15 de octubre de 2019
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Cosme Marulanda, un hombre un pueblo.

9 de octubre de 2019
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
9 de octubre de 2019

A finales del siglo XIX, un patriarca antioqueño que había establecido su heredad en el entonces pequeño poblado de Salamina, luego de haber servido como soldado de la patria y haber defendido los principios cristianos que modelaron su carácter, resolvió abandonar su estatus de General de la República y el de muchas veces primera autoridad de la entonces capital de la provincia del sur de Antioquia, para  darle vida a un poblado al cual llamaría Sucre. Y la aldea de Sucre se trasformó en Marulanda, para el permanente recuerdo de quien fuera su inspirador, su fundador, su constructor. Con una generosidad sin límites, dispuso de buena parte de las tierras que el gobierno del Tolima le había adjudicado y convidó a familiares, amigos y a infinidad de gentes que un día fueron sus subalternos cuando oficiaba como General de la República.

Y fue en Marulanda en donde el General Cosme decidió que reposaran sus cenizas y con ellas el ejemplo de patriarca que soñó al dar vida no tanto a una aldea, como a una gran familia con un fuerte sentido de solidaridad que diera testimonio del espíritu cristiano que animaba a fundador.

Y a fe que lo logró.  No de otra manera puede explicarse en impacto que en mis padres y mis hermanos mayores tuvo el corto período cronológico que aquí vivieron, pero intenso en emociones gratas que mi madre nunca olvidaría. Y fue a través de ella que conocí a mi pueblo. Por allá en un pueblo lejano del Tolima, al cual llegamos después de dejar a Marulanda, mi madre, en lugar de contarnos cuentos de hadas y de personajes mitológicos, nos narraba sus experiencias de vida en Marulanda, con vecinos cuyos apellidos aún podemos recordar: Osorio, Vélez, Chica, Bedoya,Llano, así como los continuos milagros y regaños del padre Melguizo. Se necesita una buena dosis de cercanía a sus gentes, de todo lo que implicaba el levantarse en cada hogar con el sonido de las campanas y el inicio del rezo de las abuelas con el consabido: “El Ángel del señor Anunció a María…”. Saber de la misa diaria y saber  del rosario nocturno bien en el templo o al calor del hogar en el campo. De esa manera, con el evangelio como norte, con el amor al prójimo como objetivo y con un plan de vida que sobrepasaba los límites del ahora, crecieron tantas generaciones en medio de la hermandad, que es necesario volver a re-sembrar.

Hace algunos años cuando retorné a este mi pueblo, y desde lejos, sentí que desde siempre había estado aquí, a través de los relatos de mi madre: la tienda abierta y sin nadie que la cuidara, la mula que sin arriero llegaba del campo con las cantinas de leche que eran descargadas en el marco de la plaza. Me acerqué a un viejo carpintero, le dije que era hijo de Manuel Zuluaga y de inmediato abandonó el local, me acompañó a la plaza, me enseñó el local donde funcionaba la droguería de mi padre y me presentó a don Luis Evelio Velásquez. Encontrar a este hombre fue encontrar un libro abierto para la historia del pueblo: recordó a mi padre, las casas que habíamos ocupado y me regaló una y miles de historias de arrieros, de los viejos caminos.

Se entiende así porqué quise escribir esta historia de un hombre y de un pueblo. Más que un compromiso académico para hacer un recorrido por documentos y testimonios, quería rendir un homenaje a su fundador en nombre de mis padres.

No se conocen retratos de Cosme Marulanda vestido de militar; no se sentía cómodo con ellos y de ello da cuenta Miguel Samper cuando de él hace un esbozo al caer prisionero en la última guerra civil en la cual participó. Podría llamarse a Cosme Marulanda, “El General Descalzo”, porque su figura y sus acciones encuadraban más una filosofía franciscana de desprendimiento, de bondad, a tal punto que era común que a él se refirieran como “Don Cosmito”.

Marulanda y sus gentes retomaron el ejemplo de su fundador. Basta hacer una revisión de su historia para comprender que ese período de violencia que azotó buena parte de la geografía colombina, fue semilla que no dio frutos en esta tierra. Ahora se asoma, llega, hace daño y es necesario reflexionar sobre ello para que no se sienta cómoda, para que no se amañe, para que permita que esta geografía, estos paisajes, estas gentes, puedan ser compartidos por tantos colombianos y extranjeros  que de seguro admirarán la belleza con la cual se adorna esta altiplanicie.

Buena parte de la historia  de Marulanda la he recogido de los testimonios orales, otros de una revisión de archivos municipales y de la parroquia. He procurado darle voz al campesino, al comerciante, al arriero, al propietario de tierras; esperando que en el texto  nos podamos identificar con un pasado común, pero más que eso, que pueda servir de punto de partida para la construcción de un pueblo deseado, de una comunidad anhelada, en donde todos podamos ser socios de esa empresa colonizadora que un día soñó su fundador, que un día soñaron nuestros padres.