14 de noviembre de 2019
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Cuando Europa encontró el paraíso

21 de octubre de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
21 de octubre de 2019

Escribió Germán Arciniegas, en 1949, que con el viaje de Cristóbal Colón “se hace real el sueño de los imperios, la ambición de las conquistas se multiplica en el espacio, la gana de tener colonias hace que Inglaterra, Holanda o Portugal se consideren nuevas Romas. Europa ve que su mundo se le ensancha”.

El viernes 12 de octubre de 1492 Colón y su gente llegaron a la isla de Guanahaní en el archipiélago de las Bahamas, pero en realidad creían que habían arribado a la fabulosa isla de Cipango (Japón). De acuerdo con el libro de Marco Polo esperaba encontrar montañas de oro, perlas rosadas de gran tamaño, además de pimienta, jengibre, clavo de olor, nuez moscada y la canela; artículos muy útiles y codiciados en Europa, para conservar la carne. Al día siguiente por la mañana, llegaron algunos pobladores en canoas hechas en troncos de árboles; sobre el tema escribió Colón que “traían ovillos de algodón, lanzas y papagayos que cambiaban por cualquier cosa. Yo, atento por saber si hay oro en este lugar, observé que algunos de ellos traían un pedazo colgado en la nariz. Hablando por señas pude entender que hacía el sur hay un rey que tiene el oro en grandes cantidades”.

Oro era lo que necesitaba España, porque el tesoro real estaba agotado, después de la larguísima guerra cristiana contra el islam. Y nació el mito de El Dorado, que se hizo realidad con el descubrimiento de Potosí; además, Hernán Cortés había encontrado el tesoro azteca de Moctezuma y disponían del gigantesco rescate de oro y plata que Francisco Pizarro obligó a pagar al inca Atahualpa, antes de asesinarlo. Otro mito fue el tesoro de Dabeiba, perseguido por los conquistadores del Darién, y el ritual de El Dorado narrado por Juan Rodríguez Freyle y Fray Pedro Simón, sobre la laguna de Guatavita.

El paraíso

La verdadera riqueza estaba en lo que producía la tierra. Los invasores encontraron mucha comida mientras en Europa escaseaba. Sobre el tema escribió Jorge Robledo que lo que más comen es “frutos y yerbas guisadas de muchas maneras, con ají; la carne que comen es de animales de caza, porque hay mucha”. Fray Pedro Simón anotó que en la provincia de Arma hay grandes labranzas y “se pierde la vista en los yucales y maizales. Hay también árboles como aguacates, guamas, guayabas y caimitos”. Los españoles se asombraban ante la enorme variedad de frutas, consideradas manjares del paraíso: coco, piña, chontaduro, guayaba, tamarindo, aguacate, pitahaya y papa. Sobre la chirimoya dijo Fray Juan de Santa Gertrudis, que “aquello es comer confitura y su dulzor nunca empalaga. No hay en España, ni creo que Dios haya criado fruta igual. Sólo en el Paraíso pudo ser. Esta es la reina de las frutas”.

Ni los noruegos entendieron que habían llegado a tierra nueva, ni Colón comprendió que este territorio no era Asia. Los europeos que entraron en plan de dominio no se interesaron por entender estas culturas;  aquí encontraron pueblos y ciudades más grandes que las de España, pero fueron arrasadas. Esta civilización era distinta, pero fue ocultada. En la primera mitad del siglo XVI aparecieron dos tendencias para someter al aborigen. La primera, colonialista, que impuso la mita, la encomienda y el servicio personal; era la sujeción directa al español. La segunda, indigenista, se oponía a esta dependencia y luchaba porque el aborigen quedara bajo la tutela del rey, como vasallo, pero a través de las misiones. El impacto de la conquista, el choque cultural, diezmó la población, lo que avivó la política indigenista, que se recoge en los siguientes versos de Juan de Castellanos: “Cesen cristianos, cesen las matanzas, que sangrientos estáis hasta los codos. Dejad algunos que hagan las labranzas, de que comáis y que comamos todos”.

Crisis de España en medio de las riquezas

Pero la Corona estaba hipotecada. Casi todos los acreedores de España eran extranjeros  y los  cargamentos de oro y plata llegaban a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles. Tanto oro contribuyó al desarrollo económico de Europa mientras languidecía la economía de España; como decía Eduardo Galeano, en su obra Las venas abiertas de América Latina, “Los españoles tenían la vaca, pero eran otros quienes bebían la leche”. En este clima se disparó la inflación.

La expulsión de 150 mil judíos privó a España de capitales para formar empresas y de muchos hábiles artesanos. Del mismo modo el destierro de 275 mil moros afectó la producción agrícola. Ya Felipe II se había dado el lujo de arrojar a millares de artesanos flamencos bajo sospecha de protestantismo. El desprecio del comercio y de la industria transformó a los capitalistas españoles en rentistas, en latifundistas parasitarios y en acaparadores de títulos de nobleza. Una bancarrota en medio de la riqueza que entregaban los dominios de ultramar. En cambio los demás países europeos sí entendieron el significado del Nuevo Mundo.

El Nuevo Mundo

Germán Arciniegas en su obra América es otra cosa mostró cómo el 12 de octubre fue la salvación de Europa. Los pueblos estaban encerrados en sus fronteras por las persecuciones y luchas religiosas. Cuando aparecieron las Américas surgió una tierra inmensa y acogedora para españoles, alemanes, polacos, rumanos, judíos, puritanos, republicanos y liberales. Aquí encontraron refugio los perseguidos del mundo; a lo largo de 500 años se fueron asentando 200 millones de europeos de todos los países, empezando por los españoles. Se plantaron en este territorio huyendo de los reyes, del sistema feudal, de la nobleza y de la inquisición. Y hallaron la Utopía y los sueños.

Américo Vespucio navegó por las costas de Suramérica, llegó a la Patagonia y descubrió que había encontrado otro continente, que no tenía nada que ver con Asia. Entonces Europa entendió que había surgido un Nuevo Mundo y arribaron millones de pobres y personas que buscaban nuevas oportunidades; eran emigrantes de todas las naciones que llegaron al inmenso crisol americano.