15 de octubre de 2019
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ABC del elector; perfil del arribista

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
2 de octubre de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
2 de octubre de 2019

El siguiente es una especie de manual mínimo para tener en cuenta a la hora de votar en las próximas elecciones, rechace imitaciones:

El candidato de sus entretelas deberá garantizar  que si tocan a la puerta de su casa en la madrugada es un amable y bien trajeado testigo de Jeová o un vendedor de pararrayos, pero nunca la policía que busca su computador para mirar con lupa su intimidad de bandido.

En  el caso de los cuerpos colegiados se compromete a no capar sesiones. Trabajará con impetuosidad de primíparo, o de sujeto que está a punto de perder la virginidad. Nada de disculpas médicas hechizas: que se enfermó del ego, que le dio jaqueca, que estaba con la mujer del prójimo. O con el prójimo.

Señor candidato: ¿Ya presentó su declaración de renta? Que termine su tarea tan pobre o tan rico como llegó. O sea, nada de aprovechar su cuarto de hora en las alturas del poder para llenar su bolsa.

Jurará ante notario que no ha inventado  frases “históricas” pero inútiles como la archifamosa de un congresista: “O cambiamos o nos cambian”. No pasó ni lo uno ni lo otro.

En caso de ver u oler a un lobista diez kilómetros a la redonda, cambiará de acera para no caer en la tentación. (Lobista es ese perfumado sujeto, convincente, meloso,  de cargaderas, zapatos de marca, sombrero alón, traje lúgubre como su alma, medias y conciencia verdes y rojas, como los censores de la dictadura, que le puede inflar la cuenta bancaria  a cambio de su votico para favorecer sospechosos intereses).

¿Jura por su gato y por las flores que no se dedicará a salvar o recuperar la robusta inversión que hizo para ascender en su carrera cual trepango sin escrúpulos?

No es necesario que cambie el país. Suficiente con que no ayude a tirárselo. Prometerá ante el hacedor de estrellas y del viento que solo meterá la mano en su bolsillo, no en el presupuesto que es sagrado como una monja de clausura. Nada de enriquecerse primero y “honradecerse” después como dijo alguien por ahí.

Tampoco utilizará la curul para devolver favores sino que sudará sus dietas  con iniciativas que  mejoren la cotidianidad del hombre de a pie.

El candidato ideal se compromete al final de la legislatura  a no aprobar proyectos de prisa, a pupitrazo ventiao, en la madrugada,  cuando “el músculo duerme, la ambición descansa”.  A esas horas suelen aparecer “micos” u “orangutanes”, como se les dice en la parroquia a esos apéndices que se les cuelgan a los proyectos con fines nada santos.

El candidato ideal tendrá un discurso coherente. No tendrá uno para su intimidad, otro para su equipo, su familia, el club, la amante, la misa dominical, su gato, el motel, la impunidad del sauna.

El candidato sonriente, meloso, lagarto, aparecerá todos los días, no solo cada cuatro años, en el corazón de sus constituyentes-contribuyentes primarios.

Trabajará de tal forma que sus electores no cambiarán de barrio ni de mesa si se lo topan en un restaurante de pocos o de muchos trinchetes.

Perfil del arribista

Por estos días de cita con las urnas,  el arribista entra de nuevo en acción. Nuestro sujeto no tiene principios. Tiene fines burocráticos. Por ello, tres segundos antes del último boletín de la Registraduría nuestro camaleónico bípedo proclamará: «Ganamos».

Ahora, si por algún “chocorazo” (fraude) el derrotado es su candidato dirá, amnésico: «Perdieron». Y se pondrá a órdenes del nuevo César.

«Mande usted», es su metáfora preferida, tomada de las obras completas de algún expresidente. Otros arribistas tienen principios, pero si hay necesidad, los cambiarán por otros, diría Marx (Groucho, no Karl).

El arribista adhiere, luego existe. No tiene ideas. No gasta plata, tiempo, babas, calzones, ni ropa en esas minucias. Piensa al fiado. La claudicación
ideológica es su credencial de combatiente.

Vive con la vida pendiente de un puesto. O de su carnal el contrato. Qué aburrición ser pobre, habiendo presupuesto público de por medio. Lo que se ha de robar otro, me lo robo yo, dice con pragmatismo.

Procura no excederse a la hora del inevitable trago de celebración que se sirve en pocillo para escurrirle el bulto a la ley seca. Se impone esa dieta etílica no por pudor de aprendiz de alcohólico anónimo (o muy conocido), sino porque de pronto, pasado de tragos, se le olvida de qué lado está en su mundo de subuso político.

Decidió medirse en el licor desde cuando una mañana, fulminado por el guayabo, le preguntó a su mujer: «Mija, ¿y de qué lado amanecimos triunfantes?».

Si el ganador está lejos de su jurisdicción de avivato tiene redactado el mensaje de adhesión: «Prócer: contigo llegan por fin al poder la honestidad, la eficiencia y la inteligencia. Afectísimo e irrevocable». Y anexa hoja de vida. Conserva el  mensaje enviado porque le servirá en futuras elecciones. Así no tiene que gastar materia gris que debe guardar para otra intriga.

Como ladra sentado, por precaución de veterano conoce lo mejor del repertorio de los que marchan adelante en las encuestas. A Lemoine le dice Carlos, a  Franco, Napo.

Como el tuerto Mauco, de La Vorágine, es amigo de todo el mundo. Del que sea menester. No hay problemas por eso. ¿La ética con qué se come?,
reflexiona este activista del sentido común.

El hecho de conocer de memoria el meollo del programa del candidato le sirve para lucirse ante él a las primeras de cambio, repitiendo algún discurso reciente, una frase bien lograda, su ademán de caudillo, la mano en el pecho para demostrar “dolor de patria” cualquier cosa que eso signifique.

A veces, para sentirse dueño del candidato, le dice a su entorno que fulano copió su planteamiento, su sonrisa, la forma de amarrarse los pantalones o de bajarse del bus. Así cree asegurar chanfa para rato. O algún contrato que lo saque de la abyecta condición de pobre.

Siempre tiene plan b: si finalmente no tuvo acceso al que está en el curubito, hace el veloz cursillo de sacamicas de alguno de los próximos al nuevo zar. Estos también comerán del sancocho del nuevo rico Epulón  burocrático.

Sólo en último extremo, cuando no lo admiten ni el perdedor ni el triunfador, ni nadie, opta a regañadientes por el desierto de la oposición.

Proclama desganado que hará política desde la llanura, «mi estado natural de luchador de todas las horas y todos los insomnios. El reposo no es mi fuerte. Me crezco ante el revés. Los valientes andamos solos», dice con el título de una película que vio en el gallinero de su juventud.

En este sentido, el arribista es antípoda de sí mismo. La cabriola ideológica que ha dado ha sido de más de 359 grados. Es su receta final  tratar de ganar con cara y no perder con sello.

Lo que más le gusta de la democracia es el voto secreto. La tibia soledad del cubículo electoral lo pone a salvo de que le descubran el juego. Ducho en soledades (Onán fue su gurú) sabe
que en la intimidad de la urna puede cambiar de voto. O no votar por nadie, que es la forma de rendirse homenaje a sí mismo. Democracia, cuántos chistes se cometen en tu nombre.

Le deja como herencia al mundo un epitafio pirateado de las obras completas de Nerón: “Qué gran artista del arribismo perdió el mundo. Ahí les dejo el cuero”. (Estas notas han sido sometidas a latonería y pintura).