

Sarita viajó a la eternidad. Se fue un ángel de cuatro patas que nos hizo la vida amable porque con sus meloserías expresaba cuánto nos quería. Éramos su mundo. Era la primera en darse cuenta de nuestra llegada a la casa. Al salir, nos despedía con una mirada esperanzada, y al regreso nos recibía batiendo la cola, lanzándosenos encima, como si intentara darnos un beso. Exteriorizaba así el amor que nos tenía. La despedimos con dolor en el alma, como si despidiéramos a un hijo. Las lágrimas brotaron a nuestros ojos cuando le pusieron la inyección que se la llevaría para siempre. Nos enseñó que la nobleza es mirar a todos con ojos agradecidos. Sarita nos retribuyó, con su ternura, el amor que le dimos. Convivió con nosotros once años.