15 de octubre de 2019
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BIENVENIDA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de octubre de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de octubre de 2019

En el momento en que se la pusieron en sus brazos, Juan Felipe sintió que el corazón se le aceleraba como nunca antes lo había sentido, ni siquiera cuando era deportista de alta competencia y en sus grandes esfuerzos físicos sentía que se le acababa el aire, pero debía hacer una mínima pausa y seguir corriendo en el objetivo de conseguir victorias. Ese fue  el momento más difícil de definir  para un hombre joven, fuerte y  con muchas ganas de tragarse la vida. En sus brazos reposaba ese pequeño cuerpo de 49 centímetros de largo y sus 3.560 gramos de peso, que intentaba abrir los ojos ante el fastidio que produce salir de una oscuridad de nueve meses, en medio de un tibio calor suministrado por su madre, a un espacio abierto completamente extraño, oyendo voces y sintiendo cambios bruscos de temperatura. Acababa de llegar al mundo y la extrañeza era toda. Su padre trataba –sin saber muy bien como hacerlo- de que se adecuara a esas cosas que no cabían en la pequeña cabeza de cabello negro.

Juan Felipe respiró profundo. El médico le recibió la niña y la puso al lado de la madre, sobre la misma camilla de cirugía, en la que Diana Catalina no era aún consciente de lo sucedido, por efectos de la anestesia que le aplicaron para efectuar la cirugía de cesárea que venía programada de tiempo atrás, en una definición de seguridad en salud para no correr riesgos inútiles ni con la madre, ni con la criatura.  Examinada la niña por el pediatra que estaba en el momento del parto, este dictaminó que la bebé estaba sana y que podía ser llevada a una sala de recuperación, para dar comienzo a ese desfile ordenado de abuelos, tíos, familiares que iban ingresando uno por uno a verla y darle la bienvenida al mundo.

Cuando Diana Catalina despertó de los efectos de la anestesia se puso a llorar de la alegría y fue el momento que aprovechó el médico para tomar la niña, llevarla contra la cara de la madre y decirle a esta que le hablara. La emoción de la mamá impedía que parase el llanto, hasta cuando  se cambió por la sonrisa más linda que en toda su vida le haya visto Juan Felipe, quien no se apartaba un momento de las dos. Era un lazo afectivo que jamás había experimentado.

Todo estaba previsto. No había sorpresas de ninguna naturaleza, dado que el período de gestación fue acompañado de un severo seguimiento científico en el que no se improvisó absolutamente nada. Los padres juiciosamente  asistieron y asimilaron las enseñanzas de una capacitación intensiva durante cuatro meses, todas las mañanas de los sábados, en las que les instruían respecto del nacimiento, de los primeros días, de los comportamientos de familiares, de los cuidados de comida y climas, de primeros auxilios, de contactos con los profesionales que de alguna manera tendrían que ver en el futuro en la vida de la niña. Fue un estudio intensivo para ser padres, para lo que nadie se prepara en Colombia.

Aunque no se dio el factor sorpresa que en tiempos de antes se presentaba en el nacimiento de cualquier bebé, porque apenas se tenía la certeza del hecho al cabo de cumplirse  nueve meses, se mantenía la incertidumbre de la fecha y la hora de la llegada del nuevo ser, que de alguna manera se dejaba a las decisiones de la naturaleza que mediante sus dolorosos signos le iba diciendo a la madre  en que momento llegaba la nueva criatura y la espera llegaba a su fin, pero  en esa incertidumbre  de una fecha calculable, pero no calculada.  En la modernidad es posible calcularlo todo. En el caso de la niña se sabía la fecha, la hora, el lugar, los profesionales, los cuidados, los resultados, todo. No había ningún factor para sorprender a nadie, pero las emociones son igualmente fuertes, pues siempre será una alegría indescriptible la llegada de un nuevo ser al mundo.

Ese sábado, después de que Juan Felipe no pudiese dormir, porque se despertaba sobresaltado a cada momento, y Diana Catalina lo hubiese hecho con la mayor naturalidad, con la misma  con la que atendió sus labores profesionales hasta las cinco de la tarde del viernes, se levantaron, se organizaron  personalmente, verificación que llevaran consigo las maletas con las cosas del recién nacido y de la gestante, saludaron a Liliana y Daniela, madre y hermana de Juan Felipe, quienes llegaron sin que saliera el sol. Se dirigieron hacia la nueva clínica Imbanaco, en medio de la facilidad del tráfico en las horas de la madrugada de un fin de semana y llegaron cumplidos a las seis de la mañana, para comenzar el proceso de preparación quirúrgico, pues desde mucho antes habían tomado la determinación de que el padre asistiría al parto, que tendría el gran gusto de ver como su hija iba saliendo lentamente del vientre de su madre, presenciaría  su limpieza y oiría su primer llanto, que salió sin necesidad de acudir a estímulo alguno, pues al intentar abrir los ojos, la molestia de una luz para ella desconocida le causó la impresión necesaria para emitir sus primeros gritos traducidos en llanto. Como dijo el médico: viene muy bien, lloró sola.

Todo salió como estaba previsto. A las ocho de la mañana del 28 de septiembre de 2019, en la sala de partos de la nueva clínica Imbanaco, en Cali, nació Ana Lucía, cuyo nombre  entre la familia, los amigos y los allegados se venía pronunciando desde hacía cinco meses,  desde cuando la ecografía mostró el sexo de la criatura, ya estaba dispuesto su nombre  y de ahí en adelante se siguieron haciendo las referencias personalizadas.  Se sabía, todos sabían, a quien estaban esperando y se tenía previsto hasta que el día domingo llegara una funcionaria de la Notaría 9 del Circulo de Cali a hacer el correspondiente registro civil de nacimiento, para  ser incluida en el censo poblacional de Colombia.

Primero  llegaron las fotos de Ana Lucía enviadas por su padre, aprovechando las tecnologías que permiten saberlo todo en tiempo real. Luego llegó la autorización médica para ingresar de manera individual a ver la niña. El primer turno correspondió a María Cristina, abuela materna, quien caminaba como por entre las nubes, casi desorientada, buscando el lugar donde estaba la bebé al lado de su padre. No pudo evitar que lo ojos se le aguaran. Las manos le temblaron. La emoción la atropelló y no supo que le dijo a  Juan Felipe. Cuando logró reaccionar, tomó su celular, lo puso en grabación de video y tuvo la suerte de que le correspondió el primer berrinche de la nieta al sentir hambre, grabando su llanto. Si por ella hubiera sido se hubiese quedado allí por siempre. Salió para dar paso al ingreso de Liliana, abuela paterna, quien no podía detener las constantes lágrimas y a quien las palabras se le volvieron un nudo en las que no sabía exactamente cuales eran las ideas. Entró entre vacilante y afanada. No recuerda que pensó, ni que sintió en el instante en que vio la niña. Su mundo familiar se completaba en ese momento y era inigualable.

Vino el turno de conocimiento de los abuelos, a quienes se les confundieron sus emociones, como que ambos correspondían a los abuelos primerizos, que no salen de la sorpresa y el asombro y tratan de controlar las expresiones externas de los sentimientos, para mantener la imagen de fortaleza que deben proyectar ante la familia.

Entraría luego Daniela, tía paterna, quien se paró impávida frente al pequeño cuerpo acunado en una camita de fibra de vidrio transparente llena de cobijas de lana. Lucía ahí parada como una gran extraña, por lo que el médico tratante no dudó en interrogarla: Usted quien es y que hace aquí;  ella no dudó en momento alguno  e insuflada de orgullo y vanidad dijo: soy la madrina y la tía de la niña. El médico le dijo: quédese quieta ahí. Fue hasta la cuna, tomó la niña en sus brazos y se la pasó a los suyos. Por poco le da un infarto, de ello la salvo su condición de mujer muy joven y deportista de mucho tiempo atrás.  Estaría todo el día sábado contándole a todo el que quisiera oír su historia,  lo que le había sucedido y las emociones que se le acumularon en su cerebro al tener en sus manos a su primera sobrina.

Siguieron los saludos individuales de conocimiento, hasta cuando llegó la bisabuela Gloria, quien ingresó casi dubitativa  a la sala de recuperación de cirugías.  Primero saludó a Diana Catalina, a quien le habló  con el corazón en la mano y  las oraciones en sus labios. Luego giró a la izquierda y se encontró  con la cuna  de la niña, su bisnieta, una alegría inmensa que le llega a su vida extensa de más de 90 años, llena de salud, de ganas de vivir y siempre con el entusiasmo a flor de piel.  De mucho tiempo atrás comenzó a comprarle regalitos a la nena. Lo primero que le compró fue un gorrito de lana, rosado, que le pusieron al nacer.  A las tres horas ya no le servía y fue la primera prenda que gastó Ana Lucía de las miles de prendas que se habrá de gastar en su vestuario.  Cuando la bisabuela salió  a la sala de espera difícilmente podía hablar y contar lo que había sentido, pues las palabras se le confundían y lo único que acertaba a decir era que se trataba de la niña más hermosa que ella había visto en la vida.

Luego de la recuperación de los efectos de la anestesia de Diana Catalina, los médicos autorizaron  el paso a una habitación hospitalaria, donde llegó el hermoso proceso de enfermeras especializadas y auxiliares de enfermería enseñándole a la beba a succionar el seno de su madre. En comienzo lucía fácil. Luego la ponían al pie de la madre y se quedaba dormida.  Hubo un momento en que tres enfermeras trataban de enseñarle a mamar. Cuando el paso del tiempo determinó que tenía hambre, debieron alimentarla con leche preparada, para impedir daños. Con una jeringa especial le dieron a tomar leche similar a la de su madre. Sólo hasta el sábado en las primeras horas de la noche, con la ayuda de una enfermera especializada en el tema, se logró que succionara en debida forma y de ahí en adelante su alimentación es la leche materna que disfruta y  la calma cuando se enoja.

En su primera noche en el mundo externo, Ana Lucía, hacia las tres de la mañana, le hizo saber a todos los pacientes y visitantes del piso quinto de la Clínica Imbanaco, que en la habitación 545 había un nuevo ser con una gran capacidad pulmonar, que pegó unos agudos gritos de llanto que pusieron en desvelo a todo el mundo, hasta el punto de que llegaron tres enfermeras a constatar que le podía pasar  a la recién nacida. Nada raro. Quería seguir comiendo a esa hora. Era la primera de muchas noches en vela que generan los bebés y la conocieron de primera mano sus padres. Lo tomaron con todo el amor del mundo y supieron que de ahí en adelante nacen una serie de responsabilidades que nunca terminan. La abuela Liliana  supo lo que era pasar una noche caminando con una beba comenzaba a no lloraba. e un lugar a toro, pues era la nca terminan. La abuela Liliana  supo lo que era pasar una noche camiané en sus brazos, paseando de un lugar a otro, pues era la única manera en que no lloraba. Ana Lucía comenzaba a realizar conductas para llenar de huellas su vida. Eso que sucedió esa primera noche va a estar marcado en lo que será su existencia.

Ana Lucía fue recibida en este mundo por un equipo científico compuesto por el doctor  Mario Tobón, ginecólogo  que estuvo en todo el proceso de gestación; el doctor Camilo Gómez, el pediatra seleccionado previamente  como tratante de la niña; el doctor Alfredo Gutiérrez, el anestesiólogo encargado de la delicada tarea de ausencia de dolor en una cirugía; una ginecóloga auxiliar, dos enfermeras profesionales y tres auxiliares de enfermería.  En sus manos estuvo la llegada de esta nueva vida, con pleno éxito y dando muestras de una enorme sensibilidad profesional, demostrada en el respeto que en todo momento  exhibieron en su trabajo.  Ese equipo fue objeto de la gratitud colectiva de quienes rodean la niña.

Al medio día del domingo 29 de septiembre, el equipo médico determinó que la madre y la hija estaban en condiciones de trasladarse a su propia casa, a emprender esa parábola vital que irá por el futuro, conforme a lo que vayan construyendo como familia.  Es apenas lógico que el desfile de amigos y familiares conociendo la recién nacida ha sido  interminable. Va a seguir siéndolo. Fanor, el gran amigo del abuelo, llama todos los días a preguntar por la niña. Ha estado pendiente de su proceso de nacimiento, como si se tratara de una integrante de su familia.

La vida apenas comienza. Ella es una especie de oasis en medio de un mundo en el que las agresiones torpes y traicioneras de una campaña electoral para comicios territoriales, ha dejado ver los más bajos instintos con tal de ganar una alcaldía, una curul de concejo, una simple curul de Junta Administradora Local, para desde allí entretejer  ese mundo de resultados forzados que llevará a que las cosas se mantengan en el mismo nivel de ineficiencia e ineficacia en que nos movemos los colombianos. Ana Lucía al menos nos deja pensar en la inocencia y la indefensión.

Las razones se este escrito se deben buscar en un rincón de la Amígdala cerebral, donde se ubica la inteligencia emocional. Son las razones de las emociones, que siempre serán subjetivas, pero no por ello vergonzantes. Ana Lucía Grueso Vallejo, es mi nieta. Mi primera nieta.